David llamó diecisiete veces aquella tarde.
Yo estaba sentada en la cocina de mi padre, con una taza de té entre las manos. Cada vez que vibraba el teléfono, sentía otra vez el frío de la celda.
Papá miró la pantalla.
—No tienes que contestar.
—Quiero escucharlo.
Respondí en altavoz.
—Emma, ¿dónde estás?
No preguntó cómo estaba.
—Fuera del centro de detención.
—Eso ya lo sé. ¿Por qué no me avisaste?
Miré a mi padre. Él permaneció en silencio.
—Tuviste diez días para preguntar por mí, David.
—Necesitabas entender la gravedad de lo que hiciste.
Dejé la taza sobre la mesa.
—La entiendo. Golpeé a Selena. Voy a responder por eso con mi abogada. También voy a divorciarme de ti.
Al otro lado hubo un ruido, como si hubiera dejado caer las flores.
—No tomes decisiones por rabia.
—Ya no estoy decidiendo por rabia.
Colgué.
Mi padre acercó mi taza, que había quedado peligrosamente cerca del borde.
—Ahora come algo.
Había preparado tostadas. Las había cortado en triángulos, como cuando yo era pequeña.
Empecé a llorar antes del primer bocado.
La abogada que mi padre había contratado se llamaba Julia Moreno.
En nuestra primera reunión puso una carpeta sobre la mesa.
—Necesito que separemos lo que ocurrió de lo que otros afirmaron que ocurrió.
—La golpeé tres veces.
—Eso consta en tu declaración. Pero David dijo que presenció toda la agresión y que amenazaste con un cuchillo.
Levanté la cabeza.
—No había ningún cuchillo.
Julia me mostró una página.
Debajo de aquella mentira estaba la firma de mi esposo.
Sentí náuseas.
—Él salió del dormitorio después de los golpes.
—Vamos a comprobarlo.
Mi padre no intervino en el procedimiento. Había ayudado a conseguir representación y una revisión urgente de mi situación, pero no era el juez de mi caso. Su despacho había enviado la documentación que después apareció, torpemente resumida, en el acta que recibió David.
Mi salida había sido autorizada por el tribunal competente.
Yo no había quedado absuelta.
Y papá fue el primero en decírmelo.
—Te quiero, Emma. Eso no convierte lo que hiciste en correcto.
Asentí.
Fue doloroso escucharlo.
También fue un alivio. No necesitaba que alguien inventara una inocencia para quererme.
Julia solicitó que se conservaran las grabaciones del edificio y la copia de seguridad de la cámara de nuestra cocina.
David había instalado aquella cámara meses antes, después de una fuga de agua.
La imagen no tenía sonido, pero mostraba lo suficiente.
Selena cocinando.
Yo entrando.
Los golpes.
David apareciendo después.
Y ningún cuchillo en mis manos.
El informe médico confirmó lesiones leves. Las afirmaciones sobre amenazas graves quedaron sometidas a revisión.
Mientras tanto, David vino a casa de mi padre.
El encargado de la entrada nos avisó antes de dejarlo pasar.
Acepté verlo en el recibidor, con Julia presente.
Traía las mismas flores blancas.
—No sabía quién era tu padre —dijo apenas me vio.
Lo miré.
—Ese es un comienzo extraño para una disculpa.
David bajó los ojos.
—Quise decir que no sabía que podías resolverlo así.
Julia dejó su bolígrafo sobre la carpeta.
—Emma salió mediante una resolución judicial. Podemos facilitarle la documentación a su abogado.
Él apenas la escuchó.
—Selena retirará la denuncia. Podemos dejar todo atrás.
—Eso tendrá que revisarse por los cauces correspondientes —respondió Julia—. Usted no puede prometer el resultado del caso.
David volvió hacia mí.
—Te estoy ofreciendo una salida.
—Ya tengo una.
Se quedó inmóvil.
Entonces le pregunté lo que llevaba noches intentando comprender.
—¿Por qué dijiste que me habías visto con un cuchillo?
Su mandíbula se tensó.
—Selena estaba asustada.
—Te pregunté por tu declaración.
Miró a Julia.
Después a la puerta.
Por primera vez, pareció comprender que no estaba en nuestra cocina, donde podía cambiar de tema hasta agotarme.
—Pensé que necesitabas que alguien te frenara.
Me levanté.
—La reunión terminó.
Dejó las flores sobre una silla.
No las llevé a mi habitación.
El divorcio tardó meses.
También el procedimiento por la agresión. Acepté las consecuencias del acuerdo alcanzado con asesoramiento legal, incluida una compensación por las lesiones y las condiciones que fijó el tribunal.
La falsedad de las declaraciones de David se investigó por separado.
Nada de aquello ocurrió de una tarde para otra.
Hubo formularios, comparecencias y mañanas en las que me costó salir de la cama.
Durante la revisión de las cuentas matrimoniales aparecieron pagos de alquiler para Selena, viajes y compras que David había presentado como gastos de trabajo.
Ya no necesité preguntarle desde cuándo.
La respuesta estaba repartida entre recibos.
Julia negoció mi parte del patrimonio y la devolución de mis pertenencias. Recuperé documentos, fotografías de mi madre y algunas prendas.
El pijama blanco no lo pedí.
La última vez que vi a David fue al firmar los documentos finales.
—Podríamos haber arreglado esto —murmuró.
Guardé mi copia.
—Yo también lo pensé durante mucho tiempo.
Salí del despacho sin esperar su respuesta.
Mi padre estaba afuera, apoyado junto a su automóvil.
—¿A casa? —preguntó.
Le mostré las llaves del pequeño apartamento que acababa de alquilar.
—A mi casa.
Esa noche preparé una cena sencilla. Abrí la ventana para que saliera el olor de la sartén y colgué mi abrigo junto a la puerta.
Después me senté a comer.
El teléfono permaneció en silencio.
Y cuando terminé, dejé el plato en el fregadero hasta la mañana siguiente.