PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

No respondí.

Bloqueé también aquel número y dejé el teléfono boca abajo.

Durante siete años, cualquier amenaza de Adrian habría bastado para hacerme temblar.

Aquella noche solo me produjo cansancio.

A la mañana siguiente encontré una bolsa frente a mi puerta.

Pan, café y una nota.

“Volvió el agua. El garrafón queda oficialmente pagado con un café algún día. —Ethan, 602.”

Sonreí.

No porque estuviera buscando otro hombre.

Lo último que necesitaba era reemplazar una relación con otra.

Sonreí porque alguien acababa de hacer algo amable sin exigirme nada a cambio.

Durante las siguientes semanas reconstruí mi vida lentamente.

Encontré trabajo en una pequeña firma de arquitectura.

Compré muebles de segunda mano.

Aprendí a subir seis pisos sin quedarme sin aire.

Y Ethan siguió siendo simplemente mi vecino.

A veces coincidíamos en las escaleras.

A veces tomábamos café.

Nunca preguntó por qué había llegado sola.

Nunca intentó aprovechar mis silencios.

Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, lo encontré esperando frente al edificio.

Su expresión era seria.

—Elena, hay un hombre preguntando por ti.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Cómo es?

No necesitó responder.

Un automóvil negro estaba estacionado al otro lado de la calle.

La puerta se abrió.

Adrian bajó.

Habían pasado casi dos meses.

Parecía agotado.

Caminó directamente hacia mí.

—Por fin.

No dije nada.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote?

—No te lo pedí.

Se quedó inmóvil.

Esa respuesta no existía en la versión de mí que él conocía.

Adrian miró a Ethan.

—¿Quién es?

—Mi vecino.

—¿Tu vecino?

Soltó una risa amarga.

—Ahora entiendo.

Ethan dio un paso atrás.

—Creo que esto es entre ustedes.

Y entró al edificio.

Adrian parecía casi decepcionado.

Necesitaba encontrar otro hombre.

Necesitaba convertir mi partida en celos, venganza o infidelidad.

Cualquier explicación era mejor que aceptar la verdad.

Yo simplemente había dejado de quererlo.

—¿Terminaste tu espectáculo? —preguntó.

—¿Qué espectáculo?

—Cambiar de número. Renunciar. Desaparecer.

Sacó unas llaves del bolsillo.

—Vamos a casa.

Las miré.

—Esa ya no es mi casa.

Adrian soltó aire con impaciencia.

—Elena, ya estuvo bien.

—¿Y tu novia?

Su expresión cambió.

—Terminamos.

Casi me reí.

—¿Por qué?

—No funcionó.

Claro.

La mujer por la que había publicado aquella declaración de amor eterno había durado menos que mi ausencia.

—Entonces ahora quieres recuperarme.

—Siempre supe que acabaríamos juntos.

Ahí estaba.

La misma seguridad.

Adrian extendió la mano.

—Vamos.

Retrocedí.

Por primera vez pareció asustarse.

—Elena.

—¿Recuerdas lo que escribiste aquella noche?

—Estaba borracho.

—Dijiste que yo siempre regresaba suplicando.

Su mandíbula se tensó.

—Fue una estupidez.

—No.

Negué lentamente.

—Era exactamente lo que pensabas de mí.

Saqué el teléfono y abrí las capturas que todavía conservaba.

—Durante años me enseñaste que cada vez que me humillaras, yo debía luchar más fuerte por recuperarte.

Lo miré.

—Y funcionó.

Adrian bajó la voz.

—Entonces déjame arreglarlo.

—Ya está arreglado.

—¿Cómo?

—Me fui.

El silencio entre nosotros fue absoluto.

Adrian finalmente comprendió.

No estaba negociando.

No estaba esperando una disculpa mejor.

No estaba intentando provocarle miedo.

Nuestra relación había terminado aquella madrugada a la 1:17.

Solo que él había tardado dos meses en enterarse.

—Siete años, Elena.

—Lo sé.

—¿Puedes tirar siete años así?

Lo miré durante unos segundos.

—Tú estabas seguro de que podía soportar cualquier cosa porque te amaba.

Respiré profundamente.

—Descubriste demasiado tarde que también podía cansarme.

Entré al edificio.

Adrian no me siguió.

En el sexto piso, Ethan estaba colocando una planta frente a su puerta.

Levantó la mirada.

—¿Todo bien?

Esta vez mi respuesta salió sin esfuerzo.

—Sí.

Y era verdad.

Meses después, cambié nuevamente de apartamento.

No porque Adrian me hubiera encontrado.

Porque conseguí un ascenso y pude pagar un lugar mejor.

Ethan y yo seguimos siendo amigos.

Lo que ocurriera después ya no necesitaba decidirlo deprisa.

Había aprendido algo demasiado importante para volver a olvidarlo:

mi vida no necesitaba girar alrededor de quién me quería.

Primero tenía que pertenecerme a mí.

La última vez que supe de Adrian fue mediante un amigo en común.

Había preguntado:

—¿Elena nunca habló de volver?

Mi amigo respondió:

—No.

Adrian guardó silencio durante mucho tiempo.

Quizá aquella fue la primera vez que entendió lo ocurrido.

Durante años creyó que mi amor era una cuerda.

Podía alejarse cuanto quisiera porque siempre podría tirar de ella y hacerme regresar.

Pero aquella madrugada, mientras él celebraba públicamente que yo volvería rogando, hizo algo que jamás creyó posible.

Tiró demasiado fuerte.

Y la cuerda se rompió.

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