Ethan Fu llegó a nuestra casa dos días después.
No trajo flores ni regalos extravagantes.
Solo una caja de té para mi padre y un pequeño paquete de dulces que dejó frente a mi madre.
—Recordé que a la señora Shen le gustaban estos.
Mi madre sonrió encantada.
Yo lo observé en silencio.
Cinco años sin verlo habían cambiado muchas cosas.
Ethan seguía siendo reservado, pero ya no era aquel joven distante que siempre caminaba detrás de Mateo con un libro bajo el brazo.
Ahora había algo firme en él.
Algo que hacía que incluso mi padre midiera sus palabras.
Cuando nuestros padres encontraron una excusa demasiado evidente para dejarnos solos, Ethan se sentó frente a mí.
—Hannah.
—Ethan.
Me miró durante unos segundos.
—Me dijeron que aceptaste considerar el matrimonio.
—Así es.
—¿Por qué?
La pregunta me sorprendió.
—Creí que estarías contento.
—Lo estoy.
Su respuesta fue inmediata.
Después añadió:
—Pero no quiero que te cases conmigo porque estés huyendo de alguien.
Mi corazón dio un pequeño golpe.
—¿Sabes lo de Sebastián?
—Sé suficiente.
Bajé la mirada.
—Entonces también sabes que hice el ridículo durante un año y medio.
—No.
Su tono se volvió más frío.
—Confiar en alguien no te convierte en ridícula. Mentirle a alguien que confía en ti dice mucho más del mentiroso.
Por primera vez desde aquella noche sentí que podía respirar sin que me doliera.
Ethan puso una carpeta sobre la mesa.
Dentro estaban las condiciones propuestas por su familia.
No había exigencias sobre mi trabajo.
Mis bienes continuarían siendo míos.
Tendría completa libertad sobre mi vida profesional.
Incluso había una cláusula que impedía que cualquiera de nuestras familias interfiriera en decisiones personales.
—¿Tú añadiste esto?
—Sí.
—¿Por qué?
Ethan sostuvo mi mirada.
—Porque si aceptas casarte conmigo, Hannah, quiero una esposa. No una propiedad.
No respondí inmediatamente.
Después cerré la carpeta.
—Acepto.
Esta vez Ethan sí sonrió.
Muy poco.
Pero lo hizo.
El anuncio oficial se hizo aquella misma semana.
Y Sebastián apareció frente a mi oficina menos de dos horas después.
Parecía no haber dormido.
—¿Vas a casarte con Ethan Fu?
Intenté pasar de largo.
Me bloqueó el camino.
—Hannah, respóndeme.
—No recuerdo haberte dado derecho a pedirme explicaciones.
—Estás haciendo esto para castigarme.
Me reí.
—Qué alta opinión tienes de ti mismo.
Su expresión se endureció.
—No amas a Ethan.
—Tampoco necesitaba amarte para descubrir que podía dejarte.
Aquello lo silenció.
Entonces dijo:
—Sofía y yo no tenemos nada.
—Perfecto.
—Fui al aeropuerto porque me lo pidió su familia.
—Perfecto.
—Lo que dije aquella noche tampoco era verdad.
—También perfecto.
Sebastián me agarró suavemente del brazo.
Me aparté de inmediato.
—No vuelvas a tocarme.
Sus ojos se enrojecieron.
—Hannah, dame una oportunidad.
—Te di dieciocho meses.
Las puertas del ascensor se abrieron detrás de nosotros.
Y Ethan salió.
Sebastián se quedó rígido.
Los dos hombres se miraron.
Había algo extraño entre ellos.
Algo mucho más antiguo que yo.
Ethan caminó hasta ponerse a mi lado.
—¿Hay algún problema?
Sebastián soltó una risa amarga.
—Siempre haces esto.
Fruncí el ceño.
Ethan no respondió.
—¿Hacer qué?
Sebastián lo miró fijamente.
—Esperar hasta que algo sea mío y después aparecer para quitármelo.
Ethan perdió la poca calidez que tenía en el rostro.
—Hannah nunca fue tuya.
Silencio.
Sebastián dio un paso adelante.
—¿Le dijiste?
Sentí un escalofrío.
—¿Decirme qué?
Ethan miró a Sebastián.
—No aquí.
—Claro que no —se burló él—. Porque entonces tendría que saber por qué regresaste realmente.
Me volví hacia Ethan.
—¿Qué está diciendo?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó.
Era Mateo.
Contesté.
—¿Qué pasa?
Mi hermano respiraba agitadamente.
—Hannah, ven a casa.
—¿Por qué?
—Encontré algo entre los documentos de papá.
Miré a Ethan.
Su expresión cambió.
—¿Qué encontraste?
Mateo guardó silencio unos segundos.
—El acuerdo matrimonial con la familia Fu.
—Ya sé que existe.
—No, Hannah.
Su voz bajó.
—No hablo del actual.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—Entonces ¿de cuál?
—Del primero.
—¿Primero?
—Está fechado hace cuatro años.
Miré lentamente a Ethan.
Él cerró los ojos.
Sebastián soltó una risa sin alegría.
—Pregúntale.
—¿Qué debo preguntarle?
Sebastián me miró directamente.
—Pregúntale por qué tu familia había aceptado que te casaras con Ethan antes incluso de que tú y yo empezáramos a salir.
Se me helaron las manos.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene.
Sebastián tragó saliva.
—Porque yo me enteré.
Ethan dio un paso hacia él.
—Sebastián.
—No.
Sebastián no apartó los ojos de mí.
—Ella merece saberlo.
Mi voz apenas salió.
—¿Saber qué?
Sebastián respondió:
—Que cuando empecé a acercarme a ti, ya sabía que Ethan Fu quería casarse contigo.
El pasillo quedó en absoluto silencio.
Entonces entendí que aquella noche en el hotel quizá no había descubierto el principio de la mentira.

Solo había descubierto el final.
Y, por primera vez, me pregunté si Sebastián realmente había jugado conmigo por diversión…
o si durante un año y medio yo había sido la pieza central de una guerra entre dos hombres que había comenzado mucho antes de que cualquiera de ellos me dijera la verdad.