PARTE 2: EL SECRETO DE DANIEL

Esperé hasta que Daniel terminó la llamada.

—Mañana hablaré con el abogado —dijo antes de colgar—. Clara no debe descubrirlo todavía.

Regresé a la habitación antes que él.

A la mañana siguiente esperé a que saliera y llamé directamente a la doctora Miller.

—Quiero mis resultados completos.

Hubo un silencio.

—Señora Bennett, preferiría explicárselos personalmente.

Una hora después estaba frente a ella.

La doctora colocó una carpeta sobre la mesa.

—Primero debe saber algo: sus bebés están bien.

Sentí que podía respirar otra vez.

—Entonces, ¿qué quería ocultarme Daniel?

La doctora giró lentamente el informe.

—Durante los análisis encontramos una incompatibilidad genética que requiere confirmación.

—¿Qué significa?

—Que los resultados preliminares indican que Daniel podría no ser el padre biológico de los mellizos.

Me quedé inmóvil.

—Eso es imposible.

Nunca había estado con otro hombre.

La doctora pareció esperar aquella respuesta.

—Por eso repetimos la prueba.

Sacó otro documento.

—Y descubrimos algo todavía más extraño.

Mi nombre aparecía junto a códigos de una antigua clínica de fertilidad.

La misma clínica donde Daniel y yo habíamos hecho tratamientos quince años atrás.

—Según estos registros, quedaron embriones criopreservados a su nombre.

Negué inmediatamente.

—Nos dijeron que ninguno había sobrevivido.

—Eso consta en los documentos que usted recibió.

La doctora señaló otra página.

—Pero no en los registros originales.

Sentí frío.

—¿Está diciendo que alguien me mintió?

—Estoy diciendo que necesitamos una investigación.

Entonces comprendí la llamada de Daniel.

Los niños.

El abogado.

Su terror a que yo descubriera algo.

Regresé a casa antes del mediodía.

Daniel estaba esperándome.

Al verme con la carpeta médica, dejó caer la taza que sostenía.

—Clara…

—¿Desde cuándo lo sabes?

No respondió.

—¿Quince años?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Déjame explicarlo.

—Hazlo.

Daniel se sentó como si de repente hubiera envejecido veinte años.

—Después de nuestro último tratamiento, la clínica me llamó. Habían cometido un error con unas muestras.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué error?

Daniel cerró los ojos.

—Los embriones que nos dijeron que se habían perdido… nunca fueron destruidos.

—Entonces ¿qué hicieron con ellos?

Su silencio fue peor que cualquier respuesta.

—Daniel.

Finalmente me miró.

—Uno fue implantado años atrás.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿En quién?

Antes de que pudiera contestar, llamaron a la puerta.

Daniel palideció.

Yo abrí.

Una joven de unos veinte años estaba afuera.

Tenía una carpeta en las manos.

Y unos ojos idénticos a los míos.

—¿Clara Bennett? —preguntó.

Asentí.

La muchacha respiró profundamente.

—Me llamo Sophie.

Miró a Daniel detrás de mí.

—Y creo que ustedes son mis padres biológicos.

Daniel comenzó a llorar.

Entonces comprendí que mi embarazo no era el secreto que podía destruir nuestra familia.

Era el secreto que Daniel llevaba quince años intentando enterrar.

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