No respondí de inmediato.
Dejé que el silencio creciera al otro lado de la llamada.
Podía imaginar perfectamente a Ethan en el vestíbulo del hotel, con la recepcionista esperando el pago y aquella mujer observándolo mientras su mentira comenzaba a desmoronarse.
—Lauren… ¿sigues ahí?
Tomé un sorbo de café.
—Pensé que estabas en Nueva York.
El silencio fue absoluto.
Después llegó la primera mentira.
—Hubo un cambio de vuelos…
—¿Ah, sí?
—La empresa me envió primero a California.
—Qué raro.
Miré el mensaje que mi hermano acababa de enviarme.
Una fotografía.
Ethan aparecía en traje de baño junto a la piscina infinita del hotel, abrazando a una mujer rubia mientras brindaban con cócteles.
La imagen tenía fecha y hora.
Apenas dos horas antes.
—Lauren… ¿puedes transferirme dinero? Es urgente.
Sonreí.
—¿Dónde estás exactamente?
—En… Los Ángeles.
—Qué curioso.
—¿Por qué?
—Porque mi hermano acaba de enviarme una foto tuya en Hawái.
Del otro lado solo se escuchó una respiración entrecortada.
Luego colgó.
Cinco minutos después comenzó la avalancha.
Veintidós llamadas perdidas.
Diecisiete mensajes.
“Déjame explicarlo.”
“No es lo que parece.”
“Ella es una clienta.”
“Todo tiene una explicación.”
No respondí a ninguno.
En cambio, llamé a mi hermano.
—¿Siguen ahí?
—Sí.
—La mujer acaba de descubrir que las tarjetas no funcionan.
—¿Cómo reaccionó?
Mi hermano soltó una risa.
—Acaba de preguntarle si realmente tiene dinero.
En ese momento recibí otro video.
La discusión ocurría frente al mostrador.
La recepcionista mantenía la calma.
—Lo siento, señor Pierce. Todas las formas de pago fueron rechazadas.
La mujer cruzó los brazos.
—¿Me dijiste que eras socio de una empresa internacional?
Ethan tragó saliva.
—Lo soy.
—Entonces paga.
Él intentó usar otra tarjeta.
Rechazada.
Otra más.
Rechazada.
La mujer dio un paso atrás.
—¿También mentiste sobre esto?
Mi hermano acercó discretamente la cámara.
La expresión de Ethan era puro pánico.
Entonces la recepcionista añadió algo que terminó de romperlo.
—Señor, si no liquida la cuenta antes de las seis de la tarde, tendremos que cancelar la habitación y reportar el incidente conforme al protocolo del hotel.
La mujer lo miró con desprecio.
—Increíble…
Tomó su bolso.
—Pensé que salía con un empresario.
No con un estafador.
Y se marchó sin volver la vista atrás.
Ethan corrió detrás de ella.
Ella ni siquiera disminuyó el paso.
Volví a recibir su llamada.
Esta vez contesté.
—Lauren… por favor.
—¿Qué necesitas?
—Solo préstame dinero. Cuando vuelva te explicaré todo.
Abrí la aplicación bancaria.
Mientras él hablaba desesperado, observé otro movimiento que nunca había visto.
Una cuenta desconocida recibía transferencias automáticas desde nuestra cuenta conjunta desde hacía casi un año.
Más de 480,000 dólares ya habían desaparecido.
Fruncí el ceño.
Aquello ya no era únicamente una infidelidad.
Le interrumpí.
—Ethan…

—¿Quién es “Harbor Blue Consulting”?
Al otro lado de la línea dejó de respirar durante varios segundos.
Y comprendí que el verdadero motivo de su viaje a Hawái nunca había sido aquella mujer.