Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque la alternativa era creerle.
—¿Esperas que acepte que tuve otra identidad y simplemente la olvidé?
Julian negó lentamente.
—Nuan Nuan no era otra identidad. Era el apodo que te daba tu abuela.
Mi sonrisa desapareció.
Mi abuela había muerto cuando yo tenía diecisiete años.
Y nadie en la universidad sabía cuánto había significado para mí.
—¿Cómo sabes eso?
Julian respiró profundamente.
—Porque te conocí aquel verano.
Entonces comenzó a contarme una historia que yo no recordaba.
Dos años antes de entrar a la universidad, pasé varias semanas en casa de mi abuela.
Julian vivía cerca.
Nos conocimos en una pequeña biblioteca comunitaria.
Yo hablaba demasiado.
Él casi nada.
Según Julian, yo fui quien empezó a llamarlo “el chico mudo”, aunque entonces sabía perfectamente que podía hablar.
—¿Por qué fingías?
—No fingía.
Bajó la mirada.
—Después de que murió mi hermano dejé de hablar durante meses. Podía hacerlo físicamente. Simplemente… no quería.
Yo había sido la primera persona que consiguió que volviera a usar su voz.
—¿Y nosotros qué éramos?
Julian tardó demasiado en responder.
—Todo lo que nunca llegamos a ser.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—No entiendo.
—Nos gustábamos.
—¿Nos besábamos?
Julian apartó la mirada.
Eso bastó.
Me llevé una mano a la frente.
—Entonces cuando empezamos a besarnos aquí…
—Yo te reconocí desde el primer día.
Sentí rabia.
—¿Y no dijiste nada?
—Lo intenté.
—¡Nunca hablabas!
—Porque la primera vez que me acerqué y te llamé Nuan Nuan, me miraste como si estuviera loco.
Me quedé inmóvil.
Una imagen apareció fugazmente en mi cabeza.
Una estación.
Lluvia.
Una voz masculina llamándome desde lejos.
Desapareció inmediatamente.
—¿Qué me ocurrió?
Julian tragó saliva.
—El último día de aquel verano sufriste un accidente.
No dio detalles.
Solo explicó que después pasé semanas recuperándome y que algunos recuerdos de aquel período quedaron confusos.
Mi familia se mudó poco después.
Cuando Julian consiguió encontrarme otra vez, yo no lo reconocí.
—Entonces decidiste convertirte en un extraño.
—Pensé que sería mejor.
Solté una risa amarga.
—Hasta que empezamos a besarnos.
Por primera vez sus mejillas se colorearon.
—Eso complicó el plan.
—¿Y me dejaste hacerlo sabiendo quién era yo?
—Cada vez esperaba que recordaras algo.
—¿Y si nunca recordaba?
Julian me sostuvo la mirada.
—Entonces habría seguido siendo Julian Reed, tu compañero de clase.
Aquella respuesta me desarmó.
No estaba exigiéndome recuperar una historia.
Ni afirmando que le debía sentimientos por una versión de mí que ya no existía.
Saqué mi teléfono.
—Quiero pruebas.
Julian asintió.
Esa misma tarde me llevó a casa de su madre.
Ella abrió una caja vieja.
Dentro había fotografías.
En una aparecía Julian adolescente sentado junto a una chica.
Yo.
En otra estábamos frente a una biblioteca.
Y detrás había una frase escrita con mi letra:
“Para mi chico silencioso. Nuan Nuan.”
Se me helaron las manos.
Debajo encontré una pulsera de hilo.
Entonces llegó el recuerdo.
No completo.
Solo un fragmento.
Mis dedos atando aquella pulsera alrededor de su muñeca.
Julian intentando decir algo.
Yo riéndome.
Y su voz pronunciando:
—Nuan Nuan.
Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera detenerlas.
Julian dio un paso hacia mí, pero se detuvo.
—No tienes que recordar —dijo—. Y aunque lo hagas, no significa que tengas que sentir lo mismo.
Lo miré.
—¿Por eso nunca me contaste?
—No quería que amaras a alguien solo porque una versión antigua de ti lo había amado.
Mi pecho se apretó.
—¿Me amabas?
Julian sonrió débilmente.
—Ese era el secreto peor guardado de aquel verano.
Pasaron semanas.
Los recuerdos regresaron lentamente, desordenados e incompletos.
Pero algo extraño ocurrió.
Dejé de buscar a Julian cuando estaba ansiosa.
Empecé a buscarlo cuando estaba feliz.
Cuando aprobaba un examen.
Cuando quería contarle algo.
Cuando simplemente quería verlo.
Una tarde volvimos al sendero donde todo había cambiado.
Julian llevaba su tableta.
La señalé.
—Ya no necesitas eso conmigo.
—Me acostumbré.
—Pues desacostúmbrate.
Sonrió.
Entonces pregunté:
—¿Puedo besarte?
Sus ojos se suavizaron.
—Esta vez no estás ansiosa.
—Exactamente.
Me acerqué y lo besé brevemente.
Cuando me aparté, Julian susurró:
—Nuan Nuan.
Negué con la cabeza.
—Amelia.
Él pareció confundido.
Sonreí.
—Nuan Nuan fue la chica que te quiso entonces.

Tomé su mano.
—Amelia es la que puede elegirte ahora.
Y por primera vez, nuestro beso no perteneció a un recuerdo perdido.
Perteneció al presente.