PARTE 2: EL HIJO QUE NO ERA SUYO

Mauricio miró al desconocido.

—¿Quién demonios eres?

El hombre no respondió de inmediato.

Seguía mirando al pequeño.

Brenda comenzó a temblar.

—Daniel… puedo explicarlo.

Mauricio giró lentamente hacia ella.

—¿Lo conoces?

El desconocido apretó el sobre.

—Soy Daniel Navarro.

Luego miró directamente a Mauricio.

—Y hace dos años Brenda y yo estábamos juntos.

El pasillo quedó en silencio.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Eso es todo? ¿Un exnovio celoso?

Daniel negó.

—No.

Abrió el sobre.

—Mi hija nació con esa misma marca. Es hereditaria en mi familia.

Brenda dio un paso atrás.

—Daniel, por favor.

Esteban se colocó junto a Adriana.

—Creo que ahora podemos hablar.

Mauricio perdió la paciencia.

—¿Hablar de qué?

Adriana tomó aire.

Durante un año había esperado aquel momento.

No para vengarse.

Para dejar de cargar con una culpa que jamás había sido suya.

—Después del divorcio me hice nuevos estudios —dijo—. Mis resultados eran normales.

Mauricio palideció ligeramente.

—¿Y?

Esteban sacó otra carpeta.

—Durante el proceso legal encontramos análisis realizados al señor Landa años atrás.

Mauricio dejó de sonreír.

Adriana recordó perfectamente aquel documento.

Una prueba que Mauricio se había realizado en secreto durante su matrimonio.

Un resultado que nunca le mostró.

Mientras ella soportaba tratamientos y se preguntaba qué estaba mal con su cuerpo, él ya conocía la verdad.

—Tú sabías que el problema no era mío —dijo Adriana.

—No sabes de qué hablas.

—Lo sabías.

Su voz no tembló.

—Y me dejaste creer durante años que yo era la culpable.

Brenda comenzó a llorar.

Mauricio la miró.

Después miró al niño.

Y finalmente entendió.

—No.

Se acercó a la carriola.

—Él es mi hijo.

Brenda no respondió.

—¡Dilo!

El pequeño se asustó y comenzó a llorar.

Adriana intervino inmediatamente.

—No grites delante del niño.

Mauricio la ignoró.

—Brenda, dime que es mío.

Daniel levantó el sobre.

—No hace falta preguntárselo.

—¿Qué tienes ahí?

—Una prueba de paternidad.

Brenda cerró los ojos.

Eso fue suficiente.

Mauricio retrocedió como si acabaran de golpearlo.

—Tú me dijiste que era mío.

—Necesitaba que lo fuera —susurró Brenda.

—¿Qué significa eso?

Brenda comenzó a llorar.

—Daniel descubrió que yo estaba contigo. Me dejó. Después supe que estaba embarazada.

Mauricio miró al niño que durante casi un año había presentado ante todos como prueba de que Adriana era el problema.

Y entonces Esteban añadió:

—Pero todavía falta algo.

Colocó frente a Mauricio varios documentos bancarios.

—Durante el divorcio usted ocultó activos y transfirió dinero matrimonial a cuentas controladas por la señora Villarreal.

La expresión de Brenda cambió.

Mauricio se volvió hacia ella.

—¿Qué cuentas?

Adriana casi sintió lástima.

Casi.

—Las que Brenda abrió mientras tú estabas demasiado ocupado humillándome.

Esteban señaló las transferencias.

—Tenemos fechas, cantidades y autorizaciones.

Mauricio había intentado esconder dinero durante el divorcio utilizando a su amante.

Ahora aquellas mismas operaciones podían reabrir el acuerdo económico.

Su teléfono comenzó a sonar.

Luego el de Brenda.

Después otra vez el suyo.

Esteban había presentado la documentación esa misma mañana.

Mauricio me miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—¿Planeaste esto?

Adriana negó.

—No, Mauricio.

Miró a Brenda.

Después al niño.

—Ustedes lo planearon todo.

—Yo solamente dejé de creer sus mentiras.

Mauricio apretó los puños.

—Después de todo lo que vivimos…

Adriana soltó una pequeña risa.

—¿Ahora quieres hablar de lo que vivimos?

Se acercó lo suficiente para que solamente él escuchara la siguiente frase.

—Pasé siete años creyendo que mi cuerpo había destruido nuestro matrimonio.

Sus ojos se endurecieron.

—Hoy descubriste en siete minutos lo que se siente cuando la persona que amas construye tu vida sobre una mentira.

Mauricio no respondió.

Adriana recogió su tableta.

Tenía una reunión esperando.

Pacientes.

Una carrera.

Una vida que ya no giraba alrededor de él.

Antes de marcharse, miró al pequeño una última vez.

—No descargues esto sobre ese niño. Él es el único inocente aquí.

Luego caminó hacia el elevador.

—¡Adriana!

Mauricio la llamó.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

Su exmarido parecía haber envejecido diez años.

—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Las puertas se abrieron.

Adriana entró.

—Mauricio, hace mucho que dejé de necesitar una disculpa tuya.

Presionó el botón.

—Lo único que necesitaba era saber que nunca fui yo.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Y mientras Mauricio permanecía en aquel pasillo viendo cómo se derrumbaban su matrimonio perfecto, su falsa paternidad y las cuentas que había intentado esconder, Adriana sintió algo que llevaba años sin sentir.

Libertad.

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