PARTE 2: EL CONTRATO QUE ME CONVIRTIÓ EN EL ESPOSO DE DARLENE STANLEY

—Desde este mismo momento —dijo Darlene—, vas a fingir que eres mi esposo.

Pensé que había oído mal.

—¿Su qué?

—Mi esposo.

Miré los 85.000 dólares.

Después a ella.

—Creo que necesita explicarse.

Darlene empujó la carpeta hacia mí.

Dentro había fotografías.

Un hombre de unos cincuenta años.

Traje gris.

Cabello perfectamente peinado.

Sonrisa elegante.

—Marcus Stanley —dijo—. Mi hermano mayor.

Reconocí el apellido.

Era vicepresidente del consejo de Oakridge.

—Marcus intenta declararme incapacitada para dirigir la compañía.

Comprendí inmediatamente.

—Por su accidente.

—Exactamente.

Si el consejo descubría que sus lesiones eran mucho peores de lo anunciado, Marcus podía solicitar una evaluación médica independiente.

Darlene controlaba el 38% de Oakridge.

Pero había algo más.

—Mi padre dejó sus acciones dentro de un fideicomiso.

Sacó otro documento.

—Si quedo incapacitada sin cónyuge ni descendientes, Marcus recibe temporalmente mis derechos de voto.

—¿Y pretende resolverlo casándose con el conserje?

—Fingiendo estar casada.

—Eso suena ilegal.

—Por eso no falsificaremos ningún matrimonio.

Se inclinó hacia mí.

—Solo necesito que Marcus crea que estamos comprometidos mientras descubro quién está filtrando mis informes médicos.

Aquello tenía más sentido.

Hasta que señaló el dinero.

—¿Por qué yo?

—Porque serviste ocho años en inteligencia militar.

Me quedé inmóvil.

Hacía años que nadie mencionaba aquella parte de mi vida.

—También porque tu expediente dice que abandonaste el ejército después de la muerte de tu esposa.

Mi mandíbula se tensó.

—No meta a Emily en esto.

Darlene perdió por un instante su frialdad.

—No pretendía hacerlo.

Entonces añadió:

—Pero alguien ya lo hizo.

Sacó una fotografía.

Era Abigail.

Mi hija.

Saliendo de su escuela.

La fotografía había sido tomada dos días antes.

Me puse de pie.

—¿Quién tomó esto?

—No lo sé.

—¿Por qué tiene una foto de mi hija?

—Porque apareció esta mañana debajo de la puerta de mi oficina.

En el reverso había un mensaje:

“TU NUEVO GUARDAESPALDAS TAMBIÉN TIENE ALGO QUE PERDER.”

Sentí que la sangre se me helaba.

—Usted dijo que me investigó anoche.

—Sí.

—Entonces quien dejó esto sabía que iba a contratarme antes de que yo aceptara.

Darlene guardó silencio.

Ahí comprendí que también estaba asustada.

—Hay alguien dentro de su círculo.

—Eso llevo meses pensando.

Cerré el maletín.

—No quiero el dinero.

Ella arqueó una ceja.

—Lo necesitarás.

—No de esta forma.

—Tu hija necesita especialistas.

—Mi hija no está en venta.

Por primera vez, Darlene sonrió de verdad.

—Por eso te elegí.

Entonces su teléfono sonó.

Contestó.

Su rostro cambió.

—¿Cuándo?

Escuchó.

—Que nadie toque nada.

Colgó.

—Mi médico apareció muerto esta mañana.

El silencio se volvió pesado.

—¿Accidente?

—Eso dicen.

—¿Usted lo cree?

—No.

Acepté ayudarla con una condición.

Abigail quedaría fuera.

Darlene accedió.

Aquella misma tarde dejé de ser empleado de limpieza.

Oficialmente me trasladaron al equipo de seguridad ejecutiva.

Extraoficialmente, me convertí en la sombra de Darlene.

Y descubrí algo inquietante casi inmediatamente.

Su accidente había ocurrido nueve meses atrás.

Pero la férula que llevaba no correspondía únicamente a lesiones de un choque.

Reconocí las marcas.

—¿Cuántas operaciones tuvo?

Darlene me miró.

—Tres.

—Miente.

Su expresión se endureció.

—¿Perdón?

—Esa cicatriz lateral no parece de una cirugía reconstructiva normal.

Se quedó completamente quieta.

—¿Qué sabes tú de cicatrices quirúrgicas?

—Más de lo que debería.

Mi esposa había pasado meses entrando y saliendo de hospitales antes de morir.

Darlene apartó la mirada.

—Me implantaron algo.

No esperaba esa respuesta.

—¿Qué?

—No lo sé.

Después del accidente había despertado en una clínica privada propiedad parcialmente de Oakridge.

Su hermano había elegido al equipo médico.

Meses después empezó a sufrir dolor, mareos y episodios de debilidad.

—Pensé que eran secuelas.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que alguien necesita que parezcan secuelas.

Esa noche revisé el informe del accidente.

Encontré la primera anomalía en veinte minutos.

El automóvil de Darlene no había fallado.

Los frenos habían sido manipulados.

La segunda anomalía fue peor.

Un hombre había llegado al lugar antes que la ambulancia.

El registro lo identificaba como médico de Oakridge.

Doctor Nathan Cole.

Ese nombre me hizo detenerme.

—¿Qué pasa? —preguntó Darlene.

No respondí.

Busqué el archivo otra vez.

Nathan Cole.

El mismo médico que había firmado el certificado de defunción de mi esposa siete años atrás.

—Lo conoces —dijo Darlene.

—Él declaró muerta a Emily.

Darlene palideció.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

Abrió un cajón cerrado.

Sacó una fotografía.

Nathan estaba junto a Marcus.

Y entre ellos había una mujer.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Emily.

Mi esposa.

La mujer que yo había enterrado.

—¿De dónde sacó esto?

—De los archivos privados de mi padre.

La fotografía tenía fecha de hacía cuatro años.

Tres años después de la muerte de Emily.

—No.

Darlene giró la imagen.

Había algo escrito detrás.

PROYECTO HAVEN.

SUJETO E-17.

COMPATIBILIDAD CONFIRMADA.

—¿Qué significa? —pregunté.

—No lo sé.

Entonces vimos otro nombre.

ABIGAIL CARTER.

Mi hija.

Me abalancé sobre la carpeta.

Había análisis médicos.

Muestras sanguíneas.

Pruebas genéticas.

Todas realizadas sin mi autorización.

—¿Por qué tienen el ADN de Abigail?

Darlene pasó páginas rápidamente.

Encontramos una tabla de compatibilidad.

DARLENE STANLEY.

EMILY CARTER.

ABIGAIL CARTER.

Tres nombres unidos por porcentajes.

—Esto empezó antes de mi accidente —susurró Darlene.

—Mucho antes.

La última página llevaba la firma del padre de Darlene.

Richard Stanley.

Fecha:

Ocho años atrás.

Un año antes de que Emily supuestamente muriera.

Entonces recibí una llamada de la escuela.

—Señor Carter, Abigail no está aquí.

El mundo se detuvo.

—¿Qué quiere decir?

—Una mujer autorizada vino a buscarla.

—Nadie está autorizado excepto yo.

—Tenemos el formulario firmado.

—¿Qué mujer?

La secretaria dudó.

—Dijo que era su madre.

No pude respirar.

—La madre de Abigail murió.

Darlene ya estaba llamando a seguridad.

—¿Cómo se llamaba?

Escuché papeles al otro lado.

—Emily Carter.

Se me cayó el teléfono.

Veinticinco minutos después conseguimos la grabación de seguridad.

Una mujer había tomado la mano de Abigail y salido tranquilamente de la escuela.

Cabello más corto.

Más delgada.

Pero era ella.

Emily.

Viva.

Entonces Darlene señaló algo en la pantalla.

Emily no estaba sola.

Un automóvil esperaba afuera.

Marcus Stanley conducía.

Mi teléfono recibió un mensaje.

Una fotografía de Abigail sonriendo junto a Emily.

Debajo había una dirección.

Y una frase:

“Trae a Darlene sola si quieres recuperar a tu hija.”

Darlene leyó el mensaje.

Su rostro perdió todo color.

—Conozco esa dirección.

—¿Qué hay allí?

—La casa donde crecí.

Después abrió el expediente de Abigail una última vez.

Habíamos ignorado una hoja pegada al reverso.

Era un certificado de nacimiento.

ABIGAIL CARTER.

MADRE: EMILY CARTER.

PADRE: BLAKE CARTER.

Y debajo, escrito a mano:

DONANTE GENÉTICO ADICIONAL: STANLEY.

Miré a Darlene.

Ella retrocedió.

—Eso no tiene sentido.

Entonces sonó su teléfono.

Marcus.

Darlene activó el altavoz.

La voz de su hermano llegó tranquila.

—Por fin encontraste el expediente.

—¿Qué le hicisteis a Abigail?

Marcus soltó una risa breve.

—La pregunta equivocada.

Darlene apretó el teléfono.

—¿Cuál es la correcta?

Hubo un silencio.

—Pregúntale a Blake por qué su esposa necesitó tratamientos de fertilidad siete años atrás.

Sentí que el corazón se detenía.

Marcus continuó:

—Y después pregúntate por qué nuestro padre pagó cada uno de ellos.

Darlene me miró.

Entonces Marcus pronunció las palabras que convirtieron aquellos 85.000 dólares en la parte menos importante de aquella mañana.

—Abigail no es la razón por la que Blake entró accidentalmente en tu oficina.

Hizo una pausa.

—Ella es la razón por la que lo contratamos en Oakridge hace seis meses.

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