PARTE 2: LA TRAMPA QUE RENATA PREPARÓ PARA LA PERSONA EQUIVOCADA

Decidí fingir que no sabía nada.

—Camila necesitará permanecer aquí otras veinticuatro horas —dije.

Renata frunció el ceño.

—¿Otra noche?

—Quiero repetir algunos análisis.

Diego suspiró.

—Si es necesario, nos quedamos.

Renata sonrió enseguida.

—Por supuesto. Lo importante es nuestra princesa.

Nuestra.

Vi cómo Camila apretaba la jirafa contra el pecho.

—Diego —dije—, necesito hablar contigo sobre unos documentos administrativos.

Lo llevé fuera.

Esperé hasta que la puerta se cerró.

—No reacciones.

Su expresión cambió.

—¿Qué pasa?

—Encontramos talio en las gotas.

Diego quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Necesito que sigas comportándote normalmente.

—¿Me está diciendo que Renata está envenenando a mi hija?

—Te estoy diciendo que el frasco contiene una sustancia tóxica y que Camila afirma que Renata se lo administraba.

Diego dio un paso hacia la habitación.

Lo detuve.

—Si la confrontas sin asegurar las pruebas, puede destruirlas.

Sus ojos se llenaron de algo que jamás había visto en él.

—Si le hizo daño…

—Piensa en Camila.

Eso funcionó.

Avisamos al equipo de protección hospitalaria y a las autoridades correspondientes.

El frasco quedó asegurado.

Y establecimos una regla sencilla.

Nadie debía dejar a Renata sola con Camila.

Pero no tuvimos que esperar mucho.

A las siete de la tarde, Diego fingió bajar a comprar café.

Yo observaba desde el puesto de enfermería.

Renata miró el pasillo.

Después cerró la puerta de la habitación.

Entré treinta segundos más tarde.

Ella estaba inclinada sobre Camila.

Tenía otro frasco en la mano.

—¿Qué está haciendo?

Renata se sobresaltó.

El gotero cayó al suelo.

—Vitaminas.

—Le dije expresamente que nadie podía administrarle nada.

—Son naturales.

Me puse delante de Camila.

—Déjelo sobre la mesa.

Renata cambió.

La dulzura desapareció de su rostro.

—Usted no entiende.

—Entonces explíqueme.

—Diego me pidió que se las diera.

Camila negó inmediatamente.

—Mentira.

Renata la miró.

Fue apenas un segundo.

Pero vi odio.

Una mirada helada dirigida a una niña de siete años.

Diego entró entonces.

—Yo nunca te pedí nada.

Renata palideció.

—Diego…

—¿Qué le has estado dando a mi hija?

—Nada.

Dos agentes aparecieron detrás de él.

La expresión de Renata se derrumbó.

El segundo frasco también fue enviado al laboratorio.

Contenía la misma sustancia.

Pero aquella noche apareció algo todavía más extraño.

Las gotas no habían comenzado meses atrás.

Camila recordaba haberlas tomado por primera vez después de que Renata y Diego anunciaran su compromiso.

Exactamente cinco semanas antes de enfermar.

—¿Por qué? —preguntó Diego una y otra vez.

La respuesta pareció evidente cuando revisaron las finanzas.

Tres meses antes, Diego había actualizado su seguro de vida.

Beneficiaria principal:

Camila.

Si Camila fallecía siendo menor, los bienes quedarían administrados por su padre.

Eso no beneficiaba directamente a Renata.

Hasta que encontramos el testamento preparado para después de la boda.

Si Diego moría posteriormente, su futura esposa administraría el patrimonio.

—Entonces necesitaba que muriera Camila y después yo —susurró.

Parecía destruido.

Pero yo no estaba convencida.

Era demasiado complicado.

Y Renata había trabajado seis años en una farmacia.

Sabía lo suficiente para comprender que una intoxicación podía descubrirse.

¿Por qué usar algo tan peligroso durante semanas?

A la mañana siguiente recibí los resultados completos de Camila.

Había talio en su organismo.

Pero las concentraciones no coincidían.

—¿Qué significa? —pregunté.

El toxicólogo señaló las fechas.

—La exposición comenzó mucho antes de esas gotas.

—¿Cuánto antes?

—Meses.

Sentí un escalofrío.

—Camila dijo que Renata empezó hace cinco semanas.

—Entonces alguien más ya la estaba exponiendo.

Regresé corriendo.

Diego estaba junto a la cama.

—Necesito preguntarte algo.

—Lo que sea.

—Antes de Renata, ¿quién cuidaba de Camila?

Pensó.

—Yo.

—¿Nadie más?

—Mi madre algunas tardes.

—¿Y antes?

Su expresión cambió.

—Después de morir Laura contraté una niñera.

—¿Nombre?

—Elena Salgado.

Camila levantó inmediatamente la cabeza.

—La señora Elena.

—¿Te daba medicinas?

La niña asintió.

—Las gotas viejas.

Diego palideció.

—¿Qué gotas viejas?

—Las que papá decía que mamá me daba cuando era bebé.

Diego me miró.

—Yo nunca dije eso.

La policía localizó a Elena aquella tarde.

Había desaparecido seis meses antes.

Pero encontramos algo en los registros de empleo.

Su referencia laboral había sido firmada por una farmacia.

La misma donde trabajó Renata.

Entonces apareció otra conexión.

Renata y Elena eran hermanas.

Diego se sentó lentamente.

—Nunca me dijo que tenía una hermana.

Aquello ya no parecía una mujer actuando sola.

Parecía un plan iniciado años atrás.

Revisamos nuevamente el accidente en el que había muerto Laura, la madre de Camila.

El informe decía que perdió el control del coche.

Pero un análisis toxicológico antiguo mostraba síntomas compatibles con exposición a metales pesados.

Nunca se había investigado.

—Dios mío —susurró Diego.

Camila escuchaba desde la cama.

La llevé con una enfermera antes de continuar.

—¿Renata conocía a Laura?

Diego negó.

Después se detuvo.

—No.

—¿Seguro?

Sacó el teléfono.

Buscó fotografías antiguas.

En una fiesta celebrada ocho años atrás aparecía Laura embarazada.

Detrás de ella había dos mujeres.

Elena.

Y Renata.

—Eso fue antes de que yo conociera a Renata —murmuró.

La policía amplió la fotografía.

Renata llevaba uniforme.

No de farmacia.

De una clínica privada.

CLÍNICA SAN GABRIEL.

Reconocí el nombre.

Camila había nacido allí.

Solicitamos el expediente de nacimiento.

Faltaban páginas.

Pero una enfermera jubilada conservaba copias de varios registros debido a una antigua investigación administrativa.

Camila había nacido sana.

Sin embargo, durante sus primeras veinticuatro horas alguien había solicitado pruebas genéticas adicionales.

—¿Para qué? —preguntó Diego.

Leí la orden.

PATERNIDAD Y COMPATIBILIDAD FAMILIAR.

Su rostro perdió color.

—Yo nunca pedí eso.

El resultado estaba firmado por el doctor Rafael Montes.

Fallecido hacía cinco años.

Pero había una copia de la prueba.

Diego Herrera:

Paternidad excluida.

Diego se quedó mirando el papel.

—No.

—Una prueba antigua no basta para sacar conclusiones —advertí—. Puede haber errores, sustitución de muestras o manipulación.

—Laura jamás me habría engañado.

—No he dicho eso.

Pedimos una prueba nueva con consentimiento de Diego.

El resultado llegó al día siguiente.

Otra vez:

Paternidad excluida.

Diego lloró en silencio.

Pero apareció algo más.

El laboratorio detectó coincidencia con una muestra archivada de un antiguo estudio familiar.

Nombre:

RAFAEL MONTES.

El médico que había firmado el informe.

La probabilidad indicaba relación directa.

—¿Ese médico era el padre de Camila? —preguntó Diego.

—Todavía no podemos afirmarlo.

Entonces Camila dijo algo desde la cama.

—Yo conozco a Rafael.

Nos giramos.

—¿Qué?

—Renata me llevó a verlo.

Diego se puso blanco.

—Rafael murió hace cinco años.

Camila negó.

—No.

Tomó sus lápices y dibujó una casa amarilla.

—Vive aquí.

Luego añadió un hombre junto a una ventana.

—Renata dice que es mi abuelo.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Abuelo? —repetí.

Camila asintió.

—Dice que mi papá verdadero está esperando.

Diego tuvo que agarrarse a la silla.

En ese instante mi teléfono sonó.

Era toxicología.

—Valeria, encontramos otra cosa en el segundo frasco.

—¿Más talio?

—Sí, pero también material biológico.

—¿De quién?

—No sabemos todavía. Pero el gotero había sido utilizado con otra persona antes que con Camila.

Minutos después llegó un mensaje al teléfono de Diego.

Una fotografía.

Laura.

La esposa que había enterrado tres años atrás.

Estaba viva.

Sentada junto a un hombre que coincidía con las fotografías antiguas del doctor Rafael Montes.

Delante de ellos había un periódico de aquella mañana.

Debajo aparecía una frase:

“RENATA FALLÓ. TRAE A CAMILA A CASA.”

Diego dejó caer el teléfono.

Pero yo seguí mirando la fotografía.

Había una tercera persona reflejada en el cristal.

El mismo hombre cuya firma aparecía en el certificado de nacimiento de Camila como testigo.

El padre de Diego.

El hombre que, según Diego, había muerto seis meses antes de que Camila naciera.

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