PARTE 2: LA PROMESA QUE ZACH OBLIGÓ A MICHAEL MORETTI A TOMARSE EN SERIO

Michael Moretti no sonrió.

Miró nuestras manos entrelazadas.

Después me miró a mí.

—¿Te vas a casar con mi hijo?

—Fue una negociación bastante rápida.

Zach levantó nuestro meñique.

—Hicimos una promesa.

Uno de los hombres detrás de Michael bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Michael no.

Entonces Regina apareció detrás de ellos.

—¡Aurora!

Retrocedí instintivamente.

Michael lo vio.

También vio cómo Zach se colocaba delante de mí.

—Ella es mi prometida —declaró—. No puedes gritarle.

Regina soltó una carcajada.

—Aparta al niño.

Michael giró lentamente.

—¿Acaba de darle una orden a mi hijo?

La sonrisa desapareció.

—Señor Moretti, esto es un asunto familiar.

—Entonces explíqueme los moretones.

Regina palideció.

—Aurora es problemática.

—¿Y los hombres de Tony?

Silencio.

Michael ya sabía.

—Tony Bellini está esperando afuera —informó uno de sus hombres.

Regina retrocedió.

—Yo puedo explicarlo.

—Hágalo.

—Me debe dinero.

La miré incrédula.

—¿Yo?

—Tu padre dejó deudas.

—Mi padre murió hace once años.

Regina apretó los labios.

—Precisamente.

Michael extendió la mano.

—El teléfono.

Regina no se movió.

Uno de sus hombres se lo quitó.

Había mensajes con Tony.

Fotografías mías.

Direcciones.

Los moteles donde me había escondido.

Y una frase que hizo desaparecer cualquier rastro de humor de los ojos de Michael:

“LA CHICA VALE MÁS VIVA. NECESITAMOS SU FIRMA.”

—¿Mi firma para qué? —pregunté.

Regina no respondió.

Michael sí.

—Eso es lo que vamos a averiguar.

Tony y sus hombres se marcharon cuando descubrieron quién estaba dentro del restaurante.

Regina fue retenida para hablar con las autoridades.

Yo debería haber sentido alivio.

En cambio, estaba aterrorizada.

—No puedo ir contigo.

Michael estaba colocando el abrigo de Zach sobre sus hombros.

—No te lo he pedido.

Zach levantó la cabeza.

—¡Pero tiene que venir! Es mi prometida.

—Tienes seis años.

—Eso no cambia la promesa.

Por primera vez, Michael cerró los ojos como un padre agotado.

Casi me reí.

Entonces Zach tosió.

Una vez.

Después otra.

Michael cambió inmediatamente.

—Nos vamos.

—Estoy bien, papá.

—Tienes cita médica mañana por una razón.

La sonrisa del niño desapareció.

Ahí entendí que no se había escapado simplemente por miedo a un médico.

Tenía miedo de lo que el médico pudiera decir.

Me agaché.

—Los caballeros también van al médico.

Zach me miró.

—¿Vienes conmigo?

Antes de pensarlo respondí:

—Sí.

Michael me observó durante un largo momento.

—Entonces vienes.

A la mañana siguiente descubrí la verdad.

Zach necesitaba una intervención.

No era la primera.

Había nacido con una enfermedad cardíaca y su estado había empeorado.

Michael permanecía junto a su cama como una estatua.

Pero cuando Zach entró a hacerse pruebas, vi sus manos.

Temblaban.

—¿Dónde está su madre? —pregunté.

—Muerta.

Su respuesta fue inmediata.

—Lo siento.

—Isabella murió cuando Zach tenía ocho meses.

Después añadió:

—O eso me hicieron creer.

Lo miré.

Michael sacó una fotografía.

Isabella.

Sentí que el aire desaparecía.

Conocía ese rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Esa mujer estuvo en mi casa cuando yo era niña.

Michael quedó inmóvil.

—¿Estás segura?

—Se llamaba Bella.

Mi padre discutió con ella una noche.

Después nunca volvió.

Michael sacó su teléfono.

Minutos más tarde uno de sus hombres llegó con archivos.

Mi padre, Anthony Vale, había trabajado como contador para varias empresas.

Entre ellas una sociedad vinculada a los Moretti.

—Tu padre desapareció dinero —dijo Michael.

—Regina siempre dijo que murió debiéndolo.

—No.

Deslizó una página hacia mí.

—Descubrió que alguien desviaba dinero.

Antes de poder entregar las pruebas, murió.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Quién?

Michael señaló una firma.

REGINA VALE.

Mi madrastra.

Pero debajo aparecía otra.

ISABELLA MORETTI.

—No.

Michael negó.

—La firma de Isabella es falsa.

El mismo falsificador había autorizado años después la transferencia de varias propiedades de mi padre.

Propiedades que debían pasarme cuando cumpliera treinta años.

Faltaban nueve días para mi cumpleaños.

Entonces entendí por qué Regina me necesitaba viva.

Necesitaba mi firma antes de perder el control.

Pero Michael seguía mirando un documento.

—Hay algo más.

Era un expediente médico.

Mi nombre aparecía junto al de Isabella.

—¿Por qué estamos juntas?

—No lo sé.

La fecha era de siete años atrás.

Yo jamás había estado en aquella clínica.

Sin embargo, constaba una extracción de sangre a mi nombre.

Michael pasó a la siguiente página.

PRUEBA DE COMPATIBILIDAD.

PACIENTE: ZACHARY MORETTI.

DONANTE POTENCIAL: AURORA VALE.

Me quedé helada.

—Zach tenía meses entonces.

—Sí.

—¿Por qué alguien estaba comparando mi sangre con la suya?

Michael no respondió.

El médico apareció en la puerta.

Su expresión era grave.

—Señor Moretti, encontramos algo extraño en el historial de Zach.

Nos condujo a un despacho.

—Los análisis genéticos archivados después de su nacimiento no coinciden con los actuales.

Michael se inclinó.

—Explíquese.

—El perfil materno registrado no pertenece a Isabella.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién pertenece?

El médico miró primero a Michael.

Luego a mí.

—Necesitaríamos una prueba nueva para afirmarlo.

Michael comprendió antes que yo.

—No.

El médico colocó dos informes uno al lado del otro.

—La muestra archivada atribuida a Isabella presenta marcadores extraordinariamente próximos a los de la señorita Vale.

Me levanté.

—Eso es imposible.

—Puede tratarse de un error de etiquetado. No sacaré conclusiones sin verificarlo.

Entonces la puerta se abrió.

Zach entró con una enfermera.

—¿Ya puedo irme?

Lo miré.

Cabello oscuro.

Ojos grises.

Seis años.

Yo tenía veintiocho.

Y siete años atrás había despertado en un hospital después de una operación que Regina siempre describió como “una emergencia abdominal”.

Recordaba muy poco.

Sedación.

Dolor.

Tres días perdidos.

Michael recibió una llamada.

Escuchó.

Su expresión se volvió aterradora.

—Encontraron a Regina.

—¿Qué dijo?

—Nada.

Me mostró una fotografía hallada dentro de su bolso.

Era yo.

Dormida en una cama de hospital siete años atrás.

Isabella estaba a mi lado.

Y sostenía un recién nacido.

Zach.

En el reverso había una frase escrita por mi padre:

“Si Aurora descubre lo que hicieron, llévala con Michael.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Entonces Zach tomó mi mano.

—¿Señorita Aurora?

No pude responder.

Michael encontró otro sobre.

Dentro había una prueba genética antigua.

La leyó.

Su rostro perdió todo color.

—¿Qué dice?

Me entregó la página.

No demostraba que yo fuera la madre de Zach.

Demostraba algo diferente.

ISABELLA MORETTI / AURORA VALE.

RELACIÓN BIOLÓGICA COMPATIBLE CON HERMANAS.

Levanté los ojos.

Michael susurró:

—Isabella no era hija biológica de la familia que la crió.

En ese instante llegó un mensaje desde el teléfono confiscado de Regina.

Una fotografía reciente.

Isabella.

Viva.

Sosteniendo un periódico de aquella mañana.

Debajo había seis palabras:

“TRAE A AURORA. ELLA SABE LA VERDAD.”

Zach miró la pantalla.

—Mamá.

Michael dejó de respirar.

Yo también.

Porque detrás de Isabella aparecía mi padre.

El hombre cuyo funeral había visto once años atrás.

Y en sus manos sostenía exactamente el mismo cubo roto con el que Regina guardaba todos los documentos de mi infancia.

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