PARTE 2: El expediente que Mason temía

Mi padre llegó menos de una hora después. No vino solo: lo acompañaban una abogada y un hombre con una carpeta sellada.

Garrett Stone me abrazó en el pasillo. No intentó consolarme con frases vacías. Solo sostuvo mi mano mientras la abogada pedía al hospital que preservara todos los documentos relacionados con Daisy y la donación.

—¿Qué es el archivo Bennett? —pregunté.

Mi padre miró la puerta de la morgue.

—Una investigación que mantuve guardada mientras esperaba que Mason demostrara que estaba equivocado.

Abrió la carpeta. Contenía transferencias, correos y copias de autorizaciones. Durante años, Mason había usado mi apellido de nacimiento para presentarse ante socios e inversores como representante de la familia Stone.

—Por eso te apartó de nosotros —dijo mi padre—. No quería que supieras qué estaba haciendo con tu nombre.

La abogada señaló un correo enviado desde la oficina de Chloe Palmer. En él, Chloe pedía que se detuvieran todos los pagos médicos relacionados conmigo y con Daisy hasta recibir nuevas instrucciones de Mason.

La fecha era de tres días antes.

—¿Y los nueve mil dólares? —pregunté.

Mi padre deslizó otro documento hacia mí. La transferencia no se había perdido ni retrasado por un error administrativo. Mason la había redirigido a una cuenta vinculada a la clínica de Chloe.

No pude apartar la vista del comprobante.

—¿Él eligió pagar su tratamiento en lugar del de Daisy?

—Eso parece —respondió la abogada—. Pero aún no sabemos quién dio la orden final de suspender el medicamento.

Entonces apareció una enfermera con una bolsa transparente. Dentro estaba el teléfono de Daisy, que Mason había dejado en el hospital semanas atrás cuando la visitó.

La pantalla tenía una grabación de voz abierta, fechada la noche en que se interrumpió la medicación.

Mi padre me miró.

—¿Quieres escucharla?

Asentí.

La voz de Mason salió pequeña por el altavoz:

—Si Alyssa pregunta, dile que el envío sigue en camino.

Después se oyó a Chloe:

—¿Y si la niña empeora?

Mason tardó un instante en responder.

—Entonces tendremos que resolver lo de las córneas.

La grabación terminó.

Mi padre cerró los ojos.

Entonces el abogado del hospital salió de la sala con un documento en la mano.

—Señora Bennett, alguien acaba de presentar una autorización de donación con su firma. Y afirma que usted ya abandonó el hospital.

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