PARTE 2: EL EXPEDIENTE DE OCHENTA MILLONES

Renata dio un paso atrás.

Miró a mi padre.

Luego a mí.

Y finalmente volvió a mirar la portada del expediente.

Su seguridad comenzó a resquebrajarse.

—¿Hija…? —preguntó con una risa nerviosa—. Debe haber un malentendido.

Mi padre ni siquiera respondió.

Se volvió hacia el gerente del restaurante.

—Por favor, traigan una toalla y otro vestido para mi hija.

El gerente asintió de inmediato.

—Sí, señor Cortés.

Los murmullos recorrieron el salón.

Muchos acababan de comprender quién era el hombre con el que yo cenaba.

Renata tragó saliva.

—¿Usted… es Alejandro Cortés?

—Así es.

Su rostro perdió el color.

El hombre al que había llamado “viejo millonario” era el presidente del corporativo más importante del país.

Y la mujer a la que acababa de humillar era su hija.

Mauricio, su prometido, apareció apresuradamente desde otra mesa.

—¿Qué ocurrió?

Renata intentó sonreír.

—Nada importante…

Pero uno de los auditores abrió el expediente.

—Señor Cortés, ya revisamos los últimos contratos.

Pasó varias hojas.

—Las irregularidades ascienden a ochenta millones de pesos.

El restaurante volvió a quedarse en silencio.

Mauricio miró incrédulo a Renata.

—¿Materiales Salgado?

El auditor continuó.

—Facturación duplicada.

—Certificados de calidad alterados.

—Entregas inexistentes.

—Y posible desvío de recursos mediante empresas vinculadas.

Renata levantó las manos.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

La observé con calma.

—¿Segura?

Ella me miró desafiante.

—Yo no trabajo con mi papá.

Deslicé una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada tres meses antes durante una reunión de proveedores.

En ella aparecía Renata firmando documentos junto al director financiero de Materiales Salgado.

Después coloqué otra.

Y otra más.

Todas certificadas por el departamento de auditoría.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Eso… eso solo era un evento.

El abogado corporativo abrió otra carpeta.

—Aquí aparece registrada como representante comercial autorizada.

Mauricio dio un paso hacia atrás.

—Renata…

Ella intentó tomarle la mano.

Él la apartó.

Mi padre permanecía completamente sereno.

—Señorita Salgado, hace dos semanas enviamos tres requerimientos solicitando información.

—Nunca respondieron.

El abogado añadió:

—Ayer venció el último plazo.

Renata abrió mucho los ojos.

—Mi papá dijo que todo estaba arreglado.

Mi padre negó lentamente.

—Nunca estuvo arreglado.

Solo estaba siendo investigado.

En ese momento sonó el teléfono de Renata.

Miró la pantalla.

Papá.

Contestó de inmediato.

—Papá…

La voz del otro lado gritaba con tanta fuerza que varios alcanzamos a escucharla.

—¡¿Qué hiciste?! ¡Grupo Cortés acaba de cancelar todos los contratos! ¡Los bancos congelaron nuestras líneas de crédito y acaba de llegar la Fiscalía!

Renata quedó inmóvil.

El teléfono cayó sobre la alfombra.

Mauricio dio otro paso hacia atrás.

Se quitó lentamente el anillo de compromiso.

—No pienso casarme con alguien cuya familia está siendo investigada por fraude.

Renata comenzó a llorar.

Por primera vez desde que la conocía.

No por arrepentimiento.

Sino porque acababa de comprender que toda la vida que presumía estaba desmoronándose frente a cientos de testigos.

Entonces mi padre tomó el expediente, lo cerró con calma y dijo las palabras que terminaron de hundirla.

—Renata, el vino que derramaste sobre el vestido de mi hija se limpia.

Hizo una breve pausa.

—Los delitos financieros de tu familia no.

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