Ethan tardó varios segundos en responder.
Nate soltó una carcajada.
—Definitivamente no existe esa norma.
Leo acercó una silla a mi cama y se sentó.
—Olivia, ¿por qué demonios no nos llamaste?
—Porque pensé que era un dolor de estómago.
—¿Y cuando dejó de parecerlo?
—Me desmayé.
Leo cerró los ojos como si estuviera rezando para conseguir paciencia.
Adrian, en cambio, ya estaba revisando todo.
—Doctor Cole, ¿cuándo será la cirugía?
Ethan recuperó finalmente su máscara profesional.
—Esta tarde. Los estudios confirman apendicitis y debemos intervenir antes de que haya complicaciones.
—¿Quién operará? —preguntó Adrian.
—Yo.
Los tres hombres lo miraron.
Yo también.
—No —dije.
Ethan giró hacia mí.
—¿Qué?
—Quiero otro cirujano.
La habitación quedó en silencio.
La expresión de Ethan cambió.
—Olivia, soy perfectamente capaz de separar nuestros asuntos personales de mi trabajo.
—Yo también.
Sonreí.
—Precisamente por eso prefiero otro médico.
Aquello pareció dolerle más de lo que esperaba.
Adrian intervino:
—Es decisión de la paciente.
Ethan apretó el expediente.
—Conseguiré a alguien.
Se volvió hacia la puerta.
Entonces Leo preguntó:
—Espera. ¿Tú eres Ethan Cole?
Ethan se detuvo.
—Sí.
Leo me miró.
Luego volvió a mirarlo.
—¿El Ethan?
Quise desaparecer debajo de las sábanas.
—Leo.
—¿El exmarido por el que lloraste seis meses?
—LEO.
Nate comenzó a reír.
Incluso Adrian cerró los ojos, resignado.
Ethan permaneció inmóvil junto a la puerta.
—¿Lloró seis meses?
—Fuera —ordené.
—Solo preguntaba.
—Fuera, doctor Cole.
Por primera vez vi algo parecido a una sonrisa mínima en sus labios.
—Descansa.
Y salió.
Le lancé una almohada.
No llegó ni cerca.
La cirugía fue sencilla.
El doctor Patel, jefe de cirugía general, realizó el procedimiento.
Cuando desperté, Leo dormía doblado sobre una silla.
Adrian trabajaba desde una laptop.
Nate discutía en voz baja por teléfono porque había cancelado una sesión de entrenamiento para quedarse.
Mi corazón se calentó.
Durante mi matrimonio con Ethan había olvidado algo importante.
Estar divorciada no significaba estar sola.
Ethan había confundido ambas cosas.
Y, durante demasiado tiempo, yo también.
—Despertó.
Adrian cerró inmediatamente la computadora.
Leo levantó la cabeza.
—¿Estás bien?
—Tengo hambre.
Los tres exhalaron al mismo tiempo.
Nate señaló hacia la puerta.
—Perfecto. Porque el doctor amargado vino cuatro veces mientras dormías.
Fruncí el ceño.
—¿Ethan?
—¿Conoces otro tronco seco con estetoscopio?
Lo miré horrorizada.
—¿Escuchaste eso?
—Todo el piso lo escuchó.
Leo empezó a reír.
Entonces llamaron a la puerta.
Ethan entró.
Todos se callaron.
Él revisó mis signos vitales y el expediente.
—La cirugía salió bien. Si no aparece fiebre ni ninguna complicación, probablemente podrás irte mañana.
—Gracias.
Ethan levantó los ojos.
Pareció sorprendido por mi tono.
—De nada.
Leo miró a Nate.
Nate miró a Adrian.
Los tres tenían cara de estar viendo una serie.
—¿Pueden salir un momento? —preguntó Ethan.
—No —respondieron los tres.
Suspiré.
—Salgan.
Leo señaló a Ethan.
—Cinco minutos.
—Leo.
—Diez.
—¡Fuera!
Finalmente se marcharon.
Ethan esperó hasta que la puerta se cerró.
—No sabía que tenías esa familia.
—Nunca preguntaste.
—Estuvimos casados cuatro años.
—Y durante cuatro años asumiste muchas cosas.
Se quedó callado.
Tenía razón.
Cuando Ethan y yo nos conocimos, yo utilizaba únicamente el apellido de mi madre.
Mi familia era complicada.
Leo había sido adoptado por mis tíos.
Adrian era hijo de la hermana mayor de mi padre.
Nate prácticamente había crecido dentro de nuestra casa.
Nunca oculté su existencia.
Simplemente Ethan nunca mostró demasiado interés.
Su residencia médica.
Sus guardias.
Sus congresos.
Su carrera.
Siempre había algo más importante.
—Pensé que estabas sola —admitió.
Lo miré.
—No.
—Después del divorcio…
—Tampoco.
Sus dedos se cerraron alrededor del bolígrafo.
—Entonces ¿por qué nadie vino ayer?
—Porque no les avisé.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Porque soy una mujer adulta que fue al hospital pensando que tenía indigestión. No suelo convocar a medio árbol genealógico cada vez que me duele algo.
Ethan bajó la mirada.
—Fui cruel contigo.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Qué?
—Ayer.
Hizo una pausa.
—No debí decir lo del marido.
—No.
—Ni insinuar que estabas sola porque nadie te quería.
—Tampoco.
Asintió.
Parecía esperar algo.
Quizá que dijera que no importaba.
Que lo entendía.
Que ya estaba olvidado.
La antigua Olivia lo habría hecho.
La nueva no.
—¿Eso es todo? —pregunté.
Su expresión se tensó.
—Sí.
—Entonces quiero dormir.
Ethan salió.
Pero antes de cerrar la puerta me miró de una forma extraña.
Como si tres años después del divorcio acabara de descubrir que nunca había conocido realmente a su esposa.
A la mañana siguiente llegó otra visita.
Y esa sí logró que Ethan perdiera completamente la compostura.
Una mujer elegante apareció con un enorme ramo de flores.
Sophie Langford.
La heredera que las enfermeras habían llamado su primer amor.
—Ethan.
Ella lo abrazó delante de mi habitación.
Yo aparté los ojos.
No me dolió.
Eso fue lo sorprendente.
Tres años atrás habría sentido que me arrancaban algo del pecho.
Ahora solo quería desayunar.
Sophie entró conmigo.
—Olivia.
—Sophie.
Dejó las flores sobre la mesa.
—Me enteré de que estabas hospitalizada.
—Estoy bien.
Sonrió.
—Me alegro.
Ethan permaneció junto a la puerta.
Había algo incómodo en su expresión.
Entonces Sophie dijo:
—También quería darte las gracias.
—¿Por qué?
Ella miró a Ethan.
—Por haber firmado el divorcio hace tres años.
El aire cambió.
Ethan cerró los ojos.
—Sophie.
—¿Qué? Ya pasó mucho tiempo.
Me miró con una sonrisa.
—Si no hubieras entendido que Ethan y yo siempre terminábamos encontrando el camino de regreso…
—Basta.
La voz de Ethan fue cortante.
Sophie quedó sorprendida.
Yo también.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Ethan la miró.
—Olivia acaba de salir de una cirugía. No es momento para hablar de nuestro pasado.
Nuestro pasado.
Qué expresión tan interesante.
Porque Sophie había sido precisamente el centro de nuestro divorcio.
Cuando volvió del extranjero, Ethan empezó a llegar tarde.
Después aparecieron las llamadas.
Los mensajes.
Las cenas.
Finalmente me dijo:
—Sophie me necesita.
Yo pregunté:
—¿Y yo?
Nunca respondió.
Dos meses después firmamos el divorcio.
Sophie tomó su bolso.
—Solo intentaba ser amable.
Salió molesta.
Ethan permaneció allí.
—No sabía que seguían juntos —dije.
—No estamos juntos.
Parpadeé.
—Las enfermeras dicen que es tu novia.
—Las enfermeras hablan demasiado.
—Eso ya lo comprobamos.
Casi sonrió.
Pero no lo hizo.
—Sophie y yo nunca estuvimos juntos después del divorcio.
Aquello me hizo incorporarme un poco.
—¿Qué?
—Me confesó sus sentimientos.
—¿Y?
—La rechacé.
Lo miré durante varios segundos.
Después comencé a reír.
—Olivia.
Seguí riendo.
Me dolía la incisión.
—Para.
—Espera.
Respiré.
—¿Destruiste nuestro matrimonio por una mujer con la que ni siquiera terminaste?
Su rostro se endureció.
—Nuestro matrimonio ya tenía problemas.
—Sí.
Dejé de reír.
—Tú.
Eso lo silenció.
Horas después llegó el momento del alta.
Leo había desaparecido porque tenía un concierto.
Nate debía viajar.
Adrian estaba abajo resolviendo el papeleo.
Yo estaba guardando mis cosas cuando Ethan apareció con los documentos.
—Necesitas reposo.
—Lo sé.
—Nada de conducir.
—Lo sé.
—Si tienes fiebre, dolor intenso o cualquier síntoma preocupante, vuelve inmediatamente.
—Doctor Cole.
—¿Sí?
—Sé leer instrucciones.
Me entregó los papeles.
Nuestros dedos se rozaron.
Él retiró la mano primero.
Entonces miró mi dedo.
—Sigues usando un anillo.
Bajé la vista.
Una sencilla banda de platino.
—Sí.
—Las enfermeras pensaron que estabas casada.
—Eso parece.
Su voz cambió.
—¿Lo estás?
Lo miré.
Ah.
Finalmente entendí.
Aquella pregunta llevaba dos días atormentándolo.
Sonreí.
—Pensé que no te interesaba si había encontrado un hombre.
Ethan no respondió.
—Solo pregunto por…
—Razones médicas.
—Exacto.
—Claro.
Guardé los documentos.
—Entonces mi estado civil no afecta mi apéndice.
Pasé junto a él.
En el pasillo estaba Adrian.
Y detrás de Adrian había alguien más.
Un hombre alto con un abrigo oscuro sostenía un pequeño ramo de tulipanes.
Cuando me vio, su expresión preocupada se transformó inmediatamente.
—Olivia.
Caminó hacia mí.
Me abrazó con cuidado.
—Perdóname. El vuelo se retrasó.
—Llegaste.
—Siempre llego.
Me besó suavemente en la frente.
Detrás de nosotros no se escuchaba absolutamente nada.
Me separé.
El hombre miró a Ethan.
—¿Usted es el doctor Cole?
—Sí.
Extendió la mano.
—Daniel Hart.
Ethan observó primero su mano.
Después mi anillo.
Luego volvió a mirarme.
—¿Él también es familia?
Daniel sonrió.
—Espero convertirme oficialmente en eso dentro de seis semanas.
El rostro de Ethan se vació.
Yo cerré los ojos.
Perfecto.
Había olvidado contarle un pequeño detalle.
Daniel y yo íbamos a casarnos.
Y el anillo que Ethan llevaba dos días mirando no era un recuerdo de nuestro matrimonio.
Era mi anillo de compromiso.
Daniel pasó un brazo cuidadosamente alrededor de mi cintura.
—¿Nos vamos a casa?
Asentí.
Cuando entramos al ascensor, miré hacia atrás una última vez.
Ethan seguía en medio del pasillo.
Solo.
Tres años atrás, yo había salido de nuestro matrimonio convencida de que Sophie había sido la mujer que él había elegido por encima de mí.
Ahora sabía que ni siquiera había sido así.
Ethan simplemente había dejado morir nuestro matrimonio creyendo que siempre tendría tiempo para decidir qué quería.

Y mientras las puertas del ascensor se cerraban, comprendí algo que él acababa de descubrir demasiado tarde:
yo sí había encontrado a otro hombre.
Solo que jamás había necesitado encontrarlo para demostrar que podía vivir perfectamente sin Ethan.