Otros invitados sacaron discretamente sus teléfonos.
Valeria escuchó algunos susurros.
—Qué humillación.
—Pobre muchacha.
—Yo desaparecería.
Entonces una voz masculina habló desde las últimas filas.
—¿La ceremonia está cancelada?
Todos se volvieron.
Un hombre de unos treinta años estaba sentado en una silla de ruedas junto al pasillo.
Traje oscuro.
Expresión serena.
A su lado había un hombre mayor que parecía su asistente.
Valeria lo reconoció vagamente.
Había llegado como invitado de uno de los médicos de la clínica donde ella trabajaba.
—Supongo que sí —respondió Valeria.
El desconocido asintió.
—Qué desperdicio.
Varias personas fruncieron el ceño.
Valeria casi se enfadó.
—¿Perdón?
Él señaló discretamente las flores.
—La iglesia está pagada.
—El juez civil está aquí.
—Los invitados también.
Después la miró.
—Solo falta el novio.
Valeria soltó una risa incrédula.
—¿Y dónde propone que consiga otro?
El hombre levantó una mano.
—Adrián Salvatierra.
—¿Qué?
—Mi nombre.
Hubo un silencio extraño.
Entonces dijo:
—Podría casarme contigo.
La iglesia entera quedó inmóvil.
Sofía abrió la boca.
Teresa creyó que había escuchado mal.
—Señor —dijo Valeria—, ni siquiera lo conozco.
—Eso ya nos da una ventaja.
—¿Cuál?
Adrián sonrió apenas.
—Yo tampoco conozco a ninguna Lucía por la que vaya a abandonarte en el altar.
Valeria soltó una carcajada involuntaria.
Fue absurda.
Inapropiada.
Pero después de aquella mañana, necesitaba reírse.
Adrián se puso serio.
—No tienes que aceptar. Solo odio ver cómo todos te miran como si ese hombre hubiera decidido cuánto vales.
Valeria estudió su rostro.
—¿Por qué haría algo así por una desconocida?
La expresión de Adrián cambió.
—Porque tú hiciste algo por mí hace seis meses y ni siquiera lo recuerdas.
Entonces Valeria comprendió.
Una noche, durante su turno en la clínica, había atendido a un hombre accidentado que llegó sin documentos y pidió que no avisaran a la prensa.
Ella se había quedado después de terminar su jornada porque él estaba solo.
Era Adrián.
—¿Eras tú?
—Sí.
Valeria lo miró durante varios segundos.
Después miró las puertas por donde Mateo había desaparecido.
Tal vez estaba tomando la decisión más absurda de su vida.
—Está bien.
Teresa casi gritó.
—¡Valeria!
Ella tomó la mano de su madre.
—No voy a casarme para vengarme de Mateo.
Miró nuevamente a Adrián.
—Pero tampoco voy a seguir esperando a un hombre que acaba de demostrarme que nunca me elegirá.
La ceremonia civil pudo realizarse porque Adrián tenía sus documentos y el funcionario presente aceptó proceder tras verificar que ambos actuaban voluntariamente.
Menos de una hora después, Valeria Mendoza salió de aquella iglesia casada con Adrián Salvatierra.
Y entonces regresó Mateo.
Entró corriendo.
—¡Valeria!
Ella se detuvo.
Mateo miró primero su mano.
Después el anillo.
Finalmente a Adrián.
—¿Qué hiciste?
—Seguí adelante.
—¡Me fui por una emergencia!
Sofía levantó su teléfono.
—Qué raro.
Todos la miraron.
—Lucía publicó una historia hace veinte minutos.
Mostró la pantalla.
Lucía estaba perfectamente bien.
Sentada en un restaurante.
La supuesta emergencia nunca había existido.
Mateo quedó blanco.
—Ella me dijo…
Valeria levantó una mano.
—Ya no importa.
—¡Claro que importa! ¡Iba a regresar!
—Ese fue siempre nuestro problema, Mateo.
Lo miró por última vez.
—Siempre pensaste que yo estaría esperando cuando decidieras regresar.
Adrián no intervino.
No necesitaba hacerlo.
Valeria tomó su propia decisión.
Y salió.
Dos días después llegó la segunda sorpresa.
Valeria despertó en la habitación de invitados de la residencia de Adrián.
Habían acordado habitaciones separadas y seis meses para decidir tranquilamente qué hacer con aquel matrimonio impulsivo.
Al bajar encontró tres automóviles negros frente a la casa.
Hombres de traje esperaban junto a ellos.
—¿Qué ocurre?
Adrián estaba leyendo unos documentos.
—Tengo una reunión.
—¿Todos ellos trabajan para ti?
—Algunos.
Valeria empezó a sospechar.
—Adrián, ¿exactamente a qué te dedicas?
Él levantó la vista.
—Inversiones.
—Eso no significa nada.
Su asistente tosió discretamente.
Adrián suspiró.
—Salvatierra Capital.
Valeria se quedó quieta.
Conocía ese nombre.
Todo México conocía ese nombre.
El grupo controlaba participaciones en hospitales, constructoras, tecnología médica y cadenas hoteleras.
—¿Tú eres ese Salvatierra?
—Sí.
—¿Y por qué estabas solo en una clínica pequeña aquella noche?
Adrián guardó silencio.
Luego miró sus piernas.
—Porque después del accidente descubrí algo interesante.
—¿Qué?
—Cuando todos creían que quizá no volvería a caminar, mucha gente dejó de fingir que me quería.
Valeria comprendió inmediatamente.
Adrián también había sido abandonado cuando dejó de parecer útil.
—¿Tu familia?
—Algunos.
—¿Tu prometida?
Una sonrisa amarga respondió antes que sus palabras.
—También.
Antes de que Valeria pudiera decir algo, el asistente entró apresuradamente.
—Señor Salvatierra, tenemos un problema.
Le entregó una tableta.
En pantalla aparecía Mateo.
Estaba frente a varios periodistas.
Y a su lado estaba Lucía.
Mateo aseguraba que Valeria había sufrido una crisis emocional y que Adrián Salvatierra se había aprovechado de ella para obligarla a casarse.
Pero eso no era lo peor.
Lucía sostenía unos documentos.
—Valeria no sabe quién es realmente —decía ante las cámaras—. Ni siquiera conoce la verdad sobre su nacimiento.
Valeria dejó de respirar.
Teresa siempre le había dicho que sus padres biológicos habían muerto cuando ella era pequeña.
Adrián tomó la tableta.
Su rostro cambió al leer uno de los nombres mostrados en el documento.
—Valeria…
—¿Qué?
Adrián levantó lentamente los ojos.
—Creo que sé por qué Mateo estaba tan desesperado por casarse contigo.
—¿De qué hablas?
Adrián giró la pantalla.
Allí aparecía el nombre del padre biológico de Valeria.
Y debajo, una participación hereditaria en un conglomerado valuado en cientos de millones.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
—Eso es imposible.
Adrián negó lentamente.
—No.
Miró nuevamente los documentos.
—Lo imposible es que Mateo conociera esta información antes que tú.
Entonces sonó el teléfono de Valeria.
Era Teresa.
Contestó.
Su madre adoptiva estaba llorando.
—Valeria, perdóname.
—Mamá, ¿qué sucede?

Hubo un silencio.
—Tenemos que hablar sobre quién era realmente tu padre.
Valeria miró a Adrián.
De pronto entendió que ser abandonada en el altar quizá no había sido el peor día de su vida.
Quizá había sido el día que, sin saberlo, la salvó de casarse con un hombre que nunca había estado interesado únicamente en su amor.