La mañana de la consulta, Victor me llamó tres veces.
No contesté.
A las diez recibí una notificación:
“Intento de uso de tarjeta VIP. Importe: 12.600 yuanes. ¿Autorizar?”
Pulsé:
RECHAZAR.
Cinco minutos después volvió a intentarlo.
Rechacé otra vez.
Entonces sonó mi teléfono.
—¿Qué hiciste con la tarjeta? —espetó Victor.
—Nada. Sigue funcionando perfectamente.
—¡Aquí dicen que necesitan tu autorización!
Escuché la voz de Melanie al fondo.
—Victor, ¿qué ocurre?
Y después, claramente, a la recepcionista:
—Señor Reed, esta membresía pertenece exclusivamente a la señora Lane. Sin su autorización no podemos utilizar el saldo.
Silencio.
—¿Señora Lane? —preguntó Melanie.
Casi pude imaginar su expresión.
Victor bajó la voz.
—Solo aprueba el pago. Estamos delante de todo el mundo.
—No.
—¡Melanie está embarazada!
—Entonces paga tú la revisión de Melanie.
Colgué.
Más tarde descubrí que la situación había sido todavía más incómoda.
Victor había presumido durante días de haber contratado el paquete más caro.
Cuando su tarjeta personal tampoco pudo cubrir todos los servicios que había añadido, tuvo que cancelar casi todo y pagar únicamente una consulta básica.
Melanie me escribió aquella tarde.
“Victor me dijo que esa tarjeta era suya.”
Respondí únicamente:
“Pregúntale quién la pagó.”
No volvió a escribirme.
Pero Victor sí.
Me acusó de humillarlo.
Aquello me hizo reír.
—Tú publicaste que habías comprado cuidados VIP con dinero que no era tuyo. Yo simplemente impedí que lo gastaras.
—¡Todavía queda muchísimo saldo!
—Exactamente. Mi saldo.
—Anya también es mi hija.
—Y precisamente por eso ese dinero seguirá disponible para las necesidades médicas de Anya.
No tuvo respuesta.
Una semana después eliminó aquella publicación de redes sociales.
También descubrí que la famosa habitación posparto de 9.800 yuanes diarios nunca volvió a reservarse.
Melanie terminó haciéndose sus controles en otro centro.
No tenía nada contra ella ni contra su bebé.
Mi problema siempre había sido Victor.
Durante nuestro matrimonio discutía por cada gasto relacionado con Anya.
Después del divorcio quería interpretar al padre generoso utilizando una cuenta que yo había financiado.
Así que cambié definitivamente todos los accesos y dejé por escrito que aquella membresía solo podía utilizarse para mí y para nuestra hija.
Meses después, Victor volvió a pedirme la contraseña.
Esta vez ni siquiera discutí.
—¿Todavía no confías en mí? —preguntó.
—Confío perfectamente en ti.
Pareció sorprendido.
Sonreí.
—Confío en que volverías a gastar mi dinero si te diera la oportunidad.
Y colgué.
Victor quería que todos vieran cuánto estaba dispuesto a gastar por su nueva familia.
Al final, el Hospital Harmony solo reveló un pequeño detalle que había olvidado mencionar:
su generosidad era impresionante mientras la factura siguiera llegando a mi cuenta.