El desconocido no soltó mi muñeca hasta que mis pies volvieron a tocar el suelo.
Luego cerró la ventana.
—¿Quién es usted?
—Sebastián Vega.
El nombre me resultaba familiar.
Demasiado.
Vega Holdings era el principal rival empresarial de la familia Fuentes.
—¿Cómo entró aquí?
Sebastián dejó una carpeta sobre mi cama.
—Porque esos hombres de la puerta trabajan para Adrián. No para el hospital.
Lo miré.
—¿Qué quiere?
—La verdad sobre tu accidente.
Abrí la carpeta.
Había fotografías del coche destrozado.
Informes mecánicos.
Una imagen ampliada del sistema de frenos.
—La investigación oficial dijo que fue una falla.
—El informe oficial, sí.
Sebastián señaló otra página.
—El peritaje original decía otra cosa.
Sentí frío.
—¿Qué cosa?
—Que alguien manipuló el vehículo antes de que salierais aquella noche.
Lo miré fijamente.
—¿Está diciendo que intentaron matarnos?
—Estoy diciendo que alguien modificó el informe después del accidente.
—¿Quién?
Sebastián sacó una fotografía.
Mi hermano Daniel aparecía hablando con un hombre frente al depósito donde guardaron nuestro vehículo.
La fecha era dos días después del accidente.
—No.
—Tu hermano recibió dinero tres días después.
Negué con la cabeza.
Daniel podía ser cruel.
Egoísta.
Pero aquello…
—¿Qué trato quiere?
Sebastián se sentó.
—Tú tienes tres días.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cómo sabe eso?
—Mi hermana trabaja en el equipo médico que revisó tu caso. No me dio detalles clínicos. Solo me dijo que debía venir si quería hablar contigo.
Se inclinó ligeramente.
—No puedo darte más tiempo. Pero puedo ayudarte a decidir qué hacer con el que tienes.
Miré la carpeta.
—Quiero saber toda la verdad.
—Entonces salgamos de aquí.
Veinte minutos después, el hospital descubrió que la paciente que Adrián había ordenado vigilar ya no estaba en su habitación.
Yo estaba en el coche de Sebastián.
Mi primera llamada fue a mi abogada.
La segunda, al notario.
La tercera, al banco.
Porque mi familia también había olvidado algo.
El accidente había ocurrido cuando regresábamos de firmar la venta de las acciones que heredé de mi abuela.
El dinero seguía siendo mío.
Y si realmente me quedaban tres días, nadie que me hubiera traicionado tocaría un centavo.
Aquella tarde cambié beneficiarios.
Cancelé poderes.
Bloqueé el acceso que mi padre tenía a una cuenta familiar.
Y transferí mis acciones restantes a una fundación que financiaría rehabilitación para víctimas de accidentes.
Después Sebastián me llevó a la boda.
No entré.
La observé desde un vehículo estacionado frente al hotel.
Valeria y Adrián salieron entre aplausos.
Mi hermana llevaba mi vestido.
Mi prometido sonreía.
Mi madre lloraba de felicidad.
—¿Quieres detenerlos? —preguntó Sebastián.
—No.
—Todavía puedes entrar.
Negué.
—Ya me quitaron suficiente tiempo.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Mamá.
Papá.
Daniel.
Adrián.
Habían descubierto los movimientos bancarios.
Contesté únicamente a Daniel.
—¿Qué hiciste? —gritó.
—Ordenar mis asuntos.
—¡Papá no puede acceder a las cuentas!
—Porque son mías.
Silencio.
—Mía, vuelve al hospital.
—¿Preocupado?
—Estás enferma. No sabes lo que haces.
Miré la fotografía que Sebastián había encontrado.
—¿También estaba enferma cuando pagaste al empleado del depósito?
Daniel dejó de respirar.
Colgué.
La reacción fue inmediata.
Veintisiete minutos después, Daniel intentó retirar dinero de otra cuenta.
Bloqueado.
Mi padre llamó al notario.
Demasiado tarde.
Y Adrián apareció personalmente aquella noche.
Sebastián abrió la puerta.
—Quiero ver a Mía.
—Ella decidirá eso.
—Es asunto familiar.
Me acerqué.
—Ya no tengo familia aquí.
Adrián me vio y palideció.
—¿Por qué saliste del hospital?
—Porque puedo.
—Estás poniendo tu salud en peligro.
Casi me hizo gracia.
—¿Ahora te preocupa?
Bajó la mirada.
—Escuchaste a Daniel.
—Sí.
—Lo de Valeria empezó antes del accidente.
—También lo sé.
—Quería decírtelo.
—Pero primero necesitabas casarte.
—No fue así.
Saqué la fotografía del coche.
—Entonces explícame esto.
La leyó.
Su expresión cambió.
No parecía culpable.
Parecía asustado.
—¿Dónde conseguiste esto?
—¿Qué sabes?
—Mía…
—Me quedan tres días, Adrián. No desperdicies uno mintiéndome.
Se quedó inmóvil.
Después dijo:
—Daniel tenía deudas.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Qué?
—Grandes. Había utilizado dinero de la empresa de tu padre. Tú empezaste a revisar las cuentas una semana antes del accidente.
Lo recordé.
Una transferencia extraña.
Luego otra.
Había preguntado a Daniel.
Él dijo que era un error contable.
—¿Tú lo sabías?
—Después del accidente.
—¿Y callaste?
Adrián cerró los ojos.
—Tu padre me pidió proteger a Daniel hasta aclararlo.
Me reí.
Hasta respirar dolía.
—Todos protegieron a alguien.
Miré hacia él.
—Excepto a mí.
Adrián intentó acercarse.
—Lo siento.
—Vuelve con tu esposa.
—No amo a Valeria como…
—No termines esa frase.
Cerré la puerta.
Al segundo día, Sebastián entregó las pruebas a las autoridades.
Daniel fue interrogado.
Mi padre admitió haber ocultado irregularidades financieras para protegerlo.
Y Valeria apareció en mi habitación aquella tarde sin vestido de novia, sin maquillaje y sin aquella sonrisa tranquila.
—Adrián se fue.
No respondí.
—Dice que no puede seguir conmigo después de verte.
—Ese ya es problema vuestro.
Valeria comenzó a llorar.
—Mía, yo siempre te envidié.
—Lo sé.
—Mamá siempre decía que tú eras la fuerte. La inteligente. La que heredaría todo.
Finalmente entendí.
—Por eso querías a Adrián.
Valeria bajó la cabeza.
—Al principio.
—¿Y después?
—Después quise que tú perdieras algo por una vez.
La miré.
Ya ni siquiera sentía rabia.
Solo cansancio.
—Pues felicidades.
Se estremeció.
—Perdí seis meses.
Toqué mi pecho.
—Y probablemente perderé todo lo demás mañana.
Valeria palideció.
—¿Qué significa eso?
No respondí.
Aquella noche llamé a mi madre.
Le dije la verdad sobre mi pronóstico.
Por primera vez desde que desperté, dejó de hablar.
Después comenzó a llorar.
Mi padre llegó una hora más tarde.
Daniel pidió verme.
Adrián llamó diecinueve veces.
No recibí a ninguno.
El tercer día amaneció soleado.
Sebastián estaba sentado junto a mi cama cuando entró la doctora.
Llevaba mis últimos análisis.
Su expresión era extraña.
—Mía, necesitamos repetir algunas pruebas.
Sonreí débilmente.
—¿Para qué? Hoy termina el plazo.
—Precisamente por eso.
Colocó los resultados frente a mí.
—El pronóstico de tres días se hizo basándose en un expediente anterior y en ciertos marcadores que aparecían en tus análisis.
—Sí.
—Los hemos repetido.
La doctora hizo una pausa.
—No coinciden.
Me incorporé.
—¿Qué significa?
—Que alguien introdujo información médica incorrecta en tu expediente.
Sebastián se puso de pie.
—¿Está diciendo que no está muriendo?
La doctora me miró.
—Estoy diciendo que no tenemos ninguna evidencia que indique que vaya a morir hoy.
No pude respirar.
Tres días.
Había regalado mis bienes.
Había despedido a mi familia.
Había aceptado mi propia muerte.
Y ahora…
—¿Quién modificó mi expediente?
La doctora dejó una hoja sobre la cama.
Acceso autorizado.
Fecha.
Hora.
Usuario.
Leí el nombre.
Y sentí un frío distinto.
Valeria Ruiz.

Mi hermana no solo había tomado mi prometido y mi vestido mientras yo estaba en coma.
Alguien utilizando sus credenciales había conseguido que, al despertar, yo creyera que también me habían quitado el futuro.
Pero esta vez tenía algo que ninguno de ellos esperaba.
Tiempo.
Mucho más de tres días.