No respondí a su mensaje.
Guardé el teléfono en el bolso y continué trabajando.
A las once y cuarto volvió a llamar.
A las once y veinte, otra vez.
A mediodía apareció un mensaje nuevo:
“¿Estás enfadada?”
Lo leí.
No contesté.
Durante años, Daniel podía desaparecer seis horas sin preocuparse por mis veinte llamadas.
Ahora llevaba una mañana sin noticias mías y ya estaba incómodo.
A las seis salí de la oficina.
Lo encontré esperando junto a mi coche.
—¿Por qué no respondes?
—Estaba trabajando.
Daniel frunció el ceño.
—Antes respondías incluso en reuniones.
—Sí.
Abrí la puerta del coche.
Él la sujetó.
—¿Qué te pasa últimamente?
Lo miré.
Tenía ojeras.
Parecía genuinamente inquieto.
—Nada.
Otra vez aquella palabra.
Nada.
Era la única respuesta que no sabía manejar.
—¿Sigues enfadada por Teresa?
—No.
—Entonces dime qué ocurre.
—Me ofrecieron un traslado.
Su mano se quedó inmóvil.
—¿Qué traslado?
—Al extranjero.
—¿Y dijiste que no?
Encendí el coche.
—Dije que sí.
Daniel tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Sin preguntarme?
Aquello casi me hizo reír.
—Tú tampoco me preguntaste anoche si podías pasar nuestro aniversario cuidando a otra mujer.
Su rostro cambió.
—Luna…
—Tengo que irme.
Esa noche llegó temprano.
Por primera vez en años.
Había comprado flores.
Las mismas que yo había comprado para nuestro aniversario y que seguían marchitándose en un cubo junto a la puerta.
—Pensé que podíamos cenar juntos.
—Ya comí.
—¿Dónde?
—Fuera.
Daniel me siguió hasta el dormitorio.
—¿Con quién?
Me detuve.
—¿Ahora revisamos horarios?
No respondió.
Fui al baño.
Cuando regresé, estaba mirando el cajón donde guardaba mis documentos médicos.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué buscas?
—Nada.
Cerró rápidamente.
Demasiado rápidamente.
Esa noche dormí en el cuarto de invitados.
A la mañana siguiente encontré tres llamadas perdidas suyas.
Vivíamos bajo el mismo techo.
Y Daniel había empezado a llamarme desde el trabajo solo para saber dónde estaba.
El cambio fue casi irónico.
Dejó de salir con sus amigos.
Comenzó a llegar antes de las ocho.
Compraba comida.
Me preguntaba si había tomado vitaminas.
Incluso rechazó una llamada de Teresa delante de mí.
—Estoy cenando con mi esposa.
Antes habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.
Ahora solo continué comiendo.
Daniel dejó los cubiertos.
—¿Eso es todo?
—¿Qué?
—Antes te habría hecho feliz.
—Antes sí.
La frase lo golpeó.
Tres días después, Recursos Humanos confirmó mi traslado.
Salida: dentro de cinco semanas.
Firmé.
También pedí cita con una abogada.
No quería llegar a otro país todavía unida legalmente a un hombre del que ya me había despedido por dentro.
La abogada revisó mis documentos.
—¿Hay hijos?
Mi mano se detuvo.
—No.
La palabra salió más baja.
Ella percibió algo, pero no preguntó.
Agradecí eso.
Cuando regresé a casa, Daniel estaba en la cocina.
Sobre la mesa había una caja.
La abrió.
Un pequeño par de zapatos de bebé.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Los compré hoy —dijo sonriendo—. Sé que todavía es pronto.
Aparté la mirada.
—Devuélvelos.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—No los necesitamos.
—Claro que sí.
Silencio.
Daniel me observó.
Después miró mi vientre.
—Luna.
No pude seguir ocultándolo.
—Ya no estoy embarazada.
Su rostro quedó completamente vacío.
—¿Qué?
—El día de nuestro aniversario tuve una complicación.
Daniel no se movió.
—¿Qué quieres decir con complicación?
—Me llevaron a cirugía.
—¿Cuándo?
Lo miré directamente.
—Mientras tú estabas en el hospital con Teresa.
Todo su rostro perdió el color.
—No.
—Sí.
—¿Por qué no me llamaste?
La pregunta fue tan absurda que sentí algo parecido a rabia por primera vez.
—Te llamé.
Daniel retrocedió un paso.
Entonces recordó.
El mensaje.
“Me caí en la empresa. Me duele mucho el tobillo. ¿Puedes venir a recogerme?”
Se apoyó en la mesa.
—No dijiste que…
—Porque todavía no sabía lo que estaba pasando.
—Podrías haber vuelto a llamar.
—¿Para competir con Teresa por ver cuál de las dos estaba suficientemente enferma para merecer a mi marido?
Daniel cerró los ojos.
—Dios mío.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Convertir tu culpa en otra cosa que yo tenga que cuidar.
Guardé los papeles del divorcio en un cajón.
Él vio el encabezado.
—¿Qué es eso?
No intenté esconderlos.
Daniel tomó la primera página.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Divorcio?
—Sí.
—Por favor, dime que todavía no lo presentaste.
—Mañana.
Se acercó.
—Luna, perdimos un hijo. No podemos tomar decisiones ahora.
—Yo perdí un hijo.
Mi voz permaneció tranquila.
—Tú todavía pensabas que estaba embarazada mientras me preguntabas por qué no te había preparado sopa para la resaca.
Daniel se quedó sin palabras.
Aquella noche no volvió a casa.
Pensé que había ido con Teresa.
Me equivoqué.
A las siete de la mañana, Teresa apareció en mi puerta.
Estaba furiosa.
—¿Qué le hiciste a Daniel?
La miré.
—Buenos días.
—Lleva toda la noche sentado frente al hospital preguntando por tu operación.
Me sorprendió.
Teresa cruzó los brazos.
—Me llamó para decirme que no quiere volver a verme.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Eso es entre vosotros.
—Todo estaba bien antes de que empezaras con este drama.
Aquella frase terminó cualquier compasión que pudiera quedarme.
—Teresa, mi hijo murió mientras mi esposo te sostenía la mano.
Ella palideció.
—Yo no sabía…
—Ahora sí.
Cerré la puerta.
Dos semanas después, Daniel firmó el divorcio.
No porque quisiera.
Porque finalmente entendió que no había ninguna promesa que pudiera devolverme al punto en el que todavía esperaba algo de él.
El último día antes de mi traslado dejó un sobre sobre la mesa.
Dentro había una carta.
No la leí.
La guardé junto con el anillo.
Quizá algún día lo haría.
En el aeropuerto, mientras esperaba el embarque, recibí una llamada de mi abogada.
—Luna, encontramos algo extraño revisando el historial médico para el expediente.
Mi corazón se tensó.
—¿Qué cosa?
—El hospital registró dos llamadas realizadas desde tu número de emergencia la noche de la operación.
—¿Mi número de emergencia?
—Daniel.
Me quedé inmóvil.
—Él dijo que nunca supo que estaba hospitalizada.
—Eso es lo extraño.
Escuché cómo pasaba unas páginas.
—Alguien contestó la primera llamada.
—¿Quién?
—No sabemos. Pero la enfermera dejó anotado que una mujer respondió y dijo que era familiar del señor Daniel.
Sentí un frío subir por mi espalda.
—¿Una mujer?
—Sí.
Luego añadió:
—Y pidió expresamente que no volvieran a molestarlo porque estaba atendiendo otra emergencia.
Cerré los ojos.
Solo había una mujer con Daniel aquella noche.
Teresa.
Yo había creído que mi esposo simplemente había ignorado mi mensaje.
Ahora existía una posibilidad mucho peor.
Quizá el hospital sí había intentado encontrarlo.
Y alguien, sentada a su lado mientras yo entraba sola a cirugía, se había asegurado de que Daniel nunca supiera lo grave que era.

Por primera vez desde que dejé de vigilarlo, miré hacia atrás.
No porque quisiera recuperar mi matrimonio.
Sino porque acababa de descubrir que todavía no conocía toda la verdad sobre la noche en que terminó.