—Sí —respondí—. Si la verdad es que atacaste a Ryan porque habló conmigo, probablemente sí.
La sonrisa de Ethan desapareció.
No avanzó más.
Eso me sorprendió.
Durante unos segundos permaneció al otro extremo del pasillo, mirándome como si estuviera calculando cada palabra.
—Entonces no voy a mentirte.
—¿Lo hiciste?
—Sí.
Sentí que se me revolvía el estómago.
—¿Y fingiste estar enfermo?
Ethan miró hacia la habitación.
—Tenía algo de fiebre.
—¿Y las manos temblando?
Silencio.
—Ethan.
—Eso fue exagerado.
No podía creerlo.
—¿Todo para que viniera a cuidarte?
—Quería verte.
—Podías invitarme a tomar café como una persona normal.
Su mandíbula se tensó.
—Te he invitado cuatro veces.
Recordé cada ocasión.
Una biblioteca.
Un partido.
Una cafetería.
Siempre pensé que simplemente era amable.
—Nunca entendiste que eran citas —añadió.
—Eso no justifica nada.
—Lo sé.
Aquella respuesta me desconcertó más que una excusa.
Ethan respiró profundamente.
—Mia, lo que hice con Ryan estuvo mal.
—¿Solo Ryan?
Su mirada cambió.
Ahí estaba la verdadera pregunta.
—¿Ha habido otros?
No respondió inmediatamente.
Abrí la puerta del apartamento.
—Voy a irme.
Ethan dio un paso hacia mí.
Me tensé.
Él se detuvo al instante.
—No voy a impedirte salir.
—Bien.
—Pero necesito que sepas algo antes.
—No quiero escuchar otra justificación.
—No es una justificación.
Sacó su teléfono.
Desbloqueó una carpeta llena de capturas de pantalla.
Mensajes.
Fotografías.
Publicaciones.
Había nombres que reconocía.
Ryan.
Lucas Moreno.
Tyler Grant.
Chicos que durante el último semestre habían dejado de molestarme misteriosamente después de algún encuentro incómodo.
—¿Qué es esto?
—Pruebas.
—¿Pruebas de qué?
Ethan desplazó la pantalla.
Ryan había enviado mensajes en un grupo privado haciendo comentarios crueles sobre varias chicas del campus. Otros hablaban de apuestas absurdas relacionadas conmigo.
Sentí una mezcla desagradable de rabia y miedo.
—¿Cómo conseguiste esto?
—No importa.
—Claro que importa.
Ethan guardó el teléfono.
—Lo importante es que Ryan no fue atacado porque te sonriera.
—Eso no mejora las cosas.
—Nunca dije que las mejorara.
Lo miré.
Por primera vez, Ethan parecía incómodo de verdad.
No era el chico enfermo.
Tampoco el príncipe perfecto de Westbridge.
Era simplemente alguien que había cruzado una línea y sabía que yo acababa de verlo.
—¿Por qué no denunciaste esos mensajes?
—Porque la universidad ya había ignorado denuncias anteriores.
—Entonces hablas con seguridad del campus. Con profesores. Con quien sea.
—Lo intenté.
—¿Y después decidiste convertirte en juez?
Ethan bajó la mirada.
—Sí.
Aquello fue suficiente.
Me fui.
Durante tres días no respondió a mis mensajes porque yo no envié ninguno.
Tampoco apareció en mis clases.
Entonces Sophia me contó algo extraño.
Ryan había presentado una denuncia.
No solo contra Ethan.
Contra varios estudiantes.
La universidad abrió una investigación sobre el grupo privado.
Ethan había entregado todas las capturas.
Y también había admitido su propia conducta.
—¿Se entregó él mismo? —pregunté.
Sophia asintió.
—Está suspendido del equipo de debate mientras investigan.
Aquello no borraba nada.
Pero al menos significaba que no estaba intentando esconderlo.
Una semana después encontré a Ethan sentado solo frente a la biblioteca.
Ya no tenía aquella sonrisa perfecta.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Nada.
Eso sí era nuevo.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque sabía que pasarías.
—Eso sigue sonando raro.
Por primera vez pareció avergonzado.
—Sí. Estoy aprendiendo que muchas cosas que me parecían románticas en mi cabeza son bastante inquietantes cuando las digo en voz alta.
Casi me reí.
Casi.
—¿Por qué fingías ser débil conmigo?
Ethan guardó silencio un momento.
—Porque contigo no sabía cómo ser otra cosa.
Fruncí el ceño.
—Todo el campus espera que sea brillante. Seguro. Perfecto. Cuando estaba contigo y fingía necesitar ayuda… dejabas de verme como “Ethan Blake”.
—Y empezaba a verte como un paciente insoportable.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
—Funcionaba.
—No vuelvas a hacerlo.
—No lo haré.
—Y tampoco vuelvas a lastimar a alguien por mí.
Esta vez no sonrió.
—Eso tampoco.
Lo estudié durante varios segundos.
—No confío en ti.
—Lo sé.
—Y probablemente tardaré mucho en hacerlo.
—También lo sé.
Entonces me entregó algo.
Era una pequeña libreta negra.
Dentro había fechas.
Nombres.
Incidentes.
No solo conmigo.
Con otras estudiantes.
—¿Qué es?
—Todo lo que recopilé sobre el grupo de Ryan.
Pasé las páginas.
—¿Por qué me lo das?
—Porque voy a entregar otra copia a la investigación. Pensé que tú debías saber qué había ocurrido alrededor de ti.
Llegué a la última página.
Había un nombre que me hizo detenerme.
Sophia Bennett.
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Por qué aparece Sophia?
Ethan no respondió.
—Ethan.
Su expresión se volvió seria.
—Porque fue ella quien creó originalmente el grupo privado.
Sentí un escalofrío.
—Eso es imposible.
—Mia, Sophia no te llamó aquella noche porque acabara de descubrir quién era yo.
Miré nuevamente el nombre.
—Entonces ¿por qué?
Ethan sostuvo mi mirada.
—Porque sabía que yo había conseguido acceso a los mensajes.
Mi pecho se apretó.
—¿Qué estás diciendo?
—Que Ryan nunca fue el centro de esto.
Abrió su teléfono y me mostró una captura.
La cuenta administradora del grupo utilizaba un alias.
Pero el correo de recuperación terminaba con unas iniciales que conocía demasiado bien.
S.B.
Sophia Bennett.
Mi mejor amiga desde primer año.
—Hay algo más —dijo Ethan.
Deslizó hasta una conversación privada.
Sophia había escrito semanas atrás:
Si Ethan sigue acercándose a Mia, tenemos que hacer algo antes de que le cuente lo que pasó el semestre pasado.
Levanté la vista.
—¿Qué pasó el semestre pasado?

Ethan permaneció callado.
Y comprendí que la parte más peligrosa de aquella historia quizá nunca había sido el chico perfecto que fingía estar indefenso conmigo.
Era la amiga que me había advertido que huyera de él…
porque temía lo que Ethan pudiera contarme sobre ella.