El avión de Leandro despegó a las 16:40.
A las 16:47 yo firmé la última página del acuerdo de divorcio.
Leire Montoro cerró la carpeta despacio.
—A partir de ahora, cualquier comunicación importante debería pasar por el despacho.
Asentí.
Miré la alianza sobre la mesa.
Durante siete años había pensado que quitarme aquel anillo significaría destruir mi matrimonio.
Pero mientras lo observaba allí, pequeño y brillante, comprendí algo.
El matrimonio llevaba mucho tiempo roto.
Yo solo acababa de dejar de sostener los pedazos.
—¿Quiere llevárselo? —preguntó Leire.
Negué.
—No.
—¿Quiere que lo guarde con los documentos?
—Sí.
Me puse de pie.
—Ya no me pertenece.
Esa noche dormí en un hotel.
No volví a casa.
No porque tuviera miedo de encontrar recuerdos.
Sino porque por primera vez quería tomar una decisión que Leandro no pudiera deshacer cuando regresara.
A la mañana siguiente contraté una empresa de mudanzas.
Me llevé únicamente mis cosas.
Libros.
Ropa.
Documentos.
Mi ordenador.
Las fotografías de mis padres.
Y una caja con material de fotografía que tenía desde antes de conocerlo.
Todo lo que él me había regalado quedó allí.
Incluso el abrigo en cuyo bolsillo había vuelto a meterme la alianza en el aeropuerto.
Cuando terminé, dejé las llaves sobre la mesa.
A su lado, una copia del acuerdo.
Nada más.
Sin carta.
Sin explicación.
Había explicado demasiado durante siete años.
Leandro llamó desde Finlandia esa noche.
No contesté.
Volvió a llamar.
Tres veces.
Después escribió:
“Llegamos bien.”
Un segundo mensaje:
“Hace muchísimo frío.”
Y luego:
“¿Dónde dejaste los calentadores de manos?”
Me quedé mirando la pantalla.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque era absurdo.
Había cancelado mi billete.
Se había llevado mi maleta.
Había puesto a otra mujer en mi asiento.
Y aun así esperaba que yo siguiera cuidándolo desde la distancia.
No respondí.
A los diez minutos llegó otro mensaje.
“Dalia, contesta.”
Después:
“Renata pregunta por las reservas del rompehielos.”
Bloqueé su número.
Renata encontró otra manera de escribirme.
Me envió una fotografía.
Ella y Leandro estaban frente a un paisaje cubierto de nieve.
Él llevaba los guantes que yo había comprado.
Ella llevaba mi bufanda.
Debajo escribió:
“Gracias por organizarlo todo. Es precioso.”
No respondí.
Después llegó otra.
La cabaña de cristal.
La cama bajo el cielo.
Dos copas sobre una mesa.
“Creo que esta noche habrá aurora.”
Sentí un pinchazo.
No de celos.
De duelo.
Yo había elegido aquella cabaña.
Había pasado semanas comparando hoteles.
Había imaginado a Leandro tumbado a mi lado, mirando el cielo.
Pero ahora entendía algo que antes no había querido admitir.
Yo llevaba años organizando momentos románticos para un hombre que nunca se esforzaba en organizar ninguno para mí.
Renata no me había robado mi viaje.
Solo había ocupado el espacio que Leandro siempre había dejado vacío.
Bloqueé también su número.
Al tercer día recibí una llamada del despacho de Leire.
—Dalia, su marido ha intentado ponerse en contacto con nosotros.
Me quedé en silencio.
—¿Ya recibió los documentos?
—Sí.
—¿Cómo reaccionó?
Leire hizo una pausa.
—No muy bien.
En Finlandia, Leandro había regresado al hotel después de una excursión cuando recibió el correo.
NOTIFICACIÓN FORMAL DE DIVORCIO.
Al principio creyó que era una amenaza.
Después vio mi firma.
Llamó al despacho.
Leire atendió.
—Despacho Montoro.
—Quiero hablar con mi esposa.
—La señora Serrat ha solicitado que toda comunicación jurídica se realice mediante nosotros.
—Páseme con ella.
—No está aquí.
—Entonces dígame dónde está.
—No puedo hacerlo.
Según me contó Leire, hubo un silencio largo.
Después él preguntó:
—¿Cuándo firmó esto?
—El mismo día que usted viajó.
Otro silencio.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Estaba enfadada.
—No estoy aquí para interpretar sus emociones, señor Cifuentes.
Leire sabía exactamente por qué la había elegido.
—Solo puedo informarle de que el procedimiento se ha iniciado.
Leandro colgó.
Aquella noche no hubo aurora.
Había demasiadas nubes.
Renata intentó animarlo.
—Mañana habrá otra oportunidad.
Él estaba sentado junto a la ventana con el teléfono en la mano.
—Dalia no haría esto.
Renata lo miró.
—¿El divorcio?
—Siempre dice cosas cuando está enfadada.
—Pero firmó.
Leandro no respondió.
—¿Creías que nunca se iría?
Él levantó la vista.
—No es asunto tuyo.
Renata sonrió con amargura.
—Curioso.
—¿Qué?
—Cancelaste el viaje de tu esposa para venir conmigo, pero ahora resulta que tu matrimonio no es asunto mío.
Leandro se puso de pie.
—No empieces.
—Tú me elegiste.
Aquellas palabras lo detuvieron.
Renata se acercó.
—Eso fue lo que quería saber.
—Renata…
—Y ya tengo la respuesta.
Leandro la miró.
—No entiendes nada.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entiendo perfectamente.
—¿Entonces por qué llevas tres días intentando llamar a Dalia?
Silencio.
Renata cambió de expresión.
Por primera vez desde que comenzó el viaje, dejó de parecer victoriosa.
—No me elegiste a mí.
Leandro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Elegiste creer que podías tenernos a las dos disponibles.
Y salió de la habitación.
Mientras ellos discutían bajo un cielo sin aurora, yo estaba firmando el alquiler de un apartamento.
Pequeño.
Luminoso.
Con un balcón orientado al oeste.
No tenía nada espectacular.
Pero cuando me entregaron las llaves sentí más emoción que el día que Leandro y yo compramos nuestra casa.
Porque esta vez nadie había elegido por mí.
Compré una cama.
Una mesa.
Dos plantas.
Y una tetera demasiado cara que siempre había querido.
Cuando terminé, me senté en el suelo y pedí comida china.
Mi teléfono no sonaba.
Nadie me preguntaba dónde había dejado sus calcetines.
Nadie esperaba que resolviera reservas.
Nadie me pedía que entendiera a otra mujer.
Por primera vez, el silencio no se sintió vacío.
Se sintió mío.
Leandro regresó dos días antes de lo previsto.
Lo supe porque Leire me llamó.
—Está en su antigua casa.
—Bien.
—Quiere verla.
—No.
—Dice que es urgente.
—No.
Leire guardó silencio un instante.
—También dice que Renata regresó por separado.
Eso sí me sorprendió.
Pero solo durante un segundo.
—No cambia nada.
Leandro encontró la casa casi vacía.
Abrió armarios.
Cajones.
El baño.
El escritorio.
Mi cepillo de dientes ya no estaba.
Tampoco mis libros.
Ni mi ordenador.
Ni las plantas que yo cuidaba.
Sobre la mesa solo estaban las llaves y los documentos.
Me llamó desde otro número.
Contesté sin saber que era él.
—¿Sí?
Su respiración llenó la línea.
—Dalia.
Cerré los ojos.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estás?
—Eso ya no te corresponde saberlo.
—Tenemos que hablar.
—Habla con Leire.
—¡No quiero hablar con una abogada!
Su voz se elevó.
Después se contuvo.
—Quiero hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre esta locura.
Sonreí.
—¿Mi divorcio es una locura?
—Sí.
—¿Cancelar mi billete para llevarte de viaje con una mujer que sigue enamorada de ti no lo era?
Silencio.
—Renata estaba destrozada.
—Y yo estaba casada contigo.
—No pasó nada entre nosotros.
—No me importa.
—¿Cómo que no te importa?
Aquella pregunta reveló más de lo que él quería.
Esperaba mis celos.
Mi rabia.
Mi interrogatorio.
Necesitaba que siguiera luchando por él.
—No me importa porque ya no quiero saber qué hiciste con ella.
—Dalia…
—No quiero saber si compartieron habitación.
—No.
—Si viste la aurora con ella.
Silencio.
—Si la abrazaste.
—Dalia, basta.
—No.
Mi voz permaneció tranquila.
—Ya terminé.
Colgué.
Nos vimos personalmente una semana después.
En el despacho de Leire.
Leandro llegó primero.
Cuando entré, se levantó.
Durante unos segundos me miró como si hubiera pasado un año en lugar de diez días.
—Has adelgazado.
No respondí.
Me senté junto a mi abogada.
Él permaneció de pie.
—¿De verdad vamos a hacer esto así?
Leire abrió la carpeta.
—Señor Cifuentes…
—Estoy hablando con mi esposa.
Lo miré.
—Exesposa, cuando termine el procedimiento.
Su expresión se endureció.
—¿Todo por siete días?
Aquello consiguió que me riera.
—No.
—Entonces explícame.
Lo pensé.
—¿Recuerdas nuestra primera luna de miel?
Su mirada cambió.
Claro que la recordaba.
Dos años atrás.
También la había cancelado.
Renata había sufrido un accidente menor.
Leandro se marchó a acompañarla.
Yo perdí el viaje.
Él prometió compensármelo.
—Eso fue diferente.
—Siempre era diferente.
Me incliné hacia atrás.
—Mi cumpleaños número treinta.
—Tu madre estaba enferma.
—Y Renata estaba pasando una ruptura.
Se quedó callado.
—Nuestro segundo aniversario.
—Dalia…
—Nuestra cena de Navidad.
—Eso no tiene que ver.
—El concierto que me regalaste.
—Basta.
—La exposición donde debía presentar mi trabajo.
Leandro palideció.
—No sabía que era tan importante.
—Exactamente.
La habitación quedó en silencio.
—Nunca sabías qué era importante para mí.
No porque no pudiera saberlo.
Porque nunca preguntabas.
—Eso no significa que no te ame.
Lo miré.
—Quizá.
Pareció esperanzarse.
—Pero también significa que tu forma de amarme no me sirve.
Su rostro se derrumbó.
La separación patrimonial fue sencilla.
No teníamos hijos.
Ambos trabajábamos.
La casa se vendió.
Las cuentas comunes se dividieron.
Leandro intentó ofrecerme más dinero.
Lo rechacé.
Después intentó dejarme el coche.
También lo rechacé.
Finalmente preguntó:
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Tiene que haber algo.
Negué.
—Eso es lo que más te cuesta entender.
Él apretó los labios.
—No puedes borrar siete años así.
—No los estoy borrando.
—Entonces dame una oportunidad.
—Ya te di muchas.
—Una última.
Lo miré.
—La última fue en el aeropuerto.
No respondió.
—Y ni siquiera supiste que lo era.
Un mes después, Renata me escribió desde un nuevo número.
Pensé en bloquearla.
Pero leí el mensaje.
“Quiero pedirte perdón.”
No contesté.
Llegó otro.
“El viaje fue un error.”
Después:
“Pensé que si él iba conmigo significaba que todavía me amaba.”
Me quedé mirando la pantalla.
Finalmente respondí una sola vez:
“Lo que él sentía por ti nunca fue mi responsabilidad.”
Ella tardó varios minutos.
“Lo sé.”
No volvimos a hablar.
Seis meses después, el divorcio quedó oficialmente finalizado.
Salí del juzgado con Leire.
Hacía frío.
Levanté la cara hacia el cielo.
—¿Qué hará ahora? —preguntó ella.
Sonreí.
—Tengo un viaje.
—¿Trabajo?
—No.
—¿Con alguien?
Negué.
Dos semanas después estaba en el norte de Noruega.
Sola.
No utilicé ninguna de las reservas del antiguo viaje.
Organicé uno nuevo.
Para mí.
La primera noche el cielo estuvo cubierto.
La segunda nevó.
La tercera, a las once y veinte, el guía detuvo el vehículo.
—Miren arriba.
Salí.
El frío me mordió la cara.
Al principio no vi nada.
Luego apareció una franja verde.
Débil.
Casi transparente.
Y de repente el cielo entero comenzó a moverse.
Verde.
Azul.
Ondas de luz extendiéndose sobre la nieve.
Me quedé inmóvil.

No saqué el teléfono.
No pensé en Leandro.
No pensé en Renata.
Solo miré.
Había esperado años por aquella aurora.
Y resulta que nunca había necesitado verlo de la mano de nadie.
Cuando regresé, encontré un correo de Leandro.
El asunto decía:
“La vi.”
No quería abrirlo.
Pero lo hice.
Solo había cuatro líneas.
Había viajado otra vez al norte.
Solo.
Había conseguido ver la aurora.
Y escribió:
“Pensé que cuando la viera entendería por qué significaba tanto para ti.
Ahora lo entiendo.
No era la aurora.
Era que querías que alguna vez eligiera estar contigo.
Lo siento.”
Leí el mensaje.
Después lo cerré.
No respondí.
Tal vez por fin había entendido.
Pero comprender algo después de perderlo no obliga a nadie a devolverlo.
Un año después, encontré la vieja hoja del itinerario.
Estaba dentro de una caja.
Había escrito con mi letra:
“Día 4: posible aurora. No olvidar batería extra para la cámara.”
Sonreí.
La cámara que Leandro se llevó aquel día había vuelto a mí durante la división de nuestras cosas.
La vendí.
Con el dinero compré otra.
Más pequeña.
Más ligera.
Mía.
Esa tarde salí a caminar y fotografié el atardecer.
Nada extraordinario.
Ningún cielo verde.
Ninguna nieve.
Ningún viaje perfecto.
Pero me sentía feliz.
Entonces comprendí algo.
Yo había esperado siete años creyendo que algún día Leandro me elegiría de la forma en que yo siempre lo elegía a él.
No ocurrió.
Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que yo había perdido.
Pero el día que canceló mi billete para darle mi asiento a otra mujer, me regaló sin querer la respuesta que llevaba años evitando.
No necesitaba esperar otro invierno.
Ni otra luna de miel.
Ni otra promesa.
Mientras él volaba hacia el norte persiguiendo un amor del pasado, yo firmé los papeles que me devolvieron mi futuro.
La aurora boreal podía aparecer una vez al año.
Mi vida no.
Y esta vez, finalmente, elegí no volver a perderla.