Cole apartó la mano de Derek y retrocedió.
—Sarah necesita una ambulancia —dijo sin quitarle los ojos de encima.
Derek soltó una carcajada.
—Primero dijiste que eras el siguiente.
—Y te acercaste a mí. Ya basta.
Yo intenté hablar, pero la voz salió ronca y apenas audible. Cole me miró un segundo. Fue suficiente para que Derek volviera a avanzar.
Esta vez Cole esquivó el agarre y lo sostuvo contra la colchoneta, inmovilizándolo sin golpearlo. Derek forcejeó; Cole mantuvo la posición.
—Dile al instructor que llame a emergencias —pidió Cole a la mujer que estaba junto a mí—. Mi hermana perdió el conocimiento.
El instructor, que hasta entonces había permanecido cerca de la pared, sacó el teléfono. Derek dejó de resistirse cuando oyó la llamada.
—Suéltame —dijo.
Cole lo hizo en cuanto el instructor se interpuso entre los dos. Luego vino a arrodillarse a mi lado.
—Sarah, mírame. ¿Puedes respirar?
Asentí, aunque me costaba. Tenía la garganta dolorida y la cabeza pesada. Cole se quitó la camiseta que llevaba sobre los hombros y me la puso alrededor.
—Te vi golpear la colchoneta —dijo—. No fue culpa tuya.
Quise creerle. Todavía me ardían las mejillas por la vergüenza de haber quedado inconsciente delante de todos.
Una mujer del grupo se acercó con su teléfono.
—Lo grabé —dijo con voz temblorosa—. Se ve cuando ella se rinde. Se ve que él continúa.
Derek abrió la boca, pero el dueño del gimnasio, que acababa de salir de su oficina, levantó una mano para callarlo. Vio el video allí mismo. Su rostro perdió color.
—Derek, vete de la colchoneta.
—Somos amigos desde hace diez años.
—Vete.
En el hospital me examinaron y me mantuvieron en observación por la pérdida de conocimiento. Cole se quedó a mi lado mientras explicaba al personal lo que había visto. La mujer del gimnasio me envió el video y ofreció dar su testimonio. Después hice la denuncia.
Al día siguiente, el dueño me llamó. Derek ya no podía entrenar en Apex. También quería hablar con los alumnos que habían presenciado lo ocurrido y revisar cómo respondía el gimnasio cuando alguien pedía detener una práctica.
Escuché sus disculpas. No sabía si volvería.
Cole llegó esa tarde con cajas para mi mudanza, tal como había prometido. Mientras guardábamos mis libros, encontré el uniforme de entrenamiento doblado en un cajón.
—Pensé que aprender a defenderme impediría que volviera a sentir miedo —le confesé.
Cole dejó la caja en el suelo.
—Sentiste miedo y pediste que parara. Hiciste exactamente lo que debías.
Sostuve el uniforme entre las manos. Aún quería aprender. Solo necesitaba un lugar donde mi señal de rendición significara algo.