El hombre que apareció en la puerta llevaba un traje azul oscuro y una credencial colgada del cuello.
Lo reconocí inmediatamente.
David Mercer.
Director regional de seguridad aeroportuaria.
Él también me reconoció.
—Señora Washington.
Jennifer miró de David al capitán Reynolds.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
David se acercó a mi asiento y vio mi labio ensangrentado, la chaqueta empapada y el bolso cubierto de café.
Su expresión se endureció.
—¿Quién hizo esto?
La azafata señaló discretamente a Jennifer.
Jennifer levantó la barbilla.
—Ella me provocó.
Varias personas protestaron al mismo tiempo.
—¡Eso es mentira!
—Yo lo grabé todo.
—Ella la golpeó primero.
David levantó una mano.
—Conserven los vídeos. Por favor, no borren nada.
Jennifer soltó una risa nerviosa.
—Esto es ridículo. Mi marido conoce al vicepresidente de operaciones de esta aerolínea.
El capitán Reynolds seguía mirando mi identificación.
Finalmente preguntó:
—Señora Washington, ¿quiere presentar una denuncia formal?
—Sí.
Jennifer palideció.
—¿Por un poco de café?
La miré.
—Por el golpe, las amenazas y el café.
Dos agentes aeroportuarios entraron.
Entonces Jennifer comprendió que aquello ya no era una discusión.
—¡Esperen! —gritó—. ¿Van a retrasar un vuelo entero por ella?
David respondió:
—El vuelo no saldrá hasta que terminemos de documentar el incidente.
—¿Quién demonios es esta mujer?
El capitán Reynolds dejó mi tarjeta sobre la mesa.
Jennifer alcanzó a ver las letras.
A.W.C.
—¿Qué significa eso?
David me miró antes de responder.
—Atlantic Wings Consortium.
Jennifer frunció el ceño.
—¿Y qué?
—Es el grupo que controla una participación importante en esta aerolínea.
El silencio volvió.
Jennifer me observó de arriba abajo.
—¿Trabaja para ellos?
—No exactamente —respondí.
David completó:
—La doctora Washington preside su comité de seguridad y experiencia del pasajero.
La expresión de Jennifer se quebró.
Pero yo no disfruté del momento.
Porque algo no encajaba.
—David, ¿qué haces aquí?
Él debía estar en Washington aquella semana.
Su mirada cambió.
—Venía a buscarte.
—¿Por qué?
Sacó una carpeta.
—Recibimos una denuncia interna esta mañana.
El capitán Reynolds cerró la puerta de la cabina.
—¿Sobre este vuelo?
David asintió.
—Alguien modificó la lista de pasajeros anoche.
Miré mi asiento.
2A.
—¿Mi reserva?
—No. La de ella.
Señaló a Jennifer.
Jennifer retrocedió.
—Yo compré mi billete.
David abrió el informe.
—Usted tenía originalmente el 7C.
Su asiento había sido cambiado a primera clase tres horas antes del embarque.
Sin pago.
Sin millas.
Sin autorización comercial ordinaria.
—Eso no prueba nada —dijo Jennifer.
—El cambio fue solicitado específicamente para colocarla en el asiento 2B.
Junto al mío.
La cabina quedó inmóvil.
Miré a Jennifer.
—¿Sabías que yo estaría aquí?
—¡No!
Parecía asustada de verdad.
David continuó.
—La solicitud se hizo desde una cuenta ejecutiva.
El capitán Reynolds frunció el ceño.
—¿De quién?
David tardó en responder.
—Richard Collins.
Jennifer dejó de respirar.
—Ese es mi marido.
Ahora fui yo quien guardó silencio.
Conocía ese nombre.
Richard Collins había solicitado meses atrás un contrato multimillonario para suministrar sistemas biométricos a varios aeropuertos del consorcio.
Mi comité había rechazado su propuesta.
No por el precio.
Por graves irregularidades en protección de datos.
—Esto no puede tener relación conmigo —dijo Jennifer.
David sacó otra hoja.
—Su marido recibió anoche una copia ilegal del itinerario privado de la doctora Washington.
Jennifer miró el documento.
Su seguridad desapareció.
—Richard me dijo que había conseguido una mejora como sorpresa.
—¿Y también le dijo quién estaría sentada a su lado?
Ella negó lentamente.
Por primera vez le creí.
David recibió entonces una llamada.
Escuchó durante veinte segundos.
—Entendido.
Colgó.
—Tenemos un problema mayor.
Una revisión de emergencia había detectado accesos no autorizados a los datos de viaje de otros miembros del comité.
Todos habían participado en la votación que rechazó a Collins Technologies.
El capitán Reynolds preguntó:
—¿Espionaje corporativo?
—Todavía no lo sabemos.
Jennifer se sentó.
Su rostro estaba completamente blanco.
—Richard jamás haría algo así.
David puso su teléfono frente a ella.
—Entonces explíquenos esto.
Era un mensaje enviado desde la cuenta de Richard aquella mañana.
“Jennifer estará junto a Washington. Si pierde los nervios, mejor. Necesitamos un incidente antes de Chicago.”
Jennifer leyó la frase tres veces.
—No…
Me miró.
Ya no había arrogancia.
Había miedo.
—Yo no sabía nada de esto.
—Pero sí me golpeaste —respondí.
Bajó la cabeza.
Los agentes la acompañaron fuera del avión.
Yo pensé que había terminado.
Me equivocaba.
David esperó hasta que quedamos solos.
Entonces cerró la carpeta.
—Amara, Richard Collins no fue quien solicitó realmente el cambio de asiento.
—Acabas de decir que salió de su cuenta.
—Sí. Pero su cuenta también fue comprometida.
Sentí un escalofrío.
—¿Por quién?
David deslizó otra hoja hacia mí.
El acceso provenía de una terminal interna de Atlantic Wings Consortium.
Mi propia organización.
Usuario:
Eleanor Washington.
Dejé de respirar.
El capitán Reynolds miró el apellido.
—¿Familia?
No pude apartar los ojos del documento.
—Mi madre.
David sabía lo que aquello significaba.
Todos lo sabíamos.
Eleanor Washington llevaba oficialmente muerta seis años.
—Hay algo más —dijo David.
Sacó una fotografía de seguridad tomada cuarenta minutos antes.
Mostraba a una mujer entrando en la zona privada del aeropuerto.
Sombrero.
Gafas oscuras.
Cabello gris.
Pero yo habría reconocido aquel rostro en cualquier parte.
Mi madre.
Viva.
Y caminando junto a Richard Collins.
En la esquina inferior aparecía la hora.
08:17.
Menos de una hora antes de que Jennifer me golpeara.
Entonces David colocó sobre la mesa una segunda fotografía.
Esta vez mi madre estaba entregándole a Richard una carpeta.
En la portada aparecían las mismas tres letras de mi identificación.
A.W.C.

Y debajo, escrito a mano:
FASE FINAL — AMARA WASHINGTON.
Jennifer Collins nunca había sido el verdadero peligro.
Solo había sido la distracción.