PARTE 2: AHORA MANDO YO

Cuando Daniel llegó a la empresa, ya no tenía la arrogancia de aquella mañana.

Entró directamente en mi oficina.

—Valeria, dime que esto es una broma.

Dejé sobre el escritorio los cuatro expedientes.

—Compras infladas, facturas falsas, materiales desaparecidos y reportes de seguridad alterados.

—Yo solo firmaba lo que me entregaban.

—Eres supervisor de obra. Tu firma significa que verificaste cada documento.

Daniel bajó la voz.

—Soy tu esposo.

—Aquí eres un empleado bajo investigación.

Su rostro se endureció.

—¿Vas a destruir mi carrera porque mamá se burló de tu ascenso?

Negué.

—No mezcles las cosas. Tu madre me humilló. Tú decidiste participar en un fraude.

Entonces entraron el director jurídico y dos auditores.

Daniel palideció.

—¿Qué hacen aquí?

—La investigación ya comenzó —respondí.

Uno de los auditores colocó varias fotografías sobre la mesa.

Materiales pagados que jamás llegaron.

Firmas duplicadas.

Transferencias hacia una empresa desconocida.

Y en casi todos los documentos aparecía el nombre de Daniel.

—Quedas suspendido mientras investigamos —dije.

—¡No puedes hacerme esto!

—Yo no lo hice. Tú dejaste las pruebas.

Daniel salió furioso.

Pensé que iría a buscar un abogado.

En cambio, fue directamente a casa.

Una hora después recibí una alerta en mi teléfono.

Intento de acceso a documentos hipotecarios.

Sonreí.

Sabía exactamente qué estaba buscando.

Cuando regresé aquella tarde, Teresa estaba esperándome en la sala.

—¡Echa a mi hijo del trabajo si quieres! Esta sigue siendo su casa.

Daniel apareció sosteniendo una carpeta.

—Y tú te vas.

—¿Yo?

—La casa está prácticamente pagada gracias a mí.

Saqué otro documento de mi bolso.

—Entonces deberías haber leído el título.

Se lo entregué.

Daniel recorrió la primera página.

Su rostro cambió.

Propietaria: Valeria Mendoza.

Solo mi nombre.

Teresa me arrebató el documento.

—¡Eso no significa nada! Daniel lleva años pagando la hipoteca.

—No.

Abrí los estados bancarios.

—Durante cinco años los pagos salieron de mi cuenta.

Daniel guardó silencio.

Me acerqué.

—Y anoche descubrí algo todavía más interesante.

Saqué una solicitud de préstamo.

—Alguien intentó obtener ciento ochenta mil dólares usando esta casa como garantía.

Teresa dejó de respirar.

Daniel miró inmediatamente a su madre.

No necesitaba más respuesta.

—Mamá…

—Era para ayudarnos —balbuceó ella.

—¿Nos? —pregunté.

Coloqué sobre la mesa una copia ampliada de la solicitud.

—Porque esta no es mi firma.

Daniel se sentó lentamente.

Teresa empezó a gritar que todo era un malentendido.

Yo marqué un número.

—¿A quién llamas? —preguntó Daniel.

—A mi abogado.

Miré alrededor de la casa donde durante años me habían hecho sentir como una invitada.

—Esta mañana revisé quién era la verdadera dueña.

Tomé las llaves que Teresa había dejado sobre la mesa.

—Ahora también voy a decidir quién puede seguir viviendo aquí.

Pero mi teléfono vibró antes de que pudiera continuar.

Era el director jurídico.

—Valeria, encontramos al propietario de la empresa que recibía el dinero de las facturas falsas.

—¿Daniel?

—No.

Miré a mi esposo.

—Entonces ¿quién?

La respuesta llegó mientras Teresa retrocedía hacia las escaleras.

—La empresa está registrada a nombre de Teresa.

Daniel giró lentamente hacia su madre.

Y por primera vez comprendió que quizá yo no era la única persona a la que ella llevaba años utilizando.

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