PARTE 2: AHORA LA EMPRESA ERA MÍA

Al anochecer, llegó la madre de Mateo.

Entró en mi estudio como si todavía tuviera derecho a hacerlo.

—Valeria, ya fue suficiente.

Dejó su bolso sobre la mesa y me miró con desprecio.

—Mateo cometió un error, pero tú estás intentando destruir a toda la familia.

Sonreí.

—Curioso. Cuando él me engañó para conseguir el divorcio y se casó con Sofía un mes después, nadie vino a decirle que ya era suficiente.

Su expresión se endureció.

—Sofía le dio un hijo.

—Entonces que Sofía le dé también los veinticuatro millones que necesita.

La mujer palideció.

—¿Cómo sabes lo del crédito?

No respondí.

En ese momento apareció Mariana.

—Señora Garza, el señor Roberto Mendoza ya llegó.

La madre de Mateo se giró.

—¿Roberto?

Por primera vez vi miedo en sus ojos.

Roberto entró con una carpeta bajo el brazo.

Me saludó y fue directamente al asunto.

—Acepto vender mi cinco por ciento.

La madre de Mateo se quedó inmóvil.

Yo tomé la pluma.

Firmé.

Roberto hizo lo mismo.

Y entonces ocurrió.

62%.

Más 5%.

67%.

Cerré la carpeta.

—Gracias, señor Mendoza.

La madre de Mateo apenas podía hablar.

—¿Qué significa esto?

La miré.

—Significa que las propiedades que su hijo quería hipotecar ya no existen.

Me levanté.

—Y que el dinero no desapareció.

—¿Dónde está?

Empujé la carpeta hacia ella.

—Aquí.

Sus manos comenzaron a temblar mientras leía.

—No puede ser…

—Sí puede.

Levantó los ojos.

—¿Compraste acciones de AltaVista?

—Durante un año.

—¿Cuántas?

Sonreí.

—Las suficientes.


A la mañana siguiente se convocó una reunión extraordinaria.

Mateo llegó veinte minutos tarde.

Entró hablando por teléfono, irritado.

—Diles que esperen. Conseguiré el dinero.

Entonces me vio.

Se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

Yo estaba sentada en la cabecera de la mesa.

Sofía también había venido.

Su rostro perdió el color al verme.

—Valeria, esto es una reunión de accionistas.

—Lo sé.

Mateo miró alrededor.

Nadie dijo nada.

Finalmente, Roberto deslizó una carpeta hacia él.

—Deberías sentarte.

Mateo la abrió.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su expresión cambió.

—¿Qué es esto?

No respondí.

Siguió leyendo hasta encontrar la cifra.

67%.

Levantó la cabeza bruscamente.

—No.

—Sí.

—Esto es imposible.

—No tanto. Solo hizo falta dinero, paciencia y que tú estuvieras demasiado ocupado jugando a la familia perfecta.

Golpeó la carpeta contra la mesa.

—¿Compraste mi empresa?

—Nuestra empresa, según tú.

Lo miré directamente.

—¿No decías que AltaVista era nuestro primer hijo?

Nadie habló.

—Pues parece que también te olvidaste de él cuando llegó tu nueva familia.

Sofía se acercó a Mateo.

—Amor, ¿qué significa todo esto?

Él ni siquiera la miró.

—Valeria, tenemos que hablar en privado.

—No.

—Diez minutos.

—No.

—¡Esta empresa la construí yo!

Me incliné ligeramente hacia delante.

—Y yo compré legalmente el 67%.

Mateo quedó completamente pálido.

El hombre que un año antes me había dicho “sé buena y espérame” ahora estaba de pie delante de mí esperando misericordia.

Qué ironía.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente.

—Hoy votaremos una reestructuración de la dirección.

Sus ojos se abrieron.

—No puedes hacerme esto.

—Claro que puedo.

—Soy el fundador.

—Y yo soy la accionista mayoritaria.


La votación terminó rápidamente.

Mateo perdió el control ejecutivo.

No porque yo hubiera gritado más fuerte.

Ni porque hubiera publicado nuestra historia.

Sino porque los números estaban de mi lado.

Cuando todos comenzaron a abandonar la sala, Sofía se acercó.

—¿Estás contenta?

La miré.

—Mucho.

—Destruiste el futuro de mi hijo.

—No.

Guardé mis documentos.

—El padre de tu hijo destruyó su propia estabilidad cuando convirtió una empresa endeudada en garantía de su arrogancia.

Mateo cerró los ojos.

—Sofía, vete.

Ella lo miró sorprendida.

—Pero…

—¡He dicho que te vayas!

Sofía salió llorando.

Cuando quedamos solos, Mateo se sentó frente a mí.

Parecía agotado.

—¿Todo esto fue para vengarte?

Negué con la cabeza.

—Al principio quería desaparecer de tu vida.

—Entonces, ¿por qué AltaVista?

Lo pensé unos segundos.

—Porque conocía esta empresa mejor de lo que tú creías.

—Estuve contigo desde antes de que existiera.

—Conocía sus clientes, sus problemas y su potencial.

Lo miré.

—Tú pensaste que solo era tu esposa.

—Nunca te molestaste en descubrir qué podía hacer sin ti.

Mateo bajó la mirada.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Puedo divorciarme de Sofía.

Sentí una mezcla de sorpresa y desprecio.

—¿Perdón?

Levantó los ojos.

—Podemos arreglar esto.

—¿Ahora?

—Nunca dejé de quererte.

Me reí.

No pude evitarlo.

—Hace un año me engañaste para que firmara el divorcio.

—Sofía estaba embarazada.

—Lo sé.

—Me sentí responsable.

—También lo sé.

—Pero tú eres diferente.

Lo interrumpí.

—Mateo.

Mi voz fue tranquila.

—No quiero recuperarte.

Aquellas palabras parecieron dolerle más que perder la presidencia.

—Entonces ¿qué quieres?

Tomé mi bolso.

—Mi vida.

Me dirigí hacia la puerta.

Antes de salir, me detuve.

—Y una empresa rentable.


Los siguientes meses fueron difíciles.

No hubo milagros.

AltaVista tenía deudas reales, contratos mal negociados y proveedores impacientes.

Pero ya no había decisiones tomadas para proteger el orgullo de Mateo.

Renegociamos obligaciones.

Vendimos activos innecesarios.

Cambiamos parte del equipo directivo.

Y poco a poco, AltaVista comenzó a respirar.

Mi estudio de joyería también sobrevivió al escándalo.

Las personas que habían cancelado regresaron cuando comprendieron que la supuesta exesposa despechada era ahora la mujer que controlaba la empresa de la que todos hablaban.

A algunos los acepté.

A otros no.

Aprendí que no todo dinero merece ser ganado.

Mateo continuó como accionista minoritario durante un tiempo.

Cada vez que nos cruzábamos en una reunión, guardaba silencio.

Hasta que un día me encontró sola en el ascensor.

—Valeria.

—¿Sí?

—¿Alguna vez me perdonarás?

Las puertas se abrieron.

Salí.

Después me giré.

—Ya lo hice.

Sus ojos se iluminaron.

Entonces terminé:

—Pero perdonarte no significa volver contigo.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Y aquella fue la última conversación personal que tuvimos.

Un año después, entré en la sala principal de AltaVista para presentar los resultados anuales.

Detrás de mí aparecía una cifra positiva por primera vez en mucho tiempo.

Los accionistas aplaudieron.

Yo miré por las ventanas.

Recordé las cinco propiedades.

El divorcio.

La fotografía de aquella boda.

La llamada del banco preguntando por la “señora Villalobos”, cuando yo ya había dejado claro que volvía a ser la señora Garza.

Había perdido un matrimonio.

Había vendido cinco propiedades.

Había soportado rumores, insultos y humillaciones.

Pero no había perdido mi nombre.

Ni mi dignidad.

Ni mi futuro.

Mateo creyó que aquel divorcio era un papel temporal que podía usar para cambiarme por otra mujer y recuperarme cuando le conviniera.

Se equivocó.

El día que firmé, él consiguió la libertad para casarse con su primer amor.

Y yo conseguí algo mucho más importante.

La libertad para dejar de construir su futuro…

y empezar a construir el mío.

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