Adrián regresó al día siguiente.
Esta vez no venía solo.
Madison estaba con él.
—Queremos aclarar las cosas —dijo.
Mi padre se levantó inmediatamente.
Yo levanté la mano.
Quería escucharlos.
Madison se acercó a mi cama.
—Elena, eres mi mejor amiga. Jamás cerraría esa puerta a propósito.
Adrián asintió.
—Fue un accidente.
Tomé el teléfono.
Escribí:
Entonces no tienen nada que temer.
Ambos me miraron.
Mi padre colocó una tableta sobre la cama.
La noche anterior, los investigadores habían encontrado algo.
Meses antes había instalado una pequeña cámara en el pasillo porque desaparecían paquetes frente a mi puerta.
Yo había olvidado que seguía funcionando.
El video comenzó.
3:11 a. m.
Adrián apareció corriendo por el pasillo.
Entró en mi habitación.
Treinta segundos después salió cargando a Madison.
Entonces ocurrió.
Madison bajó de sus brazos.
Perfectamente capaz de mantenerse en pie.
Miró hacia mi habitación.
Extendió la mano.
Y bajó deliberadamente el pestillo exterior.
La habitación quedó en absoluto silencio.
—No… —susurró Madison.
Adrián se volvió hacia ella.
—Dijiste que fue accidental.
—¡Estaba aterrorizada!
Mi padre adelantó el video.
Madison permaneció frente a la puerta durante nueve segundos.
Después Adrián apareció a su lado.
Desde dentro se escuchaban mis golpes.
Mi voz.
No puedo respirar.
Adrián miró la puerta.
Pero no intentó abrirla.
En cambio, tomó a Madison del brazo y ambos caminaron hacia las escaleras.
Mi madre empezó a llorar.
Adrián palideció.
—Elena, yo pensé que los bomberos…
Negué lentamente.
Entonces mi padre habló.
—Hay algo más.
El informe preliminar había encontrado dos focos separados del incendio.
Aquello significaba que probablemente no había comenzado de forma accidental.
Madison dejó de llorar.
Y esa fue precisamente la reacción que llamó mi atención.
No preguntó dónde habían comenzado las llamas.
No pareció sorprendida.
Solo miró a Adrián.
Él también lo notó.
—Madison…
Ella retrocedió.
—No me mires así.
Mi padre abrió otra fotografía.
El segundo foco estaba cerca de mi despacho.
Exactamente donde guardaba los documentos de una herencia que recibiría al cumplir treinta años, dentro de seis semanas.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué herencia?
Lo miré.
Nunca se lo había contado.
Madison, en cambio, murmuró:
—Eso no demuestra nada.
Todos nos quedamos inmóviles.
Mi padre habló primero.
—Nadie había dicho que los documentos estuvieran relacionados con el incendio.
Madison comprendió demasiado tarde su error.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje del investigador.
Encontramos restos de acelerante en el abrigo de una persona.
Debajo había una fotografía.

Reconocí inmediatamente la chaqueta.
No pertenecía a Madison.
Era de Adrián.