Larkin se detuvo frente a mí.
No dijo nada durante varios segundos.
Sus ojos recorrieron lentamente el vestido negro, el cabello corto y los tacones.
Luego volvió a mirarme a la cara.
—Penelope.
Fue la primera vez que dijo mi nombre como si realmente acabara de verme.
Thomas apareció detrás de él.
Su sonrisa había desaparecido.
—Bueno —murmuró—. Esto sí que no me lo esperaba.
Tomé una copa de champán de una bandeja cercana.
—Supongo que ese era el punto.
Thomas soltó una risa incómoda.
Larkin no.
—Quédate cerca de mí esta noche.
—¿Por seguridad?
—Por inteligencia.
Eso me sorprendió.
Entonces entendí que algo no iba bien.
Los hombres alrededor del salón no estaban allí solo para beber.
Observaban.
Calculaban.
Y varios me reconocieron.
No como secretaria.
Como alguien que conocía sus números.
Un hombre mayor con cabello plateado se acercó.
—Señorita Woods.
Larkin se tensó ligeramente.
Yo sonreí.
—Señor Bellini.
Thomas casi dejó caer su copa.
—¿Lo conoces?
—He revisado tres años de sus cuentas.
Bellini sonrió.
—Y encontró dos errores que evitaron que perdiéramos seis millones.
Larkin me miró.
—Nunca me dijiste eso.
—Nunca preguntaste.
El silencio entre nosotros cambió.
Después apareció otro hombre.
Y otro.
Cada uno sabía exactamente quién era yo.
La mujer invisible.
La secretaria aburrida.
La persona que llevaba tres años viendo todo.
Thomas dejó de sonreír por completo.
Entonces una voz sonó detrás de mí.
—Penelope Woods.
Me giré.
El salón pareció enfriarse.
Victor Moretti.
El hombre cuyo nombre aparecía en los archivos que Larkin jamás me permitía abrir.
Se acercó lentamente.
—Llevamos mucho tiempo queriendo conocerte.
Larkin dio un paso adelante.
—No.
Victor sonrió.
—Eso no depende de ti.
Miré a Larkin.
Por primera vez esa noche, vi algo parecido al miedo.
—¿Qué está pasando?
Victor sacó un pequeño sobre negro.
Me lo entregó.
Dentro había una fotografía.
Yo.
Saliendo de la universidad cinco años atrás.
Y detrás de mí, un hombre que había muerto dos semanas después.
Mi padre.
Sentí que el mundo se detenía.
Victor se inclinó hacia mí.
—Tu jefe cree que te contrató por casualidad.
Larkin palideció.
—Pero la verdad —continuó Victor— es que tu padre te dejó algo antes de morir.
Tragué saliva.
—¿Qué cosa?
Victor sonrió.
—Las cuentas reales del sindicato.
Y de repente comprendí por qué Larkin me había llevado a aquella gala.
No para avergonzarme.
Sino porque alguien esperaba que yo apareciera.
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