Daniel llegó al apartamento cuarenta minutos después.
No vino solo.
A su lado estaba una mujer alta, perfectamente maquillada, con un bolso que costaba más que mi coche.
Supuse que era ella.
La mujer de su vida.
Daniel cerró la puerta de golpe.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Yo seguía sentada frente a la mesa.
El cuaderno estaba abierto.
—Liquidando cuentas.
Su mirada cayó sobre las facturas.
—Eso no importa ahora.
—A mí sí.
La mujer junto a él frunció ligeramente el ceño.
—Daniel, dijiste que todo esto era tuyo.
Lo miré.
Él palideció.
—Victoria, no te metas.
Así que tenía nombre.
Victoria.
Abrí otra carpeta.
—Apartamento: el depósito inicial salió de mi cuenta.
Pasé una página.
—Coche: sesenta por ciento pagado por mí.
Otra.
—Deudas de tarjeta: treinta y ocho mil.
Otra.
—Préstamo de tu hermano.
Otra.
—Tratamientos de tu madre.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Éramos marido y mujer!
—Exacto.
Lo miré.
—Y ahora tú pediste dejar de serlo.
Su mandíbula se tensó.
—Mi padre necesita esa cirugía.
—Entonces págala.
—¡No tengo cuatrocientos mil dólares!
Victoria giró lentamente hacia él.
—Me dijiste que manejabas inversiones familiares.
Daniel no respondió.
Yo sí.
—Maneja mi dinero.
El silencio fue hermoso.
Victoria dejó de tocar su bolso.
—¿Qué?
Saqué el acuerdo de divorcio.
—También me llamó marchita, vulgar y poco elegante mientras yo llevaba a su padre al hospital.
Daniel se puso rojo.
—Isabel, basta.
—No.
Saqué mi teléfono.
—Mi abogado ya recibió todos los estados bancarios.
Su expresión cambió.
—¿Abogado?
—Sí.
—¿Para qué?
Sonreí.
—Porque algunas de esas transferencias se hicieron desde cuentas que estaban únicamente a mi nombre.
Daniel dejó de respirar.
Victoria retrocedió un paso.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi suegro.
Contesté con altavoz.
Su voz explotó por la habitación.
—¡Isabel, no pagues nada!
Daniel se quedó inmóvil.
—Papá…
—¡Cállate!
Mi suegro respiraba con dificultad.
—Acabo de hablar con el banco.
Se hizo un silencio.
—Daniel retiró dinero de la cuenta de mi jubilación hace seis meses.
Victoria lo miró.
Yo también.
Daniel perdió todo el color del rostro.
—Eso no es cierto.
Su padre gritó:
—¡Ochenta y siete mil dólares!
Victoria dejó caer su bolso sobre el sofá.
—Daniel… ¿dónde está ese dinero?
Yo cerré lentamente el cuaderno.
Porque en ese momento entendí algo.
El divorcio ya no era el mayor problema de Daniel.
El verdadero problema era que todos acabábamos de descubrir que llevaba años financiando su nueva vida con el dinero de toda la familia.
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