Acepté los diez minutos.
Pero Leo se quedó con Mia.
Dante llegó solo al salón privado del hotel.
Cerró la puerta y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Nunca me casé con Victoria porque la amara.
Solté una risa amarga.
—Te quedan nueve minutos.
—Tu padre debía cuarenta millones a los Bellini.
Mi sonrisa desapareció.
Dante abrió la carpeta.
Había fotografías de mi padre reuniéndose con hombres que reconocí inmediatamente.
—Cuando murió, la deuda pasó a sus herederas.
—Victoria y yo.
—No exactamente.
Empujó un documento hacia mí.
Solo aparecía mi nombre.
—¿Por qué?
—Porque tu padre no era tu padre biológico.
Sentí que el suelo desaparecía.
Dante continuó.
—Tu verdadero padre era Luca Bellini.
El nombre me heló.
Luca había sido uno de los hombres más peligrosos de Chicago.
También llevaba veinte años oficialmente muerto.
—¿Qué tiene eso que ver con Victoria?
—Ella descubrió la verdad antes que tú. Los Bellini también.
Dante apretó la mandíbula.
—Si me casaba contigo, te convertía públicamente en mi punto débil y confirmaba que los Moretti protegerían a la heredera Bellini.
—Así que te casaste con mi hermana.
—Victoria se ofreció.
Me puse de pie.
—¡Me dejaste verte casarte con ella!
—Porque mantenerte lejos era la única forma de mantenerte viva.
—¡Tu silencio me hizo criar sola a tu hijo!
Aquello lo destruyó.
Por primera vez, Dante bajó la mirada.
—Eso nunca podré perdonármelo.
La puerta se abrió.
Victoria entró.
—Hay algo más.
La miré con odio.
—¿Qué más pueden haber decidido sobre mi vida sin preguntarme?
Mi hermana dejó una fotografía sobre la mesa.
Luca Bellini aparecía junto a mi padre.
En el reverso había una fecha.
Dos meses atrás.
—Luca está vivo —dijo Victoria.
Mi respiración se detuvo.
Dante se volvió bruscamente.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde esta mañana.
Entonces comprendí algo.
—Mi regreso.
Victoria asintió.
—No fue casualidad que Dante estuviera en el aeropuerto.
Miré a Dante.
—¿Me estabas vigilando?
—No.
Su rostro se endureció.
—Estaba allí porque alguien me envió tu itinerario.
Mi teléfono vibró.
Mia.
Contesté inmediatamente.
—¿Está Leo bien?
Solo escuché su respiración agitada.
—Elena… alguien acaba de dejar una caja para ti.
—No la abras.
—Ya la abrí.
Dentro había una pequeña pulsera infantil de oro.
Grabadas en ella aparecían dos letras:
L.B.
Debajo había una nota.
Mia la leyó temblando.
—“Elena puede quedarse con los Moretti.”
Silencio.
—“Pero el heredero Bellini me pertenece.”
Dante ya estaba sacando su arma.
Entonces Mia gritó.
Escuché cristales romperse.
—¡Mia!
La llamada se cortó.

Segundos después llegó una fotografía.
Leo dormía en sus brazos.
Detrás de él estaba un anciano de ojos grises.
Luca Bellini.
Y el mensaje decía:
Ven sola, hija. Es hora de que descubras por qué Dante realmente se negó a casarse contigo durante ocho años.