PARTE 2: EL NIÑO QUE TRAJO DE VUELTA A MI HERMANA

—Mi madre se llama Eleanor Whitmore.

El nombre atravesó el salón como un disparo.

Me aferré a la silla.

—Eleanor murió.

El niño negó.

—No, señor.

—¿Cómo te llamas?

—Samuel.

—¿Dónde está ella?

Sus ojos bajaron.

—Escondida.

Las puertas del salón se cerraron por orden de mis hombres.

Los invitados dejaron de murmurar.

Me incliné hacia Samuel.

—¿Por qué se escondió durante veinte años?

Sacó un papel doblado de su bolsillo.

—Mamá dijo que solo podía entregárselo a usted si reconocía el reloj.

Mis manos temblaron al abrirlo.

Reconocí inmediatamente la letra de Eleanor.

Charles, si Samuel logró encontrarte, significa que ellos también están cerca. No confíes en nadie que lleve el anillo negro.

Levanté lentamente la cabeza.

Varios hombres de mi organización llevaban anillos.

Pero uno dio instintivamente un paso atrás.

Vincent Hale.

Mi consejero durante quince años.

—Vincent.

Su rostro cambió.

Mis guardias reaccionaron inmediatamente.

—No sabes lo que significa esa carta —dijo.

Samuel se escondió detrás de mi silla.

Entonces recordé algo.

La noche en que Eleanor desapareció, Vincent había sido quien informó a nuestra familia de que su automóvil había caído al río.

Nunca encontraron el cuerpo.

—¿Qué le hiciste a mi hermana?

Vincent corrió.

No llegó a la puerta.

Mis hombres lo derribaron.

Samuel me tocó el brazo.

—Señor Charles, todavía no entiende.

—¿Qué cosa?

—Mamá no se escondió de él.

Señaló a Vincent.

—Se escondió de alguien más.

Antes de que pudiera preguntar, un dolor eléctrico atravesó mis piernas.

Samuel se arrodilló.

Presionó dos dedos detrás de mi rodilla.

—Inténtelo otra vez.

Me levanté.

Un paso.

Luego otro.

Todo el salón quedó inmóvil.

Pero yo apenas lo noté.

Samuel había dejado caer otra fotografía.

La recogí.

Eleanor aparecía sosteniéndolo cuando era bebé.

Detrás de ellos había un hombre.

Mi respiración se detuvo.

Conocía aquella cara.

Era nuestro padre.

El hombre cuyo funeral habíamos celebrado dieciocho años atrás.

—Samuel… ¿cuándo tomaron esta fotografía?

—El año pasado.

Sentí que las piernas recién recuperadas casi cedían.

Mi padre estaba vivo.

Samuel me miró con aquellos ojos idénticos a los de Eleanor.

—Mamá dijo que usted siempre creyó que alguien la secuestró.

Tragué.

—¿No fue así?

El niño negó lentamente.

—Ella huyó voluntariamente.

—¿De quién?

Samuel señaló la fotografía.

—De su padre.

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