PARTE 2: EL HOMBRE QUE OCUPÓ EL ASIENTO EQUIVOCADO

El desconocido giró hacia la mujer.

—No le pedí su opinión.

—Y ella tampoco le pidió que robara su asiento.

Algunos pasajeros murmuraron.

Entonces apareció una auxiliar de vuelo.

—¿Hay algún problema?

Naomi levantó inmediatamente su tarjeta.

—Mi asiento es el 2A.

La auxiliar comprobó el pase.

Después miró al hombre.

—Señor, necesitaré ver su tarjeta de embarque.

—No es necesario.

—Sí lo es.

Molesto, sacó el teléfono.

Su asiento era 18C.

El silencio se volvió todavía más incómodo.

—Hubo un error con mi reserva —dijo—. Esta niña puede sentarse atrás.

—No —respondió la auxiliar—. Debe ocupar el asiento asignado.

El hombre se levantó furioso.

—¿Sabe quién soy?

Naomi abrazó su conejo.

La auxiliar mantuvo la calma.

—Sé que su asiento es el 18C.

Algunos pasajeros soltaron risas.

El rostro del hombre se volvió rojo.

Antes de marcharse, se inclinó hacia Naomi.

—Disfruta tu pequeño momento.

Naomi no respondió.

Simplemente se sentó en el 2A.

Pero diez minutos después, antes de cerrar las puertas, dos hombres con trajes oscuros entraron en la cabina.

Uno mostró una identificación a la tripulación.

El otro miró directamente a Naomi.

—Señorita Reynolds, ¿está bien?

El hombre del 18C levantó la cabeza.

Naomi asintió.

—Solo quería sentarme donde decía mi boleto.

Entonces apareció un tercer hombre.

Uniforme militar.

Varias conversaciones se apagaron inmediatamente.

Naomi saltó del asiento.

—¡Papá!

El coronel Adrian Reynolds abrió los brazos.

La niña corrió hacia él.

—Pensé que no llegarías.

—Mi vuelo militar aterrizó antes.

La abrazó y después vio los teléfonos todavía levantados.

—¿Qué ocurrió?

La auxiliar explicó todo.

Adrian no gritó.

Eso pareció inquietar aún más al pasajero del 18C.

—¿Usted le dijo a mi hija que se sentara cerca de los baños?

—Fue un malentendido.

—No —dijo Naomi—. Me dijo que la primera clase era para quienes podían pagarla.

Adrian miró el boleto.

—¿Recuerdas quién te compró ese asiento?

Naomi sonrió.

—El abuelo.

El hombre de 18C palideció.

—¿Reynolds? —murmuró.

Adrian lo oyó.

—Sí.

Entonces el desconocido miró otra vez a Naomi.

Esta vez reconoció el apellido.

Sacó rápidamente su teléfono.

Tenía siete llamadas perdidas.

Todas de su jefe.

Contestó.

Escuchó durante diez segundos.

Su rostro perdió completamente el color.

—¿Qué quiere decir con que cancelaron la reunión?

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué reunión?

El hombre no respondió.

Pero la mujer del otro lado del pasillo sí.

Había visto el logotipo en sus documentos.

—La adquisición de Reynolds Aviation.

Adrian quedó inmóvil.

El desconocido no era simplemente otro pasajero.

Era el ejecutivo enviado aquella mañana para negociar la compra de la empresa del abuelo de Naomi.

Y acababa de humillar públicamente a la nieta del hombre cuya firma necesitaba para cerrar un acuerdo de cuatrocientos millones de dólares.

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