Richard me esperaba al pie de la escalinata.
—¿Lista?
Miré las puertas iluminadas.
—Sí.
Cuando entramos, Dominic estaba contando una historia junto a Vanessa. Se interrumpió al verme. Su mirada pasó de mi vestido al brazo de Richard.
—Evelyn, ¿qué haces aquí?
—Me invitaron.
Extendió la mano hacia mí, pero me detuve antes de que pudiera tocarme.
Richard permaneció a mi lado.
—Tenemos una presentación en unos minutos.
La palabra desconcertó a Dominic.
—¿Qué presentación?
Sobre el escenario apareció una fotografía de una vieja fábrica junto al río. Después, mis planos: viviendas, talleres y un patio abierto.
El anfitrión pronunció mi nombre.
Evelyn Hart.
Dominic conocía aquellos dibujos. Durante años habían ocupado nuestra mesa de comedor, hasta que pidió que los guardara porque “daban aspecto de oficina”.
Richard tomó el micrófono.
—Recibimos cuarenta propuestas. Elegimos esta por su viabilidad y por la calidad de su diseño. Esta noche presentamos a nuestra nueva socia.
Subí al escenario.
Me temblaban las manos, pero reconocía cada cifra de la pantalla. Había negociado aquel acuerdo durante siete meses, mientras mi marido asumía que mis reuniones eran almuerzos con amigas.
Al terminar, Dominic me alcanzó junto a una columna.
—Nunca dijiste que Mercer estaba interesado.
—Te pedí que escucharas mi propuesta. Dijiste que no tenías tiempo.
Vanessa apareció detrás de él.
—Dominic, nos están esperando.
Por primera vez, él no pareció oírla.
—Lo de esta noche… estaba enfadado. No necesitas marcharte.
Lo miré sin responder enseguida. Había imaginado tantas veces escuchar una disculpa que casi confundí aquella retirada con una.
—Mañana hablarás con mi abogada —dije—. Sobre la vivienda y sobre el divorcio.
—¿Vas a tirar ocho años?
—Tú me pediste que los metiera en una maleta.
Richard se acercó con el contrato que acabábamos de firmar. Me lo entregó.
Dominic observó la carpeta.
—¿Qué le debes?
Abrí la primera página y señalé nuestras firmas.
—Trabajo. Igual que él a mí.
Salí de la gala con mi ejemplar bajo el brazo.
A la mañana siguiente preparé una maleta, pero guardé los planos en otra caja.
Ya no tenían que esconderse para que nuestra casa pareciera la suya.