Samuel Price colocó su maletín sobre el escritorio.
—Elena, puedes abrir la primera carpeta.
Julian avanzó.
—¡Nadie toca nada hasta que vea el testamento!
Uno de los investigadores bancarios bloqueó su paso.
Abrí la carpeta.
Dentro había doce meses de extractos.
Al principio no entendí por qué papá los había guardado.
Después vi las transferencias.
Cincuenta mil.
Ochenta mil.
Ciento veinte mil.
Todas desde las cuentas de papá hacia una empresa llamada JRS Holdings.
—¿Qué es esto? —preguntó Serena.
Samuel miró directamente a Julian.
—Pregúntale a tu marido.
Mi hermano palideció.
JRS.
Julian Raymond Salazar.
—Papá te dio ese dinero —dijo Serena.
—No exactamente —respondió Samuel.
Abrió la segunda carpeta.
Había autorizaciones bancarias con la firma de papá.
Falsificadas.
Los investigadores habían comparado cada documento.
Durante ocho meses, Julian había retirado más de 1,7 millones de dólares mientras nuestro padre estaba enfermo.
La habitación estalló en murmullos.
—¡Es mentira! —gritó Julian—. Elena preparó esto.
Entonces conecté la memoria USB.
Apareció mi padre sentado en su estudio.
Más delgado.
Enfermo.
Pero completamente lúcido.
—Si están viendo esto, probablemente Julian ya preguntó por su herencia.
Nadie respiró.
Papá levantó varios extractos.
—Descubrí que mi hijo estaba vaciando mis cuentas.
Julian retrocedió.
—Apágalo.
No lo hice.
—No presenté cargos porque quería saber hasta dónde llegaría y quién lo estaba ayudando.
Serena giró lentamente hacia su marido.
Pero papá todavía no había terminado.
—El dinero no es lo más importante.
Samuel me entregó la tercera carpeta.
Dentro estaba la escritura de la casa.
Tres meses antes de morir, alguien había intentado transferirla a Julian.
Otra firma falsa.
Pero el documento siguiente me heló.
Era una póliza de seguro de vida por cinco millones de dólares.
Beneficiario:
Julian Salazar.
Fecha de contratación: seis meses antes de la muerte de papá.
—Yo nunca vi eso —susurré.
Samuel asintió.
—Tu padre tampoco.
Julian corrió hacia la puerta.
Los investigadores lo detuvieron.
—¡Esto es una locura!
Entonces Serena comenzó a llorar.
—Julian me dijo que tu padre lo había autorizado todo.
Mi hermano la fulminó con la mirada.
—Cállate.
Aquella palabra confirmó más de lo que pretendía.
Abrí la última carpeta.
Solo contenía informes médicos.
Papá había empezado a sufrir mareos, confusión y debilidad exactamente dos semanas después de modificar su testamento.
Samuel señaló una página.
—Elena, mira quién recogía sus medicamentos durante esos meses.
El nombre de Julian aparecía repetidamente.
Pero debajo había otro.
Raymond Salazar.
Nuestro tío.
El hombre que, una hora antes, había dicho que papá jamás confiaría en mí.
Levanté la mirada.
Raymond ya no estaba en el estudio.
Entonces escuchamos el motor de un automóvil arrancando afuera.
Samuel cerró lentamente la carpeta.
—Tu padre no guardó estas pruebas para demostrar que Julian robaba su dinero.
Me miró.
—Las guardó porque creía que alguien estaba acelerando su muerte.
