—¿Cómo te llamas? —pregunté.
La niña sonrió.
—Sophie.
Elena dejó de respirar.
Fue apenas un segundo, pero lo vi.
—¿Qué ocurre?
—Nada —respondió demasiado rápido.
Sophie guardó la comida y señaló el parque.
—Tengo que llevar esto a los demás.
Ordené a uno de mis hombres que trajera abrigos, zapatos y comida suficiente para todos.
Pero antes de marcharse, Sophie volvió a tocar mi rodilla.
—Aquí todavía funciona.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué has dicho?
Señaló un punto concreto debajo de mi rótula.
—Mamá me enseñó.
Elena dejó caer las llaves.
Miré hacia ella.
—¿Quién es la madre de esta niña?
Sophie respondió antes que ella.
—Se llama Clara.
El nombre me golpeó como una bala.
La doctora Clara Bennett había sido parte del equipo médico que me atendió después del accidente.
También había desaparecido seis semanas después de mi operación.
Esa misma noche hice localizarla.
No encontramos a Clara.
Pero encontramos algo peor.
Mi jefe de seguridad recuperó los archivos originales del hospital.
Los médicos nunca habían escrito que mi lesión fuera completamente irreversible.
El informe inicial mencionaba compresión nerviosa tratable y una posible segunda cirugía.
Alguien había sustituido aquel documento.
—¿Quién? —pregunté.
Mi hombre deslizó una copia hacia mí.
La autorización llevaba la firma de mi hermano.
Marcus Whitaker.
El hombre que había administrado mi imperio durante los cinco años que yo llevaba en silla de ruedas.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Encuentren a Clara.
Sophie apareció nuevamente desde el pasillo.
—Yo sé dónde está mamá.
Elena se arrodilló frente a ella.
—Sophie, no.
La miré.
—Tú también sabías esto.
Elena comenzó a llorar.
—Sabía que Clara estaba viva. Nada más.
Sophie sacó una fotografía doblada de su pequeña bolsa.
En ella aparecía Clara junto a mi cama del hospital.
Yo estaba inconsciente.
Marcus estaba detrás.
Y Clara sostenía una radiografía.
En el reverso había escrito:
Daniel puede volver a caminar. Marcus no debe descubrir que guardé la prueba.
Mis manos comenzaron a temblar.
Entonces Sophie señaló otra figura casi escondida en la fotografía.
Elena.
—Ella estaba allí también.
La miré.
Mi ama de llaves palideció.
—Daniel, puedo explicarlo.
Antes de que pudiera exigir respuestas, sentí algo.
Una presión diminuta.
Bajé la mirada.
Sophie seguía sujetando mi rodilla.
—Hazlo otra vez.
Presionó.
Esta vez mi pierna se movió.
No mucho.
Apenas unos centímetros.
Pero se movió.
Elena se cubrió la boca.
Yo llevaba cinco años creyendo que estaba paralizado para siempre.
Cinco años entregándole a Marcus cada vez más control.
Entonces mi teléfono sonó.
Era él.
Contesté sin decir nada.
—Daniel —dijo mi hermano—, aléjate de esa niña.
Mi sangre se congeló.
—¿Cómo sabes que está conmigo?
Silencio.
Después Marcus respondió:
—Porque Sophie no apareció frente a tu restaurante por accidente.
Miré a la niña.
—¿Qué quieres decir?
Su voz bajó.
—Pregúntale quién era su padre.
Sophie me observó con aquellos enormes ojos.
Luego sacó un segundo relicario.
Dentro había una fotografía mía.
—Mamá dice que eres tú.
