Salí del baño.
Ella estaba junto al pasillo, abrochándole el abrigo a uno de los niños. Al verme, sus manos se detuvieron.
—Dominic.
—Isabel… ¿son míos?
Los cuatro nos miraron.
Isabel enderezó la espalda.
—No aquí.
Tenía razón. Pedí una mesa apartada y esperamos a que los niños recibieran sus postres antes de hablar.
—Te busqué —dijo—. Tu madre me recibió. Después recibí una carta tuya.
—Nunca te escribí.
Sacó el teléfono y abrió una fotografía de un papel doblado.
“Lo nuestro terminó. No utilices el embarazo para obligarme a volver”.
Debajo estaba mi firma.
Una imitación.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Por qué no viniste directamente a mí?
—Porque tu madre dijo que sabías todo. Y porque había hombres vigilando mi edificio. Me fui antes de que nacieran.
Miré a los niños.
Uno compartía su cuchara con otro. El tercero limpiaba chocolate de la manga del cuarto.
—¿Cómo se llaman?
—Leo, Samuel, Gabriel y Nico.
Pronuncié cada nombre despacio.
Mi teléfono vibró. Sloane.
Contesté y le pedí hablar en privado antes de que comenzara la cena. No iba a dejarla esperando delante de invitados ni convertirla en la culpable de una historia que desconocía.
Aquella noche cancelamos el compromiso.
Después llamé a mi madre.
—Necesito que me expliques una carta con mi firma.
Su silencio respondió primero.
Durante las semanas siguientes, confirmamos la paternidad. Isabel aceptó encuentros graduales, en lugares donde los niños se sintieran cómodos.
No me dejó comprar una reconciliación.
—No necesitan cuatro habitaciones enormes —me dijo—. Necesitan saber si vas a aparecer.
Empecé por los domingos.
Luego llegaron los deberes, las meriendas y las llamadas cuando alguno tenía fiebre.
También inicié la salida de los negocios ilegales de mi familia, acompañado por abogados. Ser su padre exigía cambiar aquello que podía ponerlos en peligro.
Meses después, Nico me hizo una pregunta mientras los demás construían una torre.
—¿Eres nuestro papá?
Me arrodillé.
—Sí. Y estoy aprendiendo a hacerlo bien.
Pensó unos segundos y me entregó una pieza.
—Entonces ayuda. Pero no la tires.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Y me senté en el suelo.