—Ese informe corresponde a los embriones —explicó Elena—. Genevieve les puso nombres antes de la implantación. Había una alteración hereditaria que Yates nunca incluyó en sus expedientes.
Miré la puerta.
Yates llevaba años siendo el único médico autorizado para decidir sobre nuestra familia.
—¿Por qué no viniste antes?
Elena sacó varios sobres devueltos.
—Lo intenté. También llamé. Siempre me respondió Prescott.
Mi jefe de seguridad seguía junto al escritorio.
Por primera vez, no pudo sostenerme la mirada.
Pedí a los guardias que lo apartaran y llamé a un equipo médico independiente. No quería explicaciones de Yates antes de que otros especialistas vieran a mis hijos.
—¿Y el collar? —pregunté.
Elena acarició la piedra azul.
—Genevieve compró una réplica para que nadie notara que me había entregado el original.
Sentí que volvía a perderla.
Había buscado ayuda mientras yo confiaba en hombres que cerraban todas las puertas.
Elena había trabajado en el laboratorio. Conservaba correos, resultados y una copia de la solicitud de segunda opinión que Genevieve presentó poco antes del accidente.
Los entregamos a los investigadores.
Aquella noche trasladaron a Jonah y Blythe. Me quedé entre sus camas mientras el nuevo equipo revisaba cada tratamiento.
—¿Ya no tenemos diez días? —susurró Jonah.
Le tomé la mano.
—Ahora van a estudiarlo todo otra vez. No voy a prometerte algo que todavía no sabemos.
Blythe señaló a Elena.
—¿Ella conocía a mamá?
—Sí.
Elena se acercó cuando mi hija extendió los dedos.
Durante semanas no hubo certezas. Hubo pruebas, ajustes y noches enteras esperando noticias.
La revisión confirmó que se habían ocultado datos importantes para elegir el tratamiento. Las cuentas de Yates revelaron pagos destinados a mantener aquel secreto. Prescott había bloqueado nuestras comunicaciones y entregado información sobre los movimientos de Genevieve.
La investigación de su muerte se reabrió.
Meses después, mis hijos seguían luchando, pero respondían al nuevo tratamiento.
Una mañana, Blythe volvió a reír.
Me apoyé contra la pared para no caer.
Elena estaba junto a la ventana, con el collar entre las manos.
Genevieve no había dejado una cura.
Había dejado a alguien dispuesto a atravesar mis muros para decirme la verdad.