Adrian extendió una mano hacia Noah.
Daniel retrocedió ligeramente, siguiendo la mirada de nuestro hijo.
—No quiere acercarse —dijo.
Adrian dejó caer el brazo.
—Elena, necesito hablar contigo.
—Puedes hablar aquí.
Miró a quienes nos rodeaban.
—A solas.
—No.
Aquella palabra salió sin temblar. Durante años había imaginado este encuentro y temido volver a sentirme indefensa. Pero ahora veía a un hombre cuyo dolor no borraba sus actos.
—No he tenido paz —murmuró.
—Lily necesitaba aire, Adrian. Tu paz no era lo que estaba en juego.
Nadie se movió.
La investigación había recogido las grabaciones, mis llamadas y la declaración de la empleada. Después llegaron el proceso judicial y las consecuencias para su carrera. Su uniforme impecable no podía devolverle lo que había perdido.
Tampoco podía devolverme a mi hija.
—Pensé que nunca podrías perdonarme.
—No he venido a perdonarte. He venido a ver a mis compañeros.
Noah apoyó la cabeza en el hombro de Daniel.
—¿Podemos irnos, papá?
Mi esposo me miró, esperando mi decisión.
Asentí.
Marcus nos alcanzó cerca de la salida.
—Elena, lo siento. No debí hablar así delante del niño.
—No vuelvas a convertir la muerte de Lily en una conversación para una sala llena de gente.
Bajó los ojos.
En el coche, Noah me preguntó quién era Lily.
Miré a Daniel. Él permaneció en silencio, dándome tiempo.
—Tu hermana mayor —respondí—. Murió antes de que nacieras.
Noah frunció el ceño.
—¿La quieres todavía?
Sentí las lágrimas llegar.
—Muchísimo.
—Entonces podemos llevarle flores.
Aquella tarde fuimos los tres al cementerio. Noah eligió margaritas y las colocó con cuidado junto al nombre de su hermana.
Daniel se quedó a mi lado mientras yo limpiaba unas hojas de la piedra.
Nunca había tratado de ocupar el lugar de Lily ni de convencerme de que otro hijo borraría aquella pérdida. Había aprendido a vivir conmigo y con su recuerdo.
Al marcharnos, Noah tomó una mano de cada uno.
Detrás de nosotros quedó una tumba.
Con nosotros venía el amor que yo seguía sintiendo por mi hija.
Adrian había creído que continuar mi vida significaba olvidarla.
No entendía que Lily también venía conmigo, incluso en los días felices.