PARTE 2: EL CONTRATO QUE CALEB CREYÓ QUE YO NUNCA LEERÍA

Bloquear a Caleb fue sorprendentemente fácil.

Lo difícil fue decidir adónde ir después.

A las nueve de la noche, estaba en un hotel con dos maletas y treinta y ocho grados de fiebre cuando alguien llamó a mi puerta.

Era Daniel Mercer.

Mi antiguo jefe.

—Tienes un aspecto terrible.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Daniel había dirigido el departamento financiero donde trabajé antes de comprometerme con Caleb.

Tres años atrás rechacé un ascenso internacional porque Caleb dijo que no quería un matrimonio a distancia.

Daniel dejó una carpeta sobre la mesa.

—Me enteré de que cancelaste la boda.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Tu padre me llamó.

Eso me sorprendió todavía más.

—¿Mi padre?

—Quiere que vuelvas a trabajar.

Abrí la carpeta.

Oferta laboral.

Directora financiera regional.

Salario casi triple al que tenía cuando renuncié.

Ubicación:

Singapur.

Fecha de incorporación:

Tres semanas.

Por primera vez desde que Caleb se marchó, sonreí.

—Acepto.

Daniel arqueó una ceja.

—Ni siquiera has leído las condiciones.

—Después de ocho años esperando a alguien, estoy lista para empezar a elegirme a mí.

Tres días después, Caleb descubrió que yo ya no estaba en casa.

Llamó desde otro número.

—Emma, abre la puerta.

—No estoy allí.

Silencio.

—¿Dónde estás?

—No importa.

—Regreso mañana.

—No hace falta.

—Emma, deja de comportarte como una niña.

Me reí.

Aquello lo enfureció.

—Solo fueron cuatro días.

—No cancelé nuestra boda por cuatro días.

—Entonces ¿por qué?

—Porque finalmente entendí que nunca ibas a elegirme cuando elegir tuviera un precio.

Colgué.

Al día siguiente, mi antigua futura suegra apareció en el hotel.

No venía sola.

Luna estaba con ella.

Pálida.

Delgada.

Con la bufanda gris alrededor del cuello.

Mi bufanda.

—Emma —dijo mi suegra—, necesitamos arreglar este malentendido.

—No existe ningún malentendido.

Luna dio un paso adelante.

—Yo no quería destruir vuestra boda.

—Perfecto. Entonces no tenemos nada que discutir.

Intenté cerrar la puerta.

Mi suegra la sostuvo.

—Caleb está destrozado.

—Sobrevivirá.

Su expresión cambió.

—Ocho años no pueden tirarse así.

—Pregúnteselo a su hijo. Él fue quien tomó el avión.

Entonces Luna comenzó a llorar.

—Fue culpa mía.

—Luna.

—Déjeme hablar.

Se quitó la bufanda.

—Yo nunca le pedí que viajara conmigo.

La miré.

—Vi el grupo familiar.

—Sé lo que vio.

Sacó su teléfono.

Había mensajes privados de Caleb.

En uno, él escribía:

“Di que estás peor. Mi madre convencerá a Emma.”

Otro:

“Necesito unos días fuera antes del registro.”

Sentí frío.

—¿Por qué?

Luna negó.

—No lo sé.

Mi suegra palideció.

—Eso está sacado de contexto.

—¿Qué contexto?

Ninguna respondió.

Entonces Luna me mostró el último mensaje.

Enviado por Caleb la noche antes de nuestra boda.

“Si registro el matrimonio mañana, se activa la cláusula.”

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué cláusula?

Luna parecía sinceramente confundida.

Mi suegra intentó quitarle el teléfono.

Demasiado tarde.

Llamé a mi padre.

Una hora después estábamos en la oficina de su abogado.

Papá dejó un documento delante de mí.

—Tu madre creó un fideicomiso antes de morir.

Yo sabía que existía.

Nunca me interesó.

—¿Qué tiene que ver con Caleb?

—Mucho.

El fideicomiso controlaba acciones de Carter Biomedical, la compañía que mi madre había fundado junto al padre de Caleb.

Valor actual:

Casi cuatrocientos millones de dólares.

Mi madre poseía el 31%.

—Al casarte legalmente, recibías el control directo de esas acciones.

—¿Y?

El abogado pasó una página.

—Hay una cláusula adicional.

Si mi esposo pertenecía a la familia Carter, determinados derechos de voto que permanecían divididos entre ambas familias se reunificaban.

Caleb y yo juntos habríamos controlado el 52%.

Me quedé mirando la cifra.

—¿Caleb lo sabía?

Mi padre cerró los ojos.

—Desde hace seis meses.

Sentí una náusea amarga.

—Entonces quería casarse conmigo por las acciones.

—No exactamente.

El abogado intervino.

—Hay algo más extraño. Caleb llevaba ocho años contigo. Si solo quisiera el fideicomiso, habría acelerado el matrimonio.

Tenía razón.

—Entonces ¿por qué huir justo antes de registrarnos?

El abogado colocó otro documento.

Una auditoría reciente.

Alguien había retirado ilegalmente veintisiete millones de dólares de Carter Biomedical mediante empresas fantasma.

El principal sospechoso era el tío de Caleb, Richard Carter.

Y si yo obtenía el 31%, tendría acceso automático a los libros completos.

—Caleb estaba retrasando mi entrada.

Mi padre asintió.

—Eso parece.

Pero no encajaba.

Caleb podía haber cancelado la boda directamente.

No necesitaba montar aquel espectáculo con Luna.

Hasta que el abogado encontró una transferencia.

Dos semanas antes del viaje.

Richard Carter había pagado 900.000 dólares a una sociedad llamada Northern Light Consulting.

El administrador registrado era la madre de Caleb.

Auroras boreales.

Northern Light.

Sentí que se me helaba la espalda.

El viaje no había sido improvisado.

Estaba preparado.

Entonces recibí un correo de Caleb.

Sin texto.

Solo un archivo adjunto.

Lo abrí.

Era un contrato firmado ocho años atrás.

Antes de nuestra primera cita.

Las firmas pertenecían a Caleb y a su padre.

Una cláusula estaba marcada:

“Caleb Carter deberá mantener una relación estable con Emma Bennett hasta que se cumplan las condiciones sucesorias del fideicomiso.”

No pude seguir leyendo.

Ocho años.

Nuestra primera cita.

Nuestro primer beso.

La propuesta.

Todo había comenzado después de aquel contrato.

Pero debajo había una anotación manuscrita de Caleb:

“Acepto acercarme a Emma. No acepto casarme con ella bajo engaño.”

Fecha:

Ocho años atrás.

Luego otra anotación, mucho más reciente:

“Emma finalmente debe saber la verdad, aunque me odie después.”

Mi teléfono sonó.

Caleb.

Esta vez contesté.

—¿Qué parte fue real?

Al otro lado hubo un silencio largo.

—Los primeros tres meses fueron un acuerdo.

—¿Y los otros siete años?

Su voz se quebró.

—Fueron la razón por la que no pude casarme contigo sin contártelo.

Apreté el teléfono.

—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?

—Porque alguien amenazó con destruirte si activabas el fideicomiso.

—¿Quién?

Caleb respiró profundamente.

—Tu padre.

Levanté la vista.

Mi padre estaba sentado frente a mí.

Y acababa de escuchar cada palabra.

Su rostro había perdido todo el color.

Caleb continuó:

—Emma, no confíes en ninguno de los documentos que él acaba de enseñarte.

—¿Por qué?

—Porque Richard Carter no fue quien robó esos veintisiete millones.

Mi padre se levantó bruscamente.

—Cuelga.

Pero Caleb terminó la frase.

—La empresa fantasma que recibió el dinero pertenece a tu madre.

Sentí que el mundo se detenía.

—Mi madre murió hace doce años.

—Eso creía yo también —respondió Caleb— hasta que la vi hace tres noches.

—¿Dónde?

Hubo una pausa.

—En el aeropuerto.

—¿Con quién?

Caleb respondió en voz baja:

—Con Luna.

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