Sira dejó de escribir.
—¿La mansión junto al río?
—Sí.
—¿Valor aproximado?
—Unos ciento ochenta millones de bahts.
Su bolígrafo quedó suspendido.
—Lalita, eso no es una dote pequeña.
—Mi familia tampoco es pobre, Sira. Solo dejé que la familia de Kawin lo olvidara.
Me observó durante unos segundos.
—¿Alguna otra propiedad?
Saqué una carpeta.
—Dos terrenos en Nonthaburi, una cartera de inversiones que mi abuelo creó para mí y el doce por ciento de Siam Meridian Holdings.
Esta vez Sira dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Kawin sabe lo del doce por ciento?
—No.
—Bien.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dices eso?
Sira giró su ordenador hacia mí.
—Porque esta mañana alguien solicitó información registral sobre tu mansión.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
—Kawin Group.
Me quedé inmóvil.
La solicitud había sido presentada a las 9:46.
Menos de tres horas después de dejar las maletas.
—Tal vez están comprobando mis bienes para el divorcio.
—Eso pensé.
Sira abrió otro archivo.
—Hasta que encontré esto.
Era una solicitud preliminar de financiación utilizando la mansión como garantía.
Fecha:
Hace cuatro meses.
Solicitante:
Kawin Group Development.
—Eso es imposible.
—Tu propiedad aparece como garantía secundaria para una línea de crédito de cuatrocientos veinte millones.
Me puse de pie.
—Yo jamás autoricé eso.
—Lo sé.
Sira señaló la firma.
Parecía exactamente la mía.
Pero no lo era.
Entonces recordé algo.
Seis meses atrás, Chalisa había venido a casa con unos documentos.
Dijo que Kawin necesitaba mi firma para actualizar información matrimonial relacionada con el seguro.
Firmé tres páginas.
—Sira…
—¿Qué?
—Chalisa estuvo en mi casa.
Su expresión cambió.
En ese momento mi teléfono comenzó a sonar.
Kawin.
Esta vez contesté.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estás?
—Eso ya no es asunto tuyo.
—No firmaré el divorcio.
Solté una risa.
—No te estoy pidiendo permiso.
Hubo silencio.
Después su voz bajó.
—Lalita, lo de Chalisa no es lo que piensas.
—Cinco noches.
—Estábamos trabajando.
—Entonces puedes trabajar también en su apartamento.
—Nunca dormí con ella.
—Me da igual.
Aquello pareció desconcertarlo.
—¿Qué?
—El problema no es si te acostaste con Chalisa. El problema es que durante tres años actuaste como si yo no existiera.
Kawin respiró profundamente.
—Vuelve a casa esta noche. Hablaremos.
—La casa es mía.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—La mansión donde llevas tres años entrando como huésped pertenece exclusivamente a mí.
Sira levantó una mano, indicándome que no mencionara los documentos.
Pero ya era tarde.
La voz de Kawin cambió.
—¿Quién está contigo?
—Mi abogado.
Colgué.
Tres minutos después, Sira recibió un correo.
Lo leyó.
Su rostro se endureció.
—Tenemos un problema mayor.
—¿Qué pasó?
—Kawin Group acaba de intentar retirar la mansión del paquete de garantías.
—Eso debería ser bueno.
—No, Lalita.
Giró la pantalla.
—Significa que alguien sabía que habíamos descubierto la falsificación.
Sentí frío.
Solo tres personas sabían dónde estaba.
Mi madre.
Sira.
Y Kawin.
A las cuatro de la tarde, Chalisa apareció en el bufete.
Su rostro estaba pálido.
—Necesito hablar con la señora Lalita.
Sira quiso impedirle entrar.
—Déjala.
Chalisa cerró la puerta.
Luego colocó una memoria USB sobre la mesa.
—No tengo una relación con su esposo.
—No me interesa.
—Debería interesarle por qué no volvió a casa esas cinco noches.
La miré.
—Explícate.
—El Grupo Kawin está al borde de una crisis de liquidez.
Sentí que Sira se tensaba.
—¿Cuánto?
—Más de dos mil millones de bahts.
Me quedé helada.
Chalisa continuó.
—El presidente descubrió hace cinco días que alguien llevaba meses utilizando empresas subsidiarias para mover dinero.
—¿Y por eso dormía contigo?
—No dormía conmigo.
Sacó fotografías.
Kawin aparecía entrando cada noche en una oficina de auditoría privada.
—Trabajamos en secreto porque creemos que alguien dentro del consejo está involucrado.
Sira preguntó:
—¿Entonces por qué falsificaron la firma de Lalita?
Chalisa palideció.
—¿Qué firma?
Le mostramos el documento.
Sus manos empezaron a temblar.
—Yo preparé los formularios originales.
—Y viniste a mi casa.
—Sí. Pero esos documentos no incluían ninguna garantía.
—¿Quién los recibió después?
Chalisa tardó demasiado en contestar.
—La madre del presidente.
Mi suegra.
La misma mujer que me había llamado veintisiete veces aquella mañana.
Entonces mi teléfono vibró.
Mensaje suyo.
“Ven a casa inmediatamente. Ya has avergonzado bastante a nuestra familia.”
Sonreí.
—Perfecto.
Sira me miró.
—No irás sola.
Una hora después entré en la residencia de la familia Kawin.
Mi suegra estaba esperando.
Kawin también.
Su rostro parecía agotado.
—Lalita.
Pasé junto a él.
Dejé sobre la mesa la copia de la garantía.
—¿Quién falsificó mi firma?
Mi suegra apenas miró el documento.
—Estás casada con Kawin. Los problemas de su empresa también son tuyos.
—Eso no responde.
—Tu padre te entregó esa propiedad para apoyar este matrimonio.
—Mi padre me la entregó a mí.
Entonces Kawin tomó el documento.
Lo leyó.
Y su expresión cambió.
—Yo nunca autoricé esto.
Mi suegra se levantó.
—¡La empresa necesitaba liquidez!
Kawin levantó la cabeza.
—¿Usaste la propiedad de Lalita?
—Era necesario.
—¿Falsificaste su firma?
Ella guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
Pero entonces Sira abrió la carpeta que llevaba.
—Hay algo que deberían saber antes de continuar esta discusión.
Todos lo miramos.
—Revisé el origen de la línea de crédito.
Colocó otro documento sobre la mesa.
—El banco no aceptó la mansión de Lalita como garantía secundaria.
Mi suegra frunció el ceño.
—Claro que la aceptó.
—No.
Sira señaló una cláusula.
—La rechazó porque ya estaba vinculada a una garantía corporativa anterior.
Me quedé inmóvil.
—¿Anterior?
—Registrada hace tres años.
La fecha era exactamente doce días antes de mi boda.
Y no estaba vinculada al Grupo Kawin.
La empresa beneficiaria era:
Siam Meridian Holdings.
Mi empresa familiar.
Miré a Sira.
—No entiendo.
—Yo tampoco entendía hasta que llamé a tu padre.
La puerta se abrió.
Mi padre entró.
Kawin se puso de pie inmediatamente.
—Señor Rattanakorn.
Papá ni siquiera lo miró.
Caminó hasta mí.
—Hija, creo que ya es hora de que sepas por qué acepté que te casaras con Kawin.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Aceptaste?
—Ese matrimonio nunca fue únicamente una decisión personal.
Kawin palideció.
—No.
Lo miré.
—¿Tú lo sabías?
—Lalita, escúchame.
Mi padre dejó un contrato sobre la mesa.
Fecha:
Un mes antes de que Kawin me propusiera matrimonio.
Firmas:
Mi padre.
La madre de Kawin.
Y Kawin.
La cláusula principal decía que, mientras nuestro matrimonio permaneciera vigente, Siam Meridian garantizaría discretamente determinadas obligaciones financieras del Grupo Kawin.
Pero había una segunda cláusula.
Si Kawin cometía adulterio, abandonaba el domicilio matrimonial durante cinco noches consecutivas sin causa justificada o intentaba disponer de mis bienes sin consentimiento…
La garantía quedaba cancelada.
Y una participación accionaria utilizada como contragarantía pasaba a mi nombre.
—¿Qué participación? —pregunté.
Sira respondió antes que nadie.
—El treinta y ocho por ciento del Grupo Kawin.
La habitación quedó completamente en silencio.
Miré a Kawin.
Cinco noches.
Exactamente cinco.
Él cerró los ojos.
Y comprendí.
—Tú conocías esa cláusula.
No respondió.
—Kawin.
Finalmente me miró.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no volviste a casa?
Su madre gritó:
—¡No se lo digas!
Kawin ni siquiera la miró.
—Porque necesitaba que la cláusula se activara antes de que mi madre pudiera usar tu propiedad para cubrir las deudas.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quieres decir que lo hiciste deliberadamente?
—Las cinco noches. Sí.
—¿Y Chalisa?
—Me ayudó a reunir las pruebas.
Entonces mi padre colocó un último expediente sobre la mesa.
—Hay un problema.
Dentro había una transferencia de setecientos millones de bahts realizada aquella misma madrugada.
Destino:
Una empresa en Singapur.
Autorización:
Lalita Rattanakorn Kawin.
Mi nombre.
Otra firma falsa.
Pero esta vez aparecía una fotografía de seguridad adjunta a la operación presencial.
Una mujer saliendo del banco con gafas oscuras.
Mi misma altura.
Mi mismo cabello.
Mi mismo rostro.
Sentí que las manos se me enfriaban.
—¿Quién es esa mujer?
Mi padre no respondió.
Fue Kawin quien susurró:

—La conozco.
Lo miré.
Su rostro había perdido todo el color.
—Lalita… esa mujer es la verdadera razón por la que me casé contigo.