—¿Están dentro? —repitió Gabriel.
—Sí. Brandon abrió con la llave de repuesto.
—Guarda la grabación. Voy a llamar a la policía.
Yo ya había cambiado el código de la alarma y revocado el acceso de las llaves que mi familia conocía. Había dejado la cerradura principal tal como estaba porque Gabriel necesitaba que quedara claro cómo entraban. Zachary había comprobado que las cámaras exteriores funcionaran y que la grabación se conservara. Nada más.
En la pantalla, mi padre recorrió la sala con una copa en la mano. Penélope dejó una fotografía de su familia sobre mi repisa, justo al lado de la de Thomas.
Aparté la vista.
Cuando llegaron los agentes, Brandon salió al porche agitando un papel.
—Tenemos permiso del dueño.
Uno de ellos le pidió que se identificara. El otro examinó el documento. Desde la cámara alcancé a ver a mi padre avanzar con esa seguridad que siempre había usado para hablar en mi nombre.
—La casa ya es de mi hija Penélope —dijo.
El agente señaló una línea de la página.
—Aquí figura una autorización firmada por Valeria Hayes.
Gabriel me llamó en ese momento.
—Me enviaron una foto. Tu padre presentó una copia de un poder para transferir la propiedad.
Abrí la carpeta sellada que tenía junto a la computadora. Dentro estaba el poder que yo sí había firmado meses atrás: limitado a recibir correspondencia y pagar impuestos mientras estaba destinada fuera del país. No autorizaba vender ni regalar la villa.
—La firma de la transferencia tampoco es mía —dije.
Oí a Gabriel respirar hondo.
—Voy a enviarles los originales y tu declaración. Necesitamos que preserven ese papel.
Los agentes no resolvieron la propiedad allí mismo. Les explicaron a todos que debían salir mientras se verificaban los documentos y se protegía la casa. Penélope empezó a llorar. Brandon discutió. Mi padre dejó de hablar cuando uno de los agentes le pidió que entregara la supuesta autorización para examinarla.
Conduje hasta Pendelton Lake esa noche. Gabriel me esperaba en la entrada cuando llegué al amanecer. Mi familia estaba junto al crossover, rodeada de cajas.
—Diles que fue un malentendido —me exigió mi padre.
Penélope lo miró antes de mirarme a mí.
—Papá dijo que habías firmado.
—No lo hice.
Por primera vez desde que entré en aquella casa, ella pareció entender que él también le había mentido.
Pasé entre las cajas y abrí la puerta. La fotografía de Thomas seguía en la repisa, aunque la habían desplazado para hacer sitio a la suya. La tomé con ambas manos y la puse de nuevo en su lugar.
Gabriel entró detrás de mí.
—Ya solicitaron los documentos con los que intentaron registrar el cambio —dijo—. Cuando lleguen, sabremos quién preparó esa firma.
Miré la habitación que había comprado para empezar de nuevo después de perder a Thomas. Todavía olía al champán de mi familia. Abrí las ventanas.
—Entonces esperaremos los documentos —respondí.
Esta vez, nadie decidiría por mí quién podía llamar hogar a mi casa.