Ellis me alcanzó antes de que llegara a la línea.
—Morgan —dijo en voz baja—. Pensé que no volvería a verte.
—Yo también lo pensé.
El almirante se acercó detrás de él.
—¿La conoce?
Ellis miró mi rifle y luego a Kane.
—Trabajó conmigo en la evaluación de tiradores hace cuatro años, señor. Hoy figura en la lista como instructora invitada.
Kane volvió la vista hacia mi manga. Comprendí lo que estaba pensando.
—El tatuaje no es una credencial —dije—. Mi autorización está en la oficina del campo.
Ellis asintió.
—La comprobé esta mañana.
No miré a Brooks. Pedí que despejaran la línea y esperé la confirmación de Ellis antes de colocarme en posición. A ochocientos metros, el blanco era apenas una forma pálida contra la tierra. El viento arrastraba polvo de derecha a izquierda.
Había venido para enseñar cómo reconocerlo. Ahora quince personas observaban en silencio, esperando verme fallar o convertir aquello en un espectáculo. Respiré y volví la atención al ejercicio.
El primer disparo levantó polvo junto al blanco.
Brooks exhaló una risa breve. Ellis alzó una mano sin apartar los ojos del visor.
—Corrijo —dije.
El segundo impacto sonó débil y distante. El tercero también. Seguí hasta completar la serie, consciente del calor bajo el uniforme y del rifle firme contra mi hombro.
Ellis revisó los resultados.
—Cinco impactos de seis.
Nadie aplaudió. Agradecí el silencio.
Kane miró al blanco y luego a mí.
—¿Por qué no dijo quién era?
—Usted me preguntó si tenía autorización. Le dije que sí.
Su mandíbula se tensó. Por un momento creí que buscaría otra forma de hacerme quedar mal. En cambio, se volvió hacia los oficiales.
—La instructora Morgan dirigirá el resto de la sesión.
Brooks bajó la mirada. Cuando los demás comenzaron a preparar sus puestos, Kane se quedó un instante a mi lado.
—Mis comentarios fueron inapropiados —dijo—. Le ofrezco una disculpa.
—La acepto, señor.
La sesión continuó. Algunos oficiales dispararon bien; otros necesitaron ayuda para leer el viento. Trabajé con cada uno por turno, incluido Brooks. Al principio apenas me hablaba. Luego falló dos veces y, finalmente, me pidió que observara su siguiente intento.
Al terminar, Ellis se sentó conmigo junto al cobertizo. El sol ya descendía sobre las bermas.
—¿Valió la pena volver? —preguntó.
Miré la línea vacía. Durante cuatro años había recordado aquel lugar por la última vez que salí de él, convencida de que nunca volvería a enseñar.
—Sí —respondí—. Mañana quiero empezar con los alumnos nuevos.
Ellis sonrió y tomó la lista de asistencia.
—A las seis.
Asentí. Esta vez sabía exactamente para qué había venido.