Vi venir el segundo golpe por el movimiento de su hombro.
Me aparté lo justo. Derek perdió el equilibrio durante un instante y aproveché para sujetarlo. Caímos sobre la colchoneta. Él intentó soltarse con fuerza; yo mantuve la posición y escuché a alguien gritar que faltaban cuatro minutos.
Mi rodilla ardía. La mejilla me palpitaba. Había pasado demasiados años lejos de un gimnasio para fingir que aquello era fácil.
—Ríndete —murmuró Derek.
—Tú pusiste el reloj.
Su sonrisa desapareció.
Logró levantarse y me lanzó contra la colchoneta otra vez. La multitud rugió. Desde el suelo vi a Claire junto a recepción, con los brazos cruzados. No parecía emocionada. Parecía preocupada, aunque ya no sabía por cuál de los dos.
Quedaban dos minutos cuando Derek volvió a golpear mi pierna herida. Esta vez caí de verdad. Se lanzó sobre mí, confiado en que había terminado.
Lo sujeté antes de que pudiera acomodarse y rodamos hasta quedar frente a frente. El árbitro nos separó porque habíamos llegado al borde de la colchoneta.
—Treinta segundos —anunció alguien.
Derek respiraba con dificultad. Yo también.
Nos pusimos de pie. Él amagó un golpe; no reaccioné. Cuando intentó sujetarme, me aparté y lo dejé pasar. La campana sonó mientras aún trataba de darse la vuelta.
Nadie aplaudió al principio.
Derek se quitó un guante de un tirón.
—Esto no demuestra nada.
—Demuestra que pasaron cinco minutos —dije.
Miré el reloj sobre la pared. Luego miré a Claire.
—La casa se resolverá con abogados. Debí decirlo desde el principio.
Derek soltó una risa incrédula.
—¿Y el dinero que te prometí?
—No voy a aceptar una apuesta sobre mi matrimonio.
Claire se acercó cuando recogí mis botas. Sus ojos se detuvieron en el hematoma de mi cara.
—Cole, no tenías que venir.
—Lo sé. Fue un error.
Por primera vez aquella noche, no intenté adivinar qué respuesta esperaba de mí. Me senté, me puse los calcetines y até los cordones despacio para no doblar la rodilla.
—Nuestros abogados hablarán el lunes —le dije—. Cuídate.
Afuera, el aire nocturno enfrió mi mejilla hinchada. Subí a la camioneta y llamé a un antiguo compañero. Le pedí el número del fisioterapeuta que llevaba meses recomendándome.
Había entrado al gimnasio para demostrar que todavía podía soportar cinco minutos.
Al salir entendí que lo difícil empezaba ahora: construir una vida en la que ya no tuviera que demostrarlo.