Parte 2: Yo también dejé de esperarte

Le respondí a Noah: Estoy bien. Mañana hablamos.

Después recogí los pedazos de papel que Daniel había dejado en la alfombra. No los necesitaba para demostrar que habíamos firmado el acuerdo; mi abogada conservaba el original. Aun así, guardé los trozos en un sobre. Quería recordar la facilidad con la que Daniel había creído poder destruir una decisión mía rompiendo unas hojas.

A la mañana siguiente llamé a la abogada. Le conté lo de Sophie, le envié la copia del informe que ella me había dado y le pedí que iniciara el divorcio. La cláusula de los treinta millones tendría que revisarse y reclamarse por las vías correspondientes. Yo ya no iba a discutir su validez en nuestra habitación mientras Daniel decidía cuándo volver a casa.

También llamé a Noah.

Lo había conocido un año antes en la biblioteca donde trabajaba como restaurador. Había sido paciente conmigo cuando yo apenas sabía cómo contarle a alguien que estaba casada y que mi marido había pedido vivir como soltero. Con el tiempo nos acercamos. Noah quería un futuro conmigo. Yo había pospuesto demasiadas conversaciones porque temía que, si decía en voz alta lo que quería, tendría que cambiar mi vida.

—Voy a presentar la demanda —le dije.

Al otro lado de la línea guardó silencio un instante.

—¿Quieres que vaya?

—Sí. Pero necesito hacer esto por mí, Noah.

—Lo sé.

Aquella tarde Daniel recibió la notificación. Me llamó seis veces antes de presentarse en casa. Encontró mi maleta junto a la puerta.

—¿De verdad vas a irte? —preguntó.

—Sí.

—Sophie está embarazada, Clara. No puedo abandonarla ahora.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Vas a ser padre. Lo que decidas hacer por ese hijo te corresponde a ti.

—Entonces podríamos superar esto.

Lo miré. Dos años atrás, aquella frase me habría hecho llorar de alivio. Ahora veía cuánto trabajo esperaba que hiciera yo para que él pudiera seguir llamando matrimonio a lo que teníamos.

—Le contaste a Sophie lo que ocurrió cuando perdimos a nuestro bebé.

Daniel apartó los ojos.

—No debería haberlo hecho.

—Te confié el peor día de mi vida. Ella lo usó para herirme y tú viniste a defenderla.

—Cuando vi el café en su vestido pensé que…

—Me preguntaste si recordaba nuestro acuerdo. Yo sí lo recordaba. También recordaba que tú prometiste que ninguna mujer vendría a buscarme.

Se pasó la mano por el cabello.

—Puedo arreglarlo.

—Puedes reconocer lo que hiciste. Lo demás no depende solo de ti.

Tomé la maleta. Daniel bloqueó la puerta durante un segundo, luego se hizo a un lado.

Antes de salir, dejé la tarjeta negra sobre la mesa. Pensé en todas las veces que había aceptado un regalo suyo porque era más fácil que pedirle que se quedara a escucharme.

Los meses siguientes fueron difíciles. Daniel impugnó la cláusula económica. Su familia volvió a hablar de mi interés por el dinero, y algunas personas se interesaron mucho más por la cifra que por el motivo del divorcio. Dejé que mi abogada respondiera a las acusaciones. Yo regresé a mi trabajo de investigación y aprendí a pasar una tarde entera sin mirar el teléfono por si Daniel llamaba.

Sophie tuvo un niño. Supe que ambos estaban bien y sentí alivio. Durante un tiempo, Daniel pareció convencido de que verme con Noah me haría volver por orgullo o por celos. Cuando entendió que no sucedería, finalmente firmó el acuerdo de divorcio. Resolvimos también la compensación mediante un acuerdo negociado. Ninguna suma podía devolverme lo que habíamos perdido, pero sí podía cerrar la disputa que él había intentado evitar rompiendo los papeles.

Vi a Daniel por última vez al salir del despacho donde firmamos.

—Una vez te amé de verdad —dijo.

—Yo también te amé.

Se quedó esperando algo más. No tenía nada que añadir.

Noah me aguardaba en una cafetería cercana. Habíamos quedado para almorzar, como hacíamos algunos días cuando terminaba temprano. Al verme entrar se levantó, pero no me preguntó cómo había ido hasta que me senté y pude respirar.

—Ya está firmado —dije.

Me tomó la mano por encima de la mesa.

—¿Cómo te sientes?

Miré la lluvia fina detrás del cristal. En el pasado habría esperado que el fin de mi matrimonio borrara de golpe los años buenos y los terribles. Seguía recordándolos todos.

—Triste —respondí—. Y lista para ir a casa.

Noah asintió. Terminamos el almuerzo sin hacer planes para el resto de nuestra vida. Esa tarde me bastaba con saber adónde quería volver.

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