Parte 2: Lo que Margarita había oído

Margarita se detuvo en la puerta con el conejo apretado contra el pecho.

Penélope dio un paso hacia ella.

—Creí que estabas con la vecina.

—Me trajo la señora Ruiz —dijo la niña—. Le dije que tenía que verte.

Gabriel había enviado a buscar a Margarita sin avisarle a Penélope. Durante meses le había dicho que, después del divorcio, la niña viviría con él. Penélope era su madre y había intentado discutir aquel asunto con su abogado, pero Gabriel insistía en que, si ella reclamaba algo de la casa o de sus cuentas, él usaría todos sus recursos para alejarla de su hija.

La jueza Barrett miró primero a Margarita y luego a los abogados.

—Debo aclarar algo —dijo—. La menor se acercó a mí en el pasillo. No voy a pedirle que declare aquí, delante de todos. Informaré a ambas partes de lo que dijo para que puedan responder, y tomaré las medidas necesarias para escucharla de manera adecuada.

Bianca se enderezó.

—Una niña de seis años puede inventar cualquier cosa.

—Señora Shepherd —dijo la jueza—, guarde silencio.

Margarita buscó la mano de Penélope. Su madre se agachó con dificultad y la abrazó.

—No tienes que explicar nada ahora —le susurró.

El alguacil acompañó a la niña y a la señora Ruiz a una sala cercana. Cuando la puerta se cerró, la jueza volvió a sentarse.

—Margarita dijo que oyó al señor Albright y a la señora Shepherd hablar de una firma que su madre no había puesto. También dijo que le ordenaron no contarle a Penélope dónde guardaban los papeles.

Gabriel soltó una risa breve.

—Está repitiendo algo que Penélope le enseñó.

—Yo no sabía que había papeles —respondió ella.

Su abogado abrió de inmediato la carpeta que Gabriel había presentado esa mañana. Entre las páginas había un supuesto acuerdo por el cual Penélope aceptaba que Margarita viviera con su padre y que él tomara las decisiones sobre sus cuidados. La firma se parecía a la suya. La fecha correspondía a un día en que Penélope había pasado la tarde ingresada en el hospital.

Miró a Gabriel.

—Me dijiste que no presentarías nada sobre Margarita hoy.

—Cambias de opinión a cada hora —replicó él—. Necesitaba dejar constancia de lo que habías aceptado.

—Nunca firmé esto.

Bianca se inclinó hacia él.

—No digas nada más —susurró.

La jueza pidió el documento original y suspendió la audiencia. Miembros del personal tomaron nota de dónde se encontraba Margarita y de quién la había llevado al juzgado. Los abogados pudieron examinar la firma y solicitar los registros del hospital. Penélope retiró su petición de renunciar a los bienes hasta comprender qué documentos se habían preparado en su nombre.

Durante el receso, la señora Ruiz le contó algo más. Margarita había dormido en su casa la noche anterior. Gabriel la había dejado allí diciendo que Penélope no quería verla hasta después de la audiencia.

—Pensé que lo habías decidido tú —dijo la vecina, avergonzada—. Pero Margarita empezó a llorar y me pidió que te trajera.

Penélope sostuvo a su hija mientras escuchaba. Sabía que Margarita tendría preguntas. No quería que creyera, ni un minuto más, que su madre había elegido estar lejos de ella.

La investigación de la firma no terminó aquel día. Tampoco se resolvió el divorcio de inmediato. Se establecieron medidas provisionales para que Margarita permaneciera con Penélope mientras se revisaban los documentos, y se examinaron las comunicaciones de Gabriel y Bianca sobre el acuerdo. Penélope decidió seguir reclamando lo que le correspondía del patrimonio matrimonial. Necesitaba una vivienda y recursos para cuidar a sus dos hijos; el embarazo no había hecho desaparecer ese derecho.

Semanas después, Margarita se sentó junto a ella mientras doblaba ropa diminuta para el bebé.

—¿Va a venir papá a vivir aquí? —preguntó.

—No —respondió Penélope—. Papá y yo vamos a vivir en casas distintas. Puedes hacerme preguntas cuando quieras.

Margarita dejó el conejo sobre la cama para ayudarla con una camiseta.

—Pensé que te habías ido sin mí.

Penélope soltó la prenda y abrió los brazos. Margarita se acercó.

—Quería encontrarte —dijo Penélope—. La señora Ruiz te trajo hasta mí.

La niña permaneció abrazada a ella un rato. Después recogió el conejo y eligió una pequeña manta amarilla para su hermano. Penélope la dejó sobre la pila de ropa preparada para el hospital.

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