En la última página de la libreta había una nota con la letra de Marina.
Bernice, puedes darle el cuaderno a Adam si pregunta por Nell. Ya no necesito que me explique dónde estuvo.
Debajo aparecía una fecha y nada más.
Dejé las flores sobre la mesa. Algunas gotas de agua resbalaron por el envoltorio hasta mojar la madera.
—¿Sabe lo de Savannah? —pregunté.
Bernice cerró su bolso.
—Eso tendrás que preguntárselo a Marina.
Marqué el número de mi esposa. Sonó varias veces antes de que contestara.
—¿Nell está bien? —pregunté.
—Sí.
—Volví a casa. Bernice me dio el cuaderno.
Hubo un silencio. Al fondo escuché el ruido suave de Nell, seguido de la voz de Marina calmándola.
—Quisiera verte —dije.
—Puedes venir mañana a las diez. Claire estará aquí.
Claire era su hermana mayor. Entendí por qué quería que estuviera presente, aunque me dolió que necesitara a alguien más para sentirse tranquila conmigo.
—Marina, ¿sabes…?
No pude terminar la pregunta.
—Sé que Savannah estuvo contigo en Florida —respondió—. Mañana podemos hablar de lo que eso significa para nosotros. Ahora tengo que acostar a Nell.
Cortó.
Esa noche releí mis mensajes. Encontré fotografías que había subido la conferencia: yo en una recepción, con Savannah a mi lado, cuatro días después de que el evento había terminado. Recordé las veces que Marina me preguntó cuándo volvería y mis respuestas imprecisas. Una vez le había dicho que estaba atrapado en una reunión mientras Savannah y yo cenábamos frente al mar.
Dormí poco. Por la mañana compré pañales y los llevé a la dirección que Marina me había enviado dos semanas antes. Los compré porque Nell los necesitaba. Aun así, mientras esperaba frente a la puerta, sentí vergüenza de presentarme con una bolsa como si bastara para cubrir todo lo que no había hecho.
Claire abrió. Me dejó pasar después de preguntarle a Marina.
El apartamento era pequeño y luminoso. Había una manta sobre el sofá y un moisés junto a la ventana. Marina estaba sentada con Nell en brazos. Tenía mejor color que cuando me fui, pero parecía cansada. No recordaba haberme detenido a mirarla con atención antes del viaje.
—Hola —dijo.
Dejé la bolsa junto a la puerta.
—Hola.
Me indicó una silla. Claire se sentó cerca de la cocina, lo bastante lejos para darnos espacio y lo bastante cerca para que Marina pudiera verla.
—¿Cómo te enteraste de Savannah? —pregunté.
—Primero vi una fotografía. Después te pregunté si seguías en la conferencia. Me dijiste que sí. La conferencia había terminado tres días antes.
—Debí decirte la verdad.
—Debiste volver cuando te dije que me habían llevado a urgencias.
No había respuesta que mejorara aquella frase. Miré a Nell. Dormía con una mano junto a la cara.
—Tienes razón —dije.
Marina acomodó la manta alrededor de la niña.
—Cuando estaba enferma, necesitaba que contestaras. Cuando saliste de viaje, necesitaba saber cuándo ibas a regresar. Luego dejé de esperarte para poder organizar mis días.
—Lo siento.
—Te creo. Pero no voy a volver a la casa.
Sentí el impulso de hablar de terapia, de prometer que cancelaría todos los viajes y que Savannah no volvería a formar parte de mi vida. Podía decirlo. Lo difícil era aceptar que Marina no tenía por qué confiar en promesas hechas después de veinte días de ausencia.
—¿Podré ver a Nell? —pregunté.
—Sí. Quiero que tenga a su padre. Necesitamos acordar las visitas mientras es tan pequeña y decidir cómo vas a contribuir a sus gastos.
—Haré lo que haga falta.
Marina me miró.
—Empieza por llegar cuando digas que vas a llegar.
Claire se levantó para preparar café. Marina me preguntó si quería sostener a Nell. Me lavé las manos y me senté de nuevo. Mi hija se movió un poco al pasar a mis brazos; luego siguió dormida. Bernice había anotado su peso, las citas y cada pequeño avance. Yo tendría que aprenderlos ahora escuchando a Marina y prestando atención por mi cuenta.
Nos separamos. Dejé de ver a Savannah y le conté a Marina que lo había hecho, sin esperar que eso cambiara su decisión. Con ayuda de abogados establecimos las visitas y los gastos de Nell. Hubo conversaciones tensas. Llegué tarde una vez porque calculé mal el tráfico y encontré a Marina esperándome con la bolsa de la niña preparada. No discutió. Me dijo que avisara con tiempo la próxima vez. Lo hice.
Meses después, durante una visita, llevé la libreta azul para devolvérsela. Marina la abrió por una página de marzo y sonrió al leer una nota de Bernice sobre el día en que Nell había recuperado el peso al nacer.
—Quédatela un poco más —dijo—. Ahí están sus primeras semanas.
La guardé en mi bolso. Las páginas no cambiaban lo ocurrido ni me daban una segunda oportunidad con Marina. Me permitían conocer los días que me había perdido.
Nell, sentada sobre una manta, golpeó dos juguetes uno contra otro y soltó una carcajada. Marina y yo nos volvimos al mismo tiempo. Saqué el teléfono para grabarla, pero antes de encontrar la cámara volvió a hacerlo. Esta vez dejé el teléfono donde estaba y me quedé mirándola.