A la mañana siguiente entregué las llaves del apartamento militar.
Una maleta.
Un pasaporte.
Eso era todo lo que quedaba de seis años de matrimonio.
Mi vuelo a Vancouver salía esa noche.
No pensaba despedirme de Adrian.
Pero a las cuatro de la tarde empezó a llamarme.
Una vez.
Cinco.
Doce.
Lo ignoré.
Entonces llegó un mensaje:
“¿Dónde está tu informe médico?”
Me quedé mirando la pantalla.
Finalmente lo había encontrado.
Seis meses atrás, después de años soportando comentarios sobre mi supuesta infertilidad, había acudido sola a un especialista.
Mis resultados eran normales.
El médico había pedido analizar también a Adrian.
Él se negó.
—No necesito pruebas. El problema obviamente eres tú.
Pero yo conseguí que revisaran antiguos análisis médicos suyos.
El informe recomendaba estudios adicionales porque existían indicadores de un problema de fertilidad masculina.
Nunca se lo mostré.
Ya no tenía sentido.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—Elena, ¿dónde estás?
—¿Qué necesitas?
—¡Ese informe!
Su respiración era agitada.
—¿Estás diciendo que yo era el problema?
—Estoy diciendo que deberías preguntárselo a un médico.
Silencio.
Entonces escuché algo romperse.
—Claire está embarazada.
—Lo sé.
—Entonces es imposible.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
La verdad que todavía no se atrevía a mirar.
—Adrian, yo nunca dije que ese bebé fuera tuyo.
Colgó.
Una hora después, mientras esperaba para embarcar, recibí una llamada desde un número desconocido.
Era uno de los oficiales del club.
—Elena, aquí acaba de ocurrir algo.
No pregunté.
Él continuó:
—Adrian llevó a Claire al hospital.
—Exigió una prueba de paternidad.
Mi mano se quedó inmóvil sobre la maleta.
—¿Y?
Hubo un silencio.
—Claire desapareció antes de que pudieran hacerla.
Miré la puerta de embarque.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Ya no es asunto mío.
—Hay algo más.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Adrian descubrió que te marchas del país.
—Está conduciendo hacia el aeropuerto.
Corté la llamada.
Diez minutos después escuché mi nombre.
—¡Elena!
Me giré.
Adrian atravesaba la terminal todavía con uniforme.
Se detuvo frente a mí, respirando con dificultad.
—No puedes irte.
Lo observé tranquilamente.
—Ya estamos divorciados.
—Podemos arreglarlo.
Casi sonreí.
—¿Porque ahora dudas de Claire?
—No tiene nada que ver con ella.
—Todo tuvo que ver con ella ayer.
No respondió.
Entonces agarró mi maleta.
—Vuelve conmigo.
Retiré su mano.
—Hace seis años me dijiste que sin ti no sobreviviría.
—Ayer me hiciste arrodillarme para recuperar mi propio pasaporte.
—Y hoy quieres que vuelva porque finalmente tienes miedo de haber elegido mal.
Su rostro perdió toda dureza.
—Elena…
—No soy una opción que puedes recuperar cuando la otra deja de funcionar.
Por los altavoces anunciaron mi vuelo.
Tomé la maleta.
Adrian permaneció inmóvil.
—Si cruzas esa puerta, se acabó.
Lo miré por última vez.
—Adrian, se acabó cuando tuve que arrodillarme para que mi marido me devolviera la libertad.
Me marché.
Horas después, mientras el avión cruzaba el Pacífico, recibí un último mensaje antes de perder la señal.
No era de Adrian.
Era del mismo oficial.
“Encontraron a Claire.”
Debajo había otra frase.
“El padre del bebé también apareció.”
Me quedé mirando la pantalla.
Y entonces vi el nombre.
Lo reconocí inmediatamente.
Era uno de los hombres que aquella noche había estado sentado en el club…
riendo mientras Adrian me obligaba a servirle té de rodillas.