A las dos de la mañana encontré el documento que había olvidado.
La casa de Juriquilla no estaba a nombre de Mariana.
Tampoco de Ricardo.
Siete años antes, cuando quisieron comprarla, el banco rechazó su solicitud. Ricardo tenía demasiadas deudas y Mariana acababa de cerrar un negocio que había terminado en pérdidas.
Roberto todavía vivía.
—Ayudémoslos una vez —me pidió—. Por los nietos.
Grupo Vargas Consultores pagó el enganche y adquirió la propiedad mediante una sociedad patrimonial que yo controlaba.
Mariana y Ricardo pagarían mensualmente hasta reunir las condiciones para comprarla.
Eso decía el contrato.
Pero después llegaron las excusas.
Una colegiatura.
Una cirugía de Teresa.
Un coche nuevo.
Vacaciones.
Yo había cubierto una mensualidad tras otra hasta que, sin darme cuenta, ellos dejaron de pagar por completo.
Revisé los estados de cuenta.
Durante treinta y ocho meses, cada pago había salido de una cuenta vinculada a mi empresa.
Entonces encontré algo peor.
El crucero.
Los vuelos.
Y una transferencia de 362,000 pesos realizada días antes de aquel Día de las Madres.
El dinero había salido de una línea de crédito empresarial que yo había autorizado años atrás para emergencias de Mariana.
Me quedé mirando la flor de 79.90 pesos.
Mi hija había utilizado dinero respaldado por mí para comprarle a su suegra un anillo de diamantes.
A la mañana siguiente llamé a mi abogado.
—Quiero cerrar todas las ayudas personales que no sean obligaciones legales y revisar la situación de la casa.
—¿También la de Mariana?
Miré la fotografía de Roberto.
—Especialmente esa.
No quería dejar a nadie en la calle de un día para otro.
Quería algo mucho más sencillo.
Que los adultos comenzaran a pagar su propia vida.
Tres días después, Mariana llamó.
—Mamá, mi tarjeta no funciona.
—Lo sé.
Silencio.
—¿La bloqueaste?
—Cancelé mi autorización.
—Pero tengo pagos programados.
—Entonces tendrás que pagarlos desde tu cuenta.
Su voz cambió.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Esto es por la flor?
Aquello casi me hizo reír.
—No, Mariana. La flor solo consiguió que finalmente revisara mis cuentas.
Colgó.
Veinte minutos después llamó Ricardo.
Después Teresa.
No contesté.
El viernes llegó un mensaje de Mariana:
“Mamá, necesitamos hablar urgentemente de la hipoteca.”
Respondí:
“El lunes. En mi oficina.”
Llegaron los tres.
Mariana.
Ricardo.
Y, para mi sorpresa, Teresa.
Mi abogado ya estaba sentado conmigo.
Mariana ni siquiera saludó.
—¿Qué hiciste con la casa?
Deslicé una carpeta hacia ella.
—Nada. Sigue perteneciendo a la sociedad que la compró.
Ricardo palideció.
—Nos dijiste que terminaría siendo nuestra.
—Cuando cumplieran el contrato.
Mi abogado señaló una página.
—Los pagos de los señores dejaron de realizarse hace más de tres años.
Mariana golpeó la mesa.
—¡Porque mamá dijo que nos ayudaría!
—Ayudar —respondí— no significa mantenerlos indefinidamente.
Teresa intervino:
—Elena, entiendo que te sintieras menospreciada durante la comida, pero quitarles la casa por un regalo me parece excesivo.
La miré.
—¿Usted sabía quién pagaba esa casa?
Teresa guardó silencio.
—¿Sabía quién pagó parte de las colegiaturas de los niños? ¿Quién cubrió el préstamo del coche? ¿Quién respaldó la línea de crédito utilizada para comprar su anillo?
Su mano fue instintivamente hacia el diamante.
Mariana se quedó blanca.
—Mamá…
—Enséñaselo.
Mi abogado colocó el estado de cuenta sobre la mesa.
Teresa leyó la cifra.
Después miró a Mariana.
—¿Compraste mi regalo con dinero de tu madre?
—No exactamente.
—¿Y los boletos?
Mariana no respondió.
Aquella fue respuesta suficiente.
Teresa se quitó lentamente el anillo.
Lo dejó sobre la mesa.
—No quiero esto.
Por primera vez, Mariana parecía verdaderamente avergonzada.
Pero yo todavía no había terminado.
—No voy a regalarles la casa.
Ricardo abrió la boca.
Levanté una mano.
—Tampoco voy a expulsarlos mañana.
Les ofrecí un nuevo contrato con un plazo razonable para demostrar que podían asumir los pagos. Si no podían, tendrían tiempo para buscar otra vivienda y la propiedad sería administrada conforme correspondiera.
Mariana me miró con lágrimas en los ojos.
—Soy tu hija.
—Precisamente.
Me incliné hacia ella.
—Y quizá mi mayor error fue enseñarte que cada vez que necesitabas algo, mamá aparecería con una chequera.
—¿Vas a castigarnos por una comida?
—No.
Empujé la flor rosa hacia el centro de la mesa.
—Voy a dejar de castigarme yo por querer comprar un lugar en tu vida.
Nadie respondió.
Los meses siguientes fueron incómodos.
Ricardo vendió su automóvil de lujo.
Cancelaron el crucero.
Mariana regresó a trabajar tiempo completo.
Por primera vez en años, sus problemas financieros dejaron de convertirse automáticamente en mis emergencias.
Y ocurrió algo que no esperaba.
Teresa me llamó.
—Elena, quisiera invitarte a tomar café.
Estuve a punto de negarme.
Pero fui.
Me devolvió el anillo.
—Mariana consiguió recuperar parte del dinero. Esto debería estar contigo.
—No lo quiero.
—Yo tampoco.
Nos miramos.
Entonces ambas nos reímos.
Teresa respiró profundamente.
—Ese día debí decir algo.
—Sí.
—Me gustó sentirme importante.
Su sinceridad me sorprendió.
—Pero una madre no debería necesitar que otra sea humillada para sentirse querida.
Aquello fue lo más cercano a una disculpa que esperaba recibir.
Un año después llegó otro Día de las Madres.
No hubo diamantes.
Ni cruceros.
Ni una terraza llena de gente.
A las nueve de la mañana tocaron mi puerta.
Era Mariana.
Traía una maceta pequeña.
Dentro había una planta con tres flores.
—No costó mucho —dijo.
Miré debajo.
No había etiqueta.
Sonreí.
—Qué progreso.
Mariana soltó una risa nerviosa.
Después comenzó a llorar.
—Mamá, fui horrible contigo.
No respondí inmediatamente.
Una disculpa no borra quince años.
Pero puede ser el primer ladrillo de algo nuevo.

—Pasa —dije.
Entró.
Preparé café.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, mi hija no me pidió dinero, contactos ni soluciones.
Solo quiso sentarse conmigo.
La flor de plástico de 79.90 pesos todavía estaba sobre el escritorio de Roberto.
Nunca la tiré.
No porque fuera un bonito recuerdo.
Sino porque terminó convirtiéndose en el regalo más útil que Mariana me había dado.
Me costó 79.90 pesos descubrir que poner límites no significa dejar de querer a alguien.
A veces significa dejar de financiar la forma en que aprendió a aprovecharse de tu amor.