Alexander dejó de respirar por un instante.
—¿Despedirme de qué?
No respondí.
El guía llamó a emergencias mientras Clara me cubría con su abrigo. Alexander permaneció a mi lado, pálido, repitiendo mi nombre como si decirlo suficientes veces pudiera cambiar lo que estaba ocurriendo.
Horas después desperté en un pequeño hospital.
Alexander estaba sentado frente a la ventana.
Clara no estaba.
—¿Dónde está ella?
Él se volvió.
—Hablando con el médico.
Intenté incorporarme.
—Deberías estar con tu prometida.
Su expresión se endureció.
—¿Desde cuándo estás enferma?
Guardé silencio.
—Elena.
—No importa.
—Para mí sí.
Lo miré.
—Hace tres años dejaste bastante claro que lo que me ocurriera ya no era asunto tuyo.
Aquello lo hizo callar.
Finalmente preguntó:
—¿Por eso viniste sola?
—Vine por la aurora.
—¿Y por nuestra promesa?
Sonreí con tristeza.
—Ya no es nuestra.
Clara entró poco después.
Tenía los ojos húmedos.
Se sentó junto a mí y tomó mi mano.
—El guía consiguió contactar con la persona que figura en tu documentación de emergencia.
Sentí miedo por primera vez.
—¿A quién?
—A tu hermano.
Alexander levantó la cabeza.
—¿Tu hermano?
No dije nada.
Clara continuó con cuidado.
—Le pregunté si había algo que debiéramos saber.
Alexander comprendió antes de que ella terminara.
—¿Cuánto tiempo?
Cerré los ojos.
No quería convertir mis últimos días en una explicación sobre mi enfermedad.
—Lo suficiente para saber que no quiero pasarlos discutiendo.
Alexander se levantó y salió.
La puerta se cerró.
Clara permaneció conmigo.
—Él no sabía nada —dijo.
—Era la idea.
—¿Por qué?
Miré la nieve detrás de la ventana.
Porque tres años atrás yo ya sabía que algo iba mal.
Había comenzado con dolores.
Pruebas.
Consultas.
Y miedo.
Al mismo tiempo, Alexander acababa de recibir la oportunidad profesional más importante de su vida.
Yo no quería convertirme en la razón por la que renunciara.
Así que cometí el peor error posible.
Decidí por los dos.
Terminé nuestra relación con una mentira cruel.
Le dije que me había cansado de él.
Que quería una vida distinta.
Que nunca había pensado cumplir nuestra promesa de Islandia.
Alexander me creyó.
Y convirtió el dolor en resentimiento.
Yo pensé que sería más fácil para él odiarme que esperarme.
No entendí que una mentira pronunciada para “proteger” a alguien sigue siendo una mentira.
Alexander regresó una hora después.
Tenía los ojos rojos.
—Hablé con tu hermano.
Mi corazón se hundió.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Se sentó frente a mí.
—Me contó por qué terminaste conmigo.
Aparté la mirada.
—Entonces también sabrás que fue mi decisión.
—Una decisión que tomaste por mí.
No levantó la voz.
Eso dolió más.
—Me dejaste creer durante tres años que nunca me habías amado.
—Quería que siguieras adelante.
—Lo hice.
Miró su anillo.
—Pero seguir adelante no convierte lo que hiciste en correcto.
Tenía razón.
Y por primera vez dejé de intentar justificarme.
—Lo siento.
Alexander cerró los ojos.
—Yo también.
—¿Por qué?
—Porque cuando te vi en el autobús elegí ser cruel.
Su voz se quebró ligeramente.
—Vi que estabas distinta. Más delgada. Cansada. Y decidí que no me importaba porque todavía estaba enfadado.
Negué.
—No me debes nada.
—No se trata de deber.
Entonces dijo algo que ninguno de los dos esperaba.
—Se trata de que alguna vez te quise muchísimo.
Alguna vez.
No ahora.
Y extrañamente, aquello me dio paz.
Clara supo toda la historia esa noche.
Yo esperaba celos.
Recibí algo diferente.
—No voy a competir con alguien que forma parte de la vida que hizo a Alexander quien es —me dijo—. Pero tampoco permitiré que ustedes conviertan estos días en un castigo.
—¿Qué quieres decir?
Sonrió.
—Viniste a ver una aurora.
—La carretera está cerrada.
—Entonces esperaremos.
Dos días después, el cielo finalmente se despejó.
El médico permitió una salida breve con supervisión.
Alexander consiguió un vehículo.
Clara llevó mantas, bebidas calientes y suficientes parches térmicos para cubrir medio automóvil.
Llegamos a un campo lejos de las luces.
Esperamos.
Nada.
Pasaron veinte minutos.
Después cuarenta.
Yo comenzaba a quedarme dormida cuando Clara señaló el horizonte.
—Elena.
Levanté la mirada.
Sobre nosotros apareció una franja tenue.
Verde.
Después otra.
El cielo oscuro comenzó a transformarse.
No era como las fotografías.
Era mejor precisamente porque estaba ocurriendo de verdad.
Me quedé completamente quieta.
Alexander estaba unos pasos detrás.
Clara tomó su mano.
Y entonces comprendí algo que llevaba tres años negándome a aceptar.
La promesa sí se había cumplido.
No como imaginamos.
No éramos dos enamorados de treinta años empezando una vida juntos.
Éramos tres personas frente a un cielo inmenso, aceptando que amar a alguien no siempre significa conservarlo.
Miré a Alexander.
—Lo conseguiste.
Él negó.
—Lo conseguimos.
Sonreí.
—No. Tú llegaste hasta aquí.
Miré a Clara.
—Ahora sigue adelante.
Alexander apretó la mandíbula.
—Elena…
—Prométeme una última cosa.
—La que quieras.
—No vuelvas a fumar.
Clara soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Alexander también sonrió.
Sacó el paquete de su bolsillo.

Lo miró.
Y lo guardó para tirarlo después.
—Hecho.
Mi viaje terminó antes de lo previsto.
Regresé con mi hermano para recibir cuidados cerca de mi familia.
Alexander y Clara también volvieron a casa.
No intenté recuperar lo que había terminado tres años atrás.
Él tampoco.
Nos despedimos en el aeropuerto como dos personas que finalmente habían dejado de castigarse por el pasado.
Antes de marcharse, Clara me abrazó.
Alexander permaneció frente a mí unos segundos.
—Adiós, Elena.
—Adiós, Alexander.
Después caminó hacia Clara.
Ella tomó su mano.
Y esta vez verlos juntos no me rompió.
Porque por fin entendí que yo no había viajado a Islandia para recuperar a Alexander.
Había viajado para despedirme de una versión de mi vida que ya había terminado.
Y bajo aquella aurora comprendí algo todavía más importante:
aunque una historia no termine como soñamos, eso no significa que haya sido inútil.
A veces su último regalo es permitirnos soltarla.