PARTE 2: EL NOMBRE QUE CAMBIÓ EL JUICIO

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

Nadie entendía por qué el juez Raúl Cervantes permanecía de pie mirando al anciano como si acabara de ver un fantasma.

Valeria fue la primera en romper el silencio.

—Señor juez… ¿ocurre algo?

Raúl no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían clavados en Ernesto Castañeda.

Después respiró hondo y habló con una firmeza que hizo estremecer hasta al secretario.

—Antes de continuar, quiero confirmar una información.

Miró directamente al anciano.

—¿Usted sirvió como perito rural voluntario durante las inundaciones de San Juan del Río hace diecisiete años?

Ernesto levantó lentamente la vista.

—Sí.

Solo una palabra.

Pero bastó.

El juez cerró los ojos un instante.

—Lo sabía…

Toda la sala observaba confundida.

Raúl apoyó ambas manos sobre el estrado.

—El hombre que está sentado ahí salvó la vida de mi padre.

Los murmullos estallaron de inmediato.

Valeria abrió mucho los ojos.

Rodrigo soltó una risa nerviosa.

—Con todo respeto, eso no tiene nada que ver con este juicio.

El juez giró lentamente hacia él.

—Tiene razón.

No cambia la ley.

Pero sí me obliga a ser todavía más cuidadoso para evitar cualquier injusticia.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Mi padre quedó atrapado por una corriente cuando su camioneta fue arrastrada. Protección Civil no podía acercarse. Don Ernesto cruzó el agua con una cuerda amarrada al cuerpo y lo sacó con vida.

Raúl bajó la mirada unos segundos.

—Jamás aceptó dinero por hacerlo.

La sala permanecía completamente inmóvil.

Ernesto solo encogió los hombros.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No, don Ernesto.

No cualquiera.

El juez recuperó la compostura y volvió a ocupar su asiento.

Su voz recuperó el tono estrictamente judicial.

—Precisamente porque conozco al señor Castañeda, y para evitar cualquier duda sobre mi imparcialidad, este procedimiento será revisado con un rigor absoluto. Si existe la menor evidencia de fraude, manipulación o abuso contra un adulto mayor, esta audiencia cambiará de naturaleza.

Rodrigo tragó saliva.

El abogado de Valeria intentó intervenir.

—Señoría, contamos con un dictamen médico que acredita deterioro cognitivo avanzado.

—Perfecto.

Entréguelo.

El juez comenzó a leer cada página lentamente.

Pasaron varios minutos.

Después levantó una ceja.

—Curioso.

El abogado sonrió.

—¿Algún problema?

—Varios.

Golpeó suavemente el expediente con un dedo.

—Aquí se afirma que el paciente no reconoce fechas, lugares ni familiares.

Levantó la vista hacia Ernesto.

—Don Ernesto, ¿qué día es hoy?

—Martes dieciséis.

—¿Dónde estamos?

—Juzgado Civil de Querétaro.

—¿Quién presentó esta demanda?

Ernesto giró lentamente hacia Valeria.

—Mi hija.

Porque quiere quedarse con el rancho antes de que yo muera.

Un murmullo volvió a recorrer la sala.

El juez tomó nota sin alterar el gesto.

Luego observó otra página.

—Aquí también consta que el paciente presenta temblores permanentes.

Ernesto levantó ambas manos.

Temblaban ligeramente.

Entonces habló con calma.

—Desde hace quince días.

Antes nunca.

—¿Está tomando algún medicamento?

El anciano dudó unos segundos.

Después sacó del bolsillo una pequeña caja de plástico.

—Estas pastillas.

Mi hija dice que son vitaminas.

El juez extendió la mano.

—Permítame verlas.

Abrió el frasco.

No tenía etiqueta.

Ni nombre.

Ni número de lote.

Solo comprimidos blancos.

Raúl levantó lentamente la vista.

—¿Quién las recetó?

Valeria respondió demasiado rápido.

—El doctor Salazar.

—¿Nombre completo?

Ella guardó silencio.

Rodrigo intervino.

—No lo recuerdo ahora mismo.

—¿Clínica?

Otra pausa.

El abogado comenzó a inquietarse.

El juez apoyó lentamente el frasco sobre la mesa.

—Qué extraño.

Según el expediente, el médico tratante es el doctor Ignacio Beltrán.

No Salazar.

El rostro de Valeria perdió el color.

Rodrigo bajó la mirada.

—Debe haber un error.

—Eso mismo pienso.

El juez hizo una seña al secretario.

—Solicite la comparecencia inmediata del doctor Beltrán.

Y comuníquese con la Fiscalía Especializada en Delitos contra Personas Adultas Mayores.

El abogado de Valeria se puso de pie sobresaltado.

—¡Protesto! Esto es una audiencia civil.

Raúl lo miró fijamente.

—Por ahora.

Pero si alguien administró medicamentos sin prescripción para provocar una falsa incapacidad mental y obtener el patrimonio de un adulto mayor, podríamos estar frente a hechos de relevancia penal.

El silencio volvió a instalarse.

Ernesto observó por primera vez a su hija directamente a los ojos.

No había rabia.

Solo una tristeza inmensa.

—¿De verdad pensaste que iba a morir creyendo que estaba perdiendo la cabeza?

Valeria no pudo sostenerle la mirada.

En ese preciso instante, un agente judicial entró apresuradamente con un sobre amarillo.

Se acercó al estrado y habló en voz baja.

El juez abrió el documento.

Leyó apenas la primera hoja.

Su expresión cambió por completo.

Levantó lentamente la vista hacia Rodrigo.

—Señor Rodrigo Mendoza…

¿Quiere explicarle al tribunal por qué el laboratorio informa que las pastillas entregadas al señor Ernesto contienen un potente sedante que jamás fue prescrito por ningún médico?

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