PARTE 2: La novia que nunca debió esperarlo

A las once y cuarenta, la primera fila de sedanes negros apareció al final de la calle.

Los invitados corrieron hacia la entrada.

Vivian alisó su vestido y me dedicó una sonrisa triunfal.

—Mira bien, Grace. Quizá sea la única vez que estés tan cerca de alguien como Alexander.

No respondí.

El primer coche se detuvo.

Luego el segundo.

Cuando Alexander bajó del tercero, lo reconocí incluso antes de verle el rostro.

El reloj verde seguía en su muñeca.

Mi regalo.

Vivian corrió hacia él.

—Alexander.

Él dio dos pasos.

Entonces me vio.

Se detuvo en seco.

La sonrisa de Vivian vaciló.

—¿Qué ocurre?

Alexander no respondió.

Su rostro perdió lentamente el color.

—Grace…

Todos los antiguos compañeros me miraron.

Monica soltó una risita.

—¿Se conocen?

Alexander caminó directamente hacia mí.

—¿Por qué estás aquí?

—Me invitaron a tu boda.

—¿Mi qué?

Esta vez fue Vivian quien palideció.

—Alexander, deja de bromear.

Ella intentó tomarle el brazo.

Él retrocedió.

—Vivian, ¿qué significa todo esto?

El patio quedó en silencio.

Vivian tartamudeó:

—Tú dijiste que hoy formalizaríamos nuestra relación.

—Dije que hoy vendría a resolver personalmente el asunto que llevas semanas anunciando en nombre de Reed Holdings.

Mi teléfono vibró.

Era el director Morgan.

“Grace, no firmes nada. Acabamos de encontrar algo relacionado con Reed Holdings.”

Sentí un escalofrío.

Alexander se volvió hacia mí.

—Esposa, puedo explicarlo.

Aquella palabra cayó como una bomba.

Monica abrió la boca.

Vivian dejó caer el ramo.

—¿Esposa?

Saqué nuestra fotografía de registro matrimonial del teléfono.

—Tres años.

Nadie volvió a reírse.

Pero Vivian no parecía derrotada.

De pronto, sonrió.

—Entonces pregúntale por qué llevaba seis meses preparando el divorcio.

Miré a Alexander.

Su expresión cambió.

—¿Qué acabas de decir?

Vivian sacó una carpeta blanca.

—No eres la única que guarda documentos, Grace.

Alexander intentó arrebatársela.

Yo fui más rápida.

Dentro había una copia de una solicitud de divorcio.

Mi nombre figuraba correctamente.

También el de Alexander.

Pero mi supuesta firma estaba al final.

—Yo nunca firmé esto.

Alexander se quedó helado.

—Ni yo presenté esa solicitud.

En ese instante llegaron dos vehículos que no pertenecían a la caravana nupcial.

Bajaron varios hombres con credenciales oficiales.

Reconocí al primero.

Era del departamento jurídico de mi institución.

Se acercó y habló únicamente para mí.

—Directora Grace Carter, necesitamos que venga con nosotros.

Miró la carpeta que sostenía.

—La falsa boda no era el objetivo.

Sentí que todos contenían la respiración.

—Entonces, ¿cuál era?

El hombre miró a Alexander.

—Conseguir que su esposo trajera hoy aquí el dispositivo que lleva en la muñeca.

Mis ojos descendieron lentamente.

Al reloj verde.

El reloj que yo misma le había regalado tres años atrás.

Y que, según nuestros registros internos, llevaba seis meses transmitiendo información clasificada.

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