Me quedé mirando a Gabriel junto al automóvil.
—¿Cómo me llamaste?
—Mi prometida.
—Gabriel, creo que la fiebre te dejó secuelas permanentes.
Él tomó mi maleta con absoluta tranquilidad.
—Sube.
—No.
—Emma.
—Tú tienes prometida.
—Correcto.
—¡Entonces no puedes venir al aeropuerto a llamar “prometida” a otra mujer!
Gabriel me miró durante tres segundos.
—Precisamente por eso vine a buscar a la correcta.
Sentí que algo iba terriblemente mal.
—Luna me dijo que te habías comprometido.
—Sí.
—¿Con quién?
La puerta del automóvil se abrió detrás de mí.
Una cabeza apareció desde el asiento trasero.
—¡Sorpresa!
—¿Luna?
Mi mejor amiga salió riéndose.
Quise estrangularla.
—¿Qué está pasando?
Luna miró a su hermano.
Luego a mí.
—Emma… ¿de verdad nunca preguntaste el nombre de la prometida?
Abrí la boca.
La cerré.
Recordé nuestras conversaciones.
“Mi hermano finalmente tiene novia.”
“Mi hermano se compromete.”
“Debes venir.”
Nunca había preguntado con quién.
Lentamente miré a Gabriel.
—No.
Él arqueó una ceja.
—Sí.
—¡Yo nunca acepté casarme contigo!
—Eso también se lo dije —intervino Luna—, pero mi hermano lleva cuatro meses actuando como si un beso equivaliera a un contrato matrimonial.
Gabriel la miró.
—Fueron más cosas que un beso.
—¡Gabriel!
Luna se tapó los oídos.
—¡No necesito detalles!
Yo quería desaparecer.
—Cancela la fiesta.
—No.
—¡No puedes comprometerte conmigo sin preguntarme!
Por primera vez, Gabriel perdió parte de aquella calma irritante.
—Intenté preguntarte.
Sacó su teléfono.
Me mostró la pantalla.
Cuarenta y siete mensajes.
Doce llamadas.
Tres correos.
Me quedé callada.
Yo lo había bloqueado.
—Ah.
—También envié flores.
—Estaba en Sri Lanka.
—Las recibiste.
Recordé un enorme ramo que había llegado al hotel.
Lo había atribuido a una promoción turística particularmente agresiva.
—También envié una carta.
—La tiré sin abrir porque pensé que era publicidad.
Gabriel cerró los ojos.
Luna empezó a reír.
—Hermano, encontraste a la única mujer capaz de ignorar todos tus recursos.
Él volvió a mirarme.
—Por eso tuve que asegurarme de que regresaras.
—¿La invitación?
—Era la única cosa que sabía que no ignorarías.
Me quedé helada.
—Me engañaste.
—Te hice volver.
—Eso se llama engañar.
—Entonces sí.
Al menos tenía la decencia de admitirlo.
Durante el trayecto me negué a sentarme junto a él.
Luna quedó atrapada entre ambos.
—Esto es incómodo —murmuró.
—Tú provocaste esto —respondí.
—Yo solo quería que hablaran.
—Me dijiste que tu hermano tenía novia.
—La tiene.
Señaló hacia mí.
—¡Tú!
Gabriel miró por la ventana para ocultar una sonrisa.
Lo vi.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te conozco.
—Me has evitado cuatro meses. Claramente no lo suficiente.
Eso me hizo callar.
Porque tenía razón.
Había huido antes de darle oportunidad de explicar nada.
Pero aquello no significaba que pudiera organizar un compromiso unilateral.
Al llegar a la casa de los Gu, Gabriel me condujo hasta el jardín.
No había invitados.
No había periodistas.
No había decoración.
Nada.
—¿Dónde está la fiesta?
—Mañana.
—Entonces cancélala.
—Ya está cancelada.
Parpadeé.
—¿Qué?
Gabriel metió las manos en los bolsillos.
—Nunca iba a anunciar nuestro compromiso sin tu consentimiento.
Toda mi indignación perdió impulso.
—Entonces ¿por qué me llamaste prometida?
—Porque quería que dejaras de huir el tiempo suficiente para escucharme.
—Podías decir “Emma”.
—Lo intenté cuarenta y siete veces.
Maldito hombre.
—¿Y mañana?
—Será una cena familiar.
—¿Sin compromiso?
—Sin compromiso.
Respiré por primera vez desde el aeropuerto.
Entonces pregunté:
—¿Por qué hiciste todo esto?
Gabriel permaneció en silencio.
Después se acercó, manteniendo una distancia prudente.
—Porque cuando desperté aquella mañana y descubrí que habías desaparecido, pensé que te habías arrepentido.
—Entré en pánico.
—Lo sé ahora.
—Pensé que para ti había sido un error.
Su expresión cambió.
—Emma, aquella noche te dije que llevaba años intentando no hacerlo.
—Pensé que era la fiebre hablando.
—Tenía treinta y ocho grados, no había perdido la memoria.
Tuve que contener una sonrisa.
—Entonces, ¿desde cuándo?
—Desde que tenías veinticuatro.
Me quedé sorprendida.
—¿Siete años?
—Siete años.
—Nunca dijiste nada.
—Eras la mejor amiga de mi hermana. Creí que mantener distancia era lo correcto.
De repente comprendí muchas cosas.
Su frialdad.
Sus silencios.
La forma en que desaparecía de una habitación cuando yo llegaba acompañada de algún hombre.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero hacer lo que debí hacer desde el principio.
Gabriel respiró lentamente.
—Preguntarte.
No se arrodilló.
No sacó ningún anillo.
Solo me miró.
—¿Quieres tener una relación conmigo?
Lo observé, incrédula.
—¿Después de presentarme como tu prometida en el aeropuerto ahora retrocedes hasta “tener una relación”?
—Luna dijo que debía respetar el orden.
Desde una ventana se escuchó:
—¡DE NADA!
—¡Luna! —gritamos los dos.
Mi mejor amiga desapareció.
No pude evitar reír.
Gabriel también sonrió.
Y por primera vez dejó de parecerme aquel hombre inaccesible al que llevaba media vida temiendo.
—Una cita —dije finalmente.
—¿Una?
—Una.
—Acepto.
—Y no somos prometidos.
—Entendido.
—No puedes volver a llamarme “mi prometida”.
—Entendido.
Entrecerré los ojos.
—Estás aceptando demasiado fácilmente.
—Porque puedo esperar.
Aquella respuesta borró mi sonrisa.
—¿Esperar qué?
Gabriel sostuvo mi mirada.
—A que algún día seas tú quien diga que sí.
Seis meses después, Luna volvió a llamarme casi a medianoche.
—Emma, mi hermano tiene un problema.
—¿Qué problema?
—Lleva veinte minutos caminando por la sala con una cajita en el bolsillo.
Me incorporé.
—Luna…
—Yo no te he dicho nada.
Colgó.
Cuando llegué a la villa, Gabriel estaba esperándome.

Esta vez no había fiebre.
No había confusión.
No había aeropuerto.
Solo nosotros.
Sacó una pequeña caja.
—La primera vez lo hice todo mal.
—Completamente.
—Así que esta vez voy a preguntar antes de anunciar nada.
Sonreí.
Gabriel se arrodilló.
—Emma, ¿quieres casarte conmigo?
Lo dejé sufrir exactamente cinco segundos.
—Sí.
Desde algún lugar del piso superior se escuchó un grito:
—¡FINALMENTE!
Gabriel levantó la cabeza.
—Voy a desheredar a mi hermana.
Me reí.
—No puedes. Gracias a ella empezó todo.
Él se puso de pie y me abrazó.
Y mientras Luna celebraba detrás de una cortina creyendo que nadie podía verla, comprendí lo absurda que había sido mi gran fuga.
Había cruzado un océano porque tenía miedo de que Gabriel Gu recordara aquella noche.
Cuando, en realidad, el problema nunca fue que la hubiera olvidado.
Era exactamente lo contrario.
La recordaba perfectamente.
Y llevaba años esperando que yo dejara de escapar el tiempo suficiente…
para poder elegirme de verdad.