PARTE 2: SU CUERPO NO ME OLVIDÓ

Me quedé mirando la fotografía.

—¿Cómo consiguió esto?

Noah negó rápidamente.

—No entró en su casa. La imagen estaba guardada desde antes del accidente. El problema es que el señor Reed no recuerda haberla tomado.

Eso me tranquilizó durante exactamente dos segundos.

—¿Y lo de mi nombre?

—Eso ocurrió anoche.

Le devolví el teléfono.

—Entonces llévalo al médico.

Intenté entrar al ascensor.

Noah bloqueó la puerta.

—Hay algo más.

Suspiré.

—Claro que lo hay.

—Esta mañana intentamos retirar sus pertenencias de la antigua residencia.

—¿Y?

—El señor Reed vio que estaban vaciando su armario.

—¿Qué hizo?

Noah palideció.

—Despidió a tres personas.

Cerré los ojos.

El monstruo posesivo estaba regresando.

—Dile que estamos divorciados.

—Ya se lo dije.

—¿Y?

—Preguntó quién autorizó el divorcio.

Lo miré incrédula.

—¡Él!

—También se lo dije.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Y allí estaba Adrian.

Solo.

Con el rostro frío.

—Noah, vete.

El asistente desapareció con una velocidad admirable.

Adrian me observó.

—¿Por qué estabas tan feliz ayer?

—Porque quería divorciarme.

Su expresión se endureció.

—¿Me odiabas?

—No.

—Entonces ¿por qué?

Pensé en todas las respuestas posibles.

Finalmente elegí la más sencilla.

—Porque estar casada contigo era agotador.

Adrian pareció genuinamente sorprendido.

Le conté algunas cosas.

Las escoltas.

Las llamadas constantes.

La maleta.

La reunión con mis amigas.

Cuanto más hablaba, más oscuro se volvía su rostro.

—¿Yo hacía todo eso?

—Sí.

—¿Y tú lo permitías?

Solté una carcajada.

—Créeme, discutíamos muchísimo.

Permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Te hice infeliz?

Aquella pregunta me detuvo.

—A veces me hiciste muy feliz.

Sus ojos cambiaron.

—Pero confundiste amar conmigo con poseerme.

El ascensor llegó.

Entré.

Antes de que las puertas se cerraran, Adrian dijo:

—No intentaré recuperarte.

Sonreí.

—Excelente decisión.

Durante dos semanas no apareció.

Yo viajé.

Salí con amigas.

Dormí atravesada sobre la cama.

Compré un boleto a Italia sin informar a nadie.

Era glorioso.

Hasta que Noah volvió a llamarme.

—Claire, el presidente Reed está recuperando fragmentos de memoria.

Mi alegría murió.

—¿Cuánto recuerda?

—No mucho. Pero encontró una caja fuerte.

Dentro había cientos de cartas que Adrian me había escrito durante nuestro matrimonio.

Cartas que nunca me entregó.

También había un documento.

Una solicitud para terapia.

Fechada dos semanas antes del accidente.

En la parte inferior, Adrian había escrito:

“Estoy convirtiendo mi miedo a perderla en una razón para encerrarla. Si continúo así, Claire terminará marchándose.”

Me quedé en silencio.

Noah continuó:

—Creo que sabía que estaba destruyendo el matrimonio.

Aquella noche Adrian apareció frente a mi apartamento.

No intentó entrar.

Ni siquiera tocó el timbre.

Esperó abajo.

Cuando salí, llevaba una carpeta en las manos.

—Recordé algo —dijo.

Mi corazón dio un salto involuntario.

—¿Qué?

—La noche antes del accidente discutimos.

Un fragmento también regresó a mí.

Yo gritándole que necesitaba espacio.

Adrian sujetando las llaves del coche.

Yo diciéndole:

—Algún día conseguirás exactamente lo que más temes. Me perderás.

Él bajó los ojos.

—Después conduje solo.

Finalmente comprendí.

Su última memoria antes del accidente no había sido nuestro amor.

Había sido mi deseo de escapar.

—Claire, no quiero que vuelvas conmigo.

Lo miré sorprendida.

Adrian dejó la carpeta en mis manos.

Era una renuncia legal a cualquier intento de disputar el acuerdo de divorcio.

—¿Entonces qué quieres?

—Aprender a quererte sin controlarte.

Dio un paso atrás.

—Aunque eso signifique hacerlo desde lejos.

Por primera vez, Adrian Reed se marchó antes que yo.

No me siguió.

No llamó.

No envió a Noah.

Y aquella fue la primera vez que realmente lo extrañé.

Tres meses después, coincidimos en una gala.

Adrian me vio desde el otro extremo del salón.

No se acercó.

Simplemente levantó su copa.

Yo hice lo mismo.

Mi amiga me susurró:

—¿No vas a hablarle?

Observé al hombre que una vez no podía soportar perderme de vista durante veinte minutos.

Ahora estaba aprendiendo a dejarme respirar.

Sonreí.

—Quizá después.

Porque Adrian había perdido la memoria y después perdió a su esposa.

Pero solo cuando dejó de intentar recuperarme a cualquier precio…

empezó a convertirse en el hombre al que quizá algún día elegiría conocer de nuevo.

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